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Pedro Marín Cots
Responsable del OMAU y del Servicio de Programas Europeos del Ayuntamiento de Málaga.
En un día soleado de junio de 2006 se inauguró el edificio del Observatorio de Medio Ambiente Urbano (OMAU) con una excelente conferencia de Manuel de Sola Morales sobre las esquinas de la ciudad en la que observaba ese peculiar espacio público en función del modelo urbano en el que nos moviéramos, ilustrando la presentación con fotografías y vídeos de la memoria colectiva que mostraban las esquinas de la ciudad, o de la no ciudad.
La presencia de este Catedrático de Urbanismo en la inauguración del OMAU no era casual. Pese a que le tuve que insistir en que viniese— ya que no guardaba un buen recuerdo de sus últimos contactos con Málaga en la época del alcalde Pedro Aparicio (la contrarreforma realizada a su proyecto de la plaza de la Marina le pareció indignante y, desde luego, tenía toda la razón)—, Sola Morales era el reflejo del hilo conductor que, desde el Plan General 1980-83 hasta ese momento, habíamos desarrollado procurando mantener la esencia del planeamiento urbano como elemento vertebrador del espacio urbano, y dotándole además de capacidad para enfrentarse a las inercias del mercado inmobiliario y a sus intereses económicos.
Durante la elaboración del Plan de 1983 tuvimos que realizar múltiples estudios sobre población, vivienda, comercio, equipamientos y zonas verdes; contar una a una las licencias desde 1960 y clasificarlas por barrios, un proceso que hoy llamaríamos georreferenciación. Del planeamiento «inexistente» durante la dictadura franquista (incluido el PGOU de 1971) no era posible recoger ninguna herencia de datos sobre el estado de la ciudad. Simplemente no existían.
Por ello, una de las labores principales en aquellos momentos fue saber cuántos éramos, dónde vivíamos, cuáles eran los equipamientos que nos daban servicio y cuáles faltaban. Esta labor de observación y estudio de la evolución en la realidad fue mi cometido una vez terminado el Plan General, cuando me dediqué al seguimiento de su programa de actuación. La primera evaluación la realizamos en un documento de 1990.
La entrada de España en la Unión Europea comenzó a facilitar la obtención de fondos FEDER para el desarrollo de proyectos urbanos. Ya desde la nueva área del Plan Estratégico y Desarrollo Industrial (el actual PTA), José Asenjo y yo nos dedicamos a interrelacionar ayudas europeas con posibles proyectos. Primero, fueron los estudios piloto urbanos y, a partir de 1994, conseguimos articular un proyecto global urbanístico, social y económico que ganó el concurso formalizado por la Comisión Europea para la renovación de barrios degradados, en el caso de Málaga, la Ciudad Antigua.
Si, como suele ocurrir en épocas históricas de cambio, el periodo innovador del Plan de 1983 fue sumamente enriquecedor frente al páramo urbanístico y cultural entonces existente, con las ayudas europeas se abría un nuevo campo de trabajo. En el caso concreto de Urban, suponía aportar parte de la financiación necesaria para desarrollar el PEPRI del Centro Histórico, aprobado en 1990 como una derivación del PGOU de 1983.
Al mismo tiempo empezamos a impulsar actuaciones combinadas de acuerdo con la Carta de Aalborg de 1994 —precedente de las primeras Agendas 21, y posteriormente de las Agendas Urbanas. Además de las actuaciones de rehabilitación de calles, plazas o edificios ya conocidas, esas otras ponían también el énfasis en el fomento de ayudas económicas a empresas y comercios, así como un especial cuidado a la integración y a la cohesión social. Este enfoque de tipo holístico sería el que luego se generalizaría en las formas de actuar de los programas europeos del siglo XXI.
Sin embargo, merece la pena hacer una pequeña, pero importante, digresión. Al ampliar el campo de actuación a situaciones ambientales, económicas o sociales, ¿nos estábamos alejando del planeamiento clásico? Para algunos, acostumbrados a la ciencia urbanística como instrumento global, la tolerancia hacia la sociología o la geografía se admitía como fruto del situacionismo estructucturalista; la inclusión de medidas ambientales, o de crisis climática años más tarde podía significar una prostitución de la esencia académica.
En esas estamos todavía, aunque la urbanística tal y como la conocíamos ha perdido su capacidad de ordenar de forma equilibrada el territorio ante el empuje de los intereses comerciales que los poderes públicos han sido incapaces de frenar, cuando no los han apoyado de forma entusiasta. Pero eso es otra historia.
Creado el Servicio de Programas Europeos, a fuerza de buscar financiación para proyectos el adjetivo se hizo sustantivo y nos fuimos especializando en la obtención de recursos económicos, constituyéndonos en una de las ciudades que mayor renta sacó de las posibilidades financieras de la Unión Europea. También es cierto que, en un principio, éramos muy pocas las ciudades implicadas en estas cuestiones; al primer Urban de 1994 se presentaron casi 40 ciudades, y en la EDUSI de 2016, cerca de 300 municipios. En ese largo periodo de tiempo los programas se fueron burocratizando y su gestión fue complicándose. Urban era ágil y sencillo al tiempo que innovador, y la EDUSI es un compendio de lo que no debería ser la burocracia. Esta es una de las razones de su fracaso, ya que a finales de 2021 su grado de ejecución era inferior al 15%, cuando faltaban apenas dos años para llegar a su finalización.
