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Donostia/San Sebastián

Una mirada a la historia

Mikel Urretavizcaya Hidalgo

Periodista

©Alex Folguera

San Sebastián era una pequeña ciudad costera cuando, tras la muerte del rey Alfonso XII en 1885, su viuda se enamoró de ella. Tanto fue así que mandó construir un edificio palaciego que pudiera servir como sede real. Antes de tener su propio palacio, la reina veraneaba en San Sebastián en el palacio de Aiete.

En 1888 el arquitecto inglés Selden Wornum diseñó un edificio de estilo cam-pestre inglés, que fue construido por Benito Olasagasti bajo la dirección del arquitecto municipal José Goicoa. El palacio quedó listo para su estreno en 1893 con unos 8000 metros cuadrados de superficie construida y un presupuesto de tres millones de pesetas de la época.

Ese edificio, que domina la bahía donostiarra, se convirtió en una especie de faro de poder durante condicionó la vida de la ciudad que, a partir de entonces, pasó a ser sede real durante buena parte del año, con todo lo que ello significaba. No solo eso, a partir de entonces la ciudad se puso de moda y atrajo a multitud de turistas, que llegaban a ella para tomar los famosos «baños de ola». 

Basten un par de hechos históricos para dejar clara la impronta que marcó la reina María Cristina con su decisión de vivir parte de su tiempo en el palacio de Miramar.

En agosto de 1897, el primer ministro Antonio Cánovas del Castillo llegó a San Sebastián para despachar con la reina diversas cuestiones de Estado. Cánovas era discretamente seguido por un anarquista italiano, Michele Angiolillo Lombardi, que quería acabar con su vida. En San Sebastián no lo consiguió, pero Cánovas aprovechó su viaje a la capital guipuzcoana para acercarse al cercano balneario de Santa Águeda, en Mondragón, y hasta allí le siguió Angiolillo quien, en un despiste de la Guardia Civil que custodiaba al primer ministro, pudo matarlo de un disparo.

En 1905 el palacio de Miramar conoció un hecho peculiar, el bautizo de la nieta de la reina Victoria del Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda, Ena de Battenberg, quien dejó de ser anglicana para pasar a ser ca-tólica y así, con su nuevo nombre católi-co de Victoria Eugenia, poder casarse con Alfonso XIII.

El palacio de Miramar, diseñado por Selden Wornum.

En septiembre de 1923, el general Miguel Primo de Rivera dio un golpe de Estado. Era el capitán general de Cataluña y se hizo con el poder en España manu militari. El rey Alfonso XIII, hijo de María Cristina, se encontraba en el palacio de Miramar en San Sebastián cuando se produjo el golpe militar. El rey debió de consultar con unos y con otros, y las paredes del palacio fueron testigos mudos de esos largos momentos de incertidumbre. Finalmente, Alfonso XIII se unió al golpe de Primo de Rivera y partió de San Sebastián a Madrid para dirigir los nuevos tiempos que finalmente terminarían llevándole al exilio años después.

Un poco antes de la aparición de la reina en San Sebastián, el derribo de las murallas de la antigua ciudad supuso el inicio del proceso de su expansión con el Ensanche de Cortázar y el Ensanche Meridional. En ese periodo San Sebastián pasó de ser casi una ciudad isla concebida alrededor del monte Urgull a una ciudad europea abierta al futuro. Desde la actual Parte Vieja se abrió un entorno urbanístico que iba a suponer el salto a la modernidad, aunque tuvo muchos detractores. El hecho de que buena parte del terreno del Ensanche Cortázar fuera de carácter público facilitó las operaciones, que ya tenían serias dificultades derivadas del entorno marítimo de la ciudad, de los arenales, del río Urumea —entonces sin canalizar— y del cerro de San Bartolomé, elementos que condicionaban las nuevas construcciones.

Club Náutico, diseñado por José Manuel Aizpurua y Joaquín Labayen (1929). Fuente: Kutxateka / Fondo Foto Marín Funtsa / Pascual Marín.
Balneario de La Perla, diseñado por Ramón de Cortázar (1912). Fuente: Kutxateka / Fondo Photo Carte Funtsa / Ricardo Martín.
Casino Gran Kursaal (1921) con el puente de La Zurriola proyectado por José Eugenio Ribera. Fuente: Kutxateka / Fondo Photo Carte Funtsa / Ricardo Martín.

Con el nuevo ensanche, la ciudad, que a mediados del siglo XIX solo contaba con 14 000 habitantes, quedó preparada para los nuevos tiempos de finales del siglo XIX y comienzos del siglo XX, cuando pasó a ser un lugar de atracción turística de una importancia muy superior a su demografía.

La construcción de nuevas instalaciones —como el Balneario de La Perla, que diseñó Ramón de Cortázar y se inauguró en 1912 con la intención de convertirse en el centro más avanzado de Europa en hidroterapia moderna— y la inauguración en 1921 del Gran Kursaal, uno de los casinos más modernos de Europa, fueron la nueva fisonomía de la ciudad. Resulta curioso que los promotores del casino, al otro lado del río Urumea, tuvieran que construir previamente el puente de La Zurriola, proyectado por José Eugenio Ribera, que ya había diseñado el puente de María Cristina. En este caso, Ribera optó por la modernidad y concibió un puente de vigas planas de hormigón adornado con unas llamativas farolas de estilo art decó.

El inicio en 1914 de la Primera Guerra Mundial convirtió San Sebastián en la ciudad más cosmopolita de Europa. En su casino se dieron cita personajes tan célebres como Mata Hari, León Trotsky, Maurice Ravel, el conde de Romanones y Pastora Imperio, además de numerosos toreros y banqueros. Eran los tiempos de la belle époque y en San Sebastián actuaron la compañía francesa de opereta, los ballets rusos, distintos cantantes de ópera y muchos otros artistas famosos.

La playa de La Concha es un destino elegante de veraneo desde el siglo XIX. En la playa se encuentran el Balneario de La Perla, la antigua Casa Real de Baños y el Real Club Náutico, edificios que, junto con la famosa barandilla, las elegantes farolas, los dos grandes relojes de principios de siglo y el palacio de Miramar dan esta atmósfera cosmopolita y exclusiva por la que es famosa San Sebastián. completando

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