Ciertamente los programas son un reflejo de una administración pública obsoleta, incapaz de atender con rapidez los cambios rápidos que la sociedad demanda. Así, la administración comunitaria, que durante un periodo fue la más ejemplar, con el paso de los años se ha convertido en el mayor centro burocrático de Europa, a la vez que el espacio de juego de los principales lobbies del continente.
En el año 2000 ganamos el concurso para ser la sede europea de la Red de Medio Ambiente Urbano compitiendo entre varias ciudades europeas y de América del Sur. Más de 200 ciudades desarrollaron proyectos conjuntos de cooperación en aquellos años y nosotros, como líderes del consorcio, supimos jerarquizar lo que entendíamos por Medio Ambiente Urbano, partiendo del urbanismo y relacionándolo con el metabolismo urbano y la diversidad, al tiempo que con las actividades económicas, tecnológicas, sociales y la participación ciudadana.
La tradición acumulada durante muchos años se concretó en la adjudicación de un nuevo concurso europeo en 2003, en este caso denominado Observatorio de Medio Ambiente Urbano (OMAU), donde, con una financiación europea de 1,5 millones de euros, y la elección del suelo en la atalaya del Morlaco posibilitó la construcción del edificio donde Sola Morales dio su discurso de inauguración.
Desde entonces, Programas Europeos se desdobló finalmente del OMAU, que adquirió la relevancia propia que solo un presupuesto otorga. Lo cierto es que en 20 años obtuvimos proyectos que sumaron una financiación cercana a los 380 millones de euros, lo que supuso una contribución importante para modificar la imagen física de Málaga, principalmente de su Centro Histórico, donde diseñamos una estrategia de actuación señalando el orden y la dirección de las calles o plazas que se iban incorporando al proceso de renovación.
Y luego está la otra cara de la moneda. En sentido estricto el OMAU se centró básicamente en la elaboración de la primera Agenda Urbana de nuevo formato, que fue aprobada en 2015, un año antes que la Agenda de las Naciones Unidas, y cuatro antes que su homónima, la Agenda Española, aunque guarda con ella ciertas similitudes ya que formé parte del grupo de expertos que colaboró en su redacción.
La Agenda Urbana se define en el Acuerdo de Asociación de la Unión Europea y España de octubre de 2014 como el marco de referencia estratégico de una ciudad, de manera que integra de forma holística líneas de actuación que se correlacionan en mayor o menor medida: el modelo de ciudad compacto, complejo en usos y actividades y de proximidad a los servicios básicos; el equilibrio de usos e intensidades; el diseño, la estética y el paisaje; el confort urbano; la movilidad; la eficiencia energética; la biodiversidad, o la cohesión social entre otras.
Agenda Urbana 2020
Actualización y ampliación de los Indicadores de Sostenibilidad con fecha 2020 correspondientes a:
- Territorio y Configuración de la Ciudad
- Recursos Naturales
- Cohesión Social
- Gobierno de la Ciudad
- Resumen histórico
En 20 años obtuvimos proyectos que sumaron una financiación cercana a los 380 millones de euros
Esta metodología de trabajo, con la que se pretenden observar de manera global las diferentes conexiones de un proyecto, ha sido de ayuda a la hora de elaborar propuestas urbanas, pues estas ya tenían un espacio definido y era posible referenciar un nuevo proyecto al marco estratégico.
El sistema de indicadores urbanos que acompaña al seguimiento anual de la Agenda para comprobar el cumplimento o no de sus objetivos se ha ido ampliando con el paso del tiempo. En la actualidad, con cien indicadores principales, es una referencia europea del conocimiento dinámico de una ciudad, no solo en cuestiones urbanísticas —la mayor parte de ellas georreferenciadas—, sino de movilidad, de metabolismo urbano, de biodiversidad, de cohesión social y de gobernanza o, lo que es lo mismo, de los cimientos básicos de la Agenda Urbana.
Los estudios urbanos, demográficos, de vulnerabilidad social, o de los efectos de la crisis climática (Alicia, el Plan del Clima derivado de la Agenda, se aprobó en 2020) son habituales en la actividad diaria del OMAU en su labor de observar la realidad urbana de forma académica. Esto tiene también sus riesgos, sobre todo con quienes tienen otra visión menos, o nada, contrastada científicamente, pero más vinculada a los deseos, o los delirios, y a quienes les molesta la sordidez del mundo real.
Además de los estudios periódicos que realiza el OMAU y que se resumen de forma anual en la actualización del sistema de indicadores, cabe destacar la promoción del ecobarrio de 990 viviendas llamado la Manzana Verde, cuyo plan especial fue aprobado en 2015 (el posterior concurso internacional de arquitectura arrojó cinco ganadores cuyos proyectos de ejecución ya se están elaborando), y el diseño del anillo verde de la ciudad que, con una superficie de 8000 hectáreas, una vez desarrollado supondría prácticamente la absorción de los 3100 Mte de CO2 que Málaga emite actualmente.
De alguna manera las funciones básicas del OMAU se pueden resumir como las destinadas a conocer la realidad de Málaga en sus diversas y complejas materias a través del catalizador que supone la Agenda Urbana, así como la puesta a disposición para los policy maker de los datos que pueden facilitar la elaboración optima de políticas urbanas.