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Donostia/San Sebastián | José María Elósegui Amundarain
Doctor ingeniero de caminos, canales y puertos
Una perfecta integración entre arte, naturaleza e ingeniería
José María Elósegui Amundarain es doctor ingeniero de caminos, canales y puertos. Desde 1955 hasta su jubilación en 1993 trabajó en la Diputación Foral de Gipuzkoa, primero como subdirector de Vías y Obras, más tarde, como director de Medio Ambiente, Agua y Saneamiento y, finalmente, como director de Obras Hidráulicas. En su quehacer profesional realizó proyectos de todo tipo, entre ellos carreteras, ferrocarriles y presas. Su sensibilidad le llevó a colaborar con artistas como Néstor Basterretxea, en la presa de Arriarán, o Eduardo Chillida, para la realización del Peine del Viento. A sus 96 años, nos habla de su participación en ambos proyectos, coincidiendo con la celebración del centenario de Chillida (1).
María Elósegui Itxaso (jueza del Tribunal Europeo de Derechos Humanos) / Juan Aguirre Sorondo (periodista).
¿Cuál fue el origen de su participación en el Peine del Viento?
Su gestación arranca a finales de los años sesenta, cuando un grupo de ciudadanos del círculo cultural creado en torno a la librería donostiarra de las hermanas Ramos propusieron la organización de un homenaje a Eduardo Chillida. El artista acogió la invitación con agradecimiento, pero sugirió que en vez de un homenaje se hiciera algo «que quedase». Partiendo de ahí, en 1968 se eligió un emplazamiento, el confín occidental de la bahía, y una obra, «un peine para conseguir que el viento entre peinado a mi pueblo», tal como explicó su autor.
Mi amistad con Eduardo Chillida venía de vieja data. Tanto mis hermanos (siete chicos) como los hermanos Chillida estudiaron en el colegio de los marianistas de San Sebastián, y a ese conocimiento se sumaba una buena sintonía intelectual y humana. Por deseo expreso del artista, me hice cargo de la instalación. Me puse a disposición del proyecto desinteresadamente junto con todo el equipo de mi oficina particular, asumiendo bajo mi responsabilidad cuanto tuviera que ver con los aspectos técnicos de la instalación (planos, cosido de la roca, estudio del acceso, transporte de la escultura, etc.), además de las gestiones y los permisos.
¿Cuál fue el coste económico de la instalación?
Podríamos decir que fue una obra de profesionales que actuaron como voluntarios, aportando su mano de obra altruistamente y afrontando el ayuntamiento el precio mínimo de costes de la colocación. Patricio Echeverría puso el hierro y la forja; Chillida, su arte; yo, la técnica. Las facturas de las empresas constructoras fueron las mínimas imprescindibles.
Gracias a esto, la instalación del Peine del Viento tuvo un coste muy reducido, ocho millones de pesetas de la época. Comparado con los presupuestos y envergaduras a que estaba acostumbrado en la Diputación, fue un trabajo pequeño pero de particular complejidad, que planteaba el reto de mover y adaptar al medio natural tres esculturas muy pesadas (10 toneladas cada una), sujetarlas a las rocas y evitar que estas se rompieran bajo su peso.
Toda la obra era bastante especial, y las condiciones técnicas fueron un desafío para la ingeniería. Las tres masas de hierro eran irregulares. A eso se añadía que dos había que colocarlas descentradas, desafiando sus puntos de equilibrio y la tercera, a ochenta metros de distancia de la costa, sobre unas rocas de mala calidad, y una de ellas con una enorme fisura. Todo ello constituía un reto apasionante para cualquier ingeniero al que le gustara su profesión. La búsqueda de soluciones requería desarrollar el ingenio (haciendo honor al término con el que se designa nuestra profesión) y la creatividad.
¿Cuál era su experiencia con este tipo de terreno?
Anteriormente había tenido que asegurar masas similares de arenisca en Pasai Donibane, donde experimenté la irregularidad y el mal comportamiento de este material en términos de resistencia o geológicos. La solución técnica consistió en hacer anclajes tensados entre cada escultura y la roca, un procedimiento complicado con el que, sin embargo, logré crear el efecto de completa fusión entre piedra y hierro que hoy admiramos.
Con todo, una perfecta integración entre arte, naturaleza e ingeniería que, como explicó el catedrático de Arte Kosme de Barañano, nunca aspiró a ser considerada como una obra «correcta con el medioambiente», esto es, en conformidad con los parámetros ecologistas, sino «una percepción, una experiencia», que pone al observador en contacto con el acantilado y con el mar.
¿Cuánto tiempo llevó la instalación?
Entre el 17 de agosto y el 3 de septiembre de 1977 se colocaron las tres esculturas sin mayor dificultad gracias a que los estudios previos habían sido muy detallados y los cálculos, perfectos. La larga pasarela de tubo sobre la que se trasladaron las esculturas desde el paseo hasta las rocas ha quedado como imagen icónica de aquella operación.
El día en que se inauguró solo nueve personas estuvieron presentes, y no fue, como alguna vez se dijo, por razones políticas, sino sencillamente por la falta de percepción y de sensibilidad propia de la época. Tuvieron que pasar treinta años para que se reconociese públicamente tanto la dimensión artística del conjunto como la maestría y creatividad técnica con que se resolvieron los desafíos que planteaba.
El año próximo se celebra el centenario del nacimiento de Eduardo Chillida, ¿qué actuaciones cree que se deberían hacer?
Creo que se debería aprovechar el centenario para satisfacer dos viejas demandas, la primera de las cuales hasta el momento no ha merecido la atención de los responsables municipales. Se trata de la pertinencia de exponer de manera permanente, mediante paneles temáticos, con fotografías y descripciones, cómo fue el proceso de creación y de instalación del Peine del Viento.
Y la segunda demanda, en este caso aprobada a comienzos de 2019 aunque cuatro años después sigue aún pendiente de ejecución, es la apertura de una vía no rugosa en el pavimento para que cualquier persona con problemas de movilidad pueda acceder al mirador, tal como dictamina la ley relativa al patrimonio histórico-artístico del País Vasco.
Desde el punto de vista artístico, ¿de qué otra obra se siente orgulloso?
La segunda obra de la que me siento orgulloso por haberla realizado junto a otro artista, Néstor Basterretxea, es la presa de Arriaran. En palabras del catedrático de Arte Miguel Aguiló Alonso: «Cada año me cabe el placer de explicar ambas obras a mis alumnos de Arte y Estética de la Ingeniería como ejemplos de un trabajo bien hecho y de sabio acercamiento del quehacer de los ingenieros al arte y la naturaleza».
De las siete presas aprobadas dentro del Plan de Regulación y Utilización de los Recursos Hidráulicos de 1971 se ejecutaron, por este orden, las de Urkulu, Barrendiola, Aixola, Ibai-Eder; la de Arriaran, con su embalse secundario de Lareo, corresponde a la que entonces se denominaba presa del Alto Oria, y Estanda, al actual embalse de Ibiur. Proyecté, individualmente o en colaboración, las presas de Urkulu (inaugurada en 1980 con 10 hm3 de capacidad a nivel máximo normal), Arriaran (1993, con 3 hm3), e Ibiur (2008, con 8 hm3). Bien como supervisor, en tareas directivas, o como colaborador, intervine también en la construcción de las de Barrendiola (1981, 2 hm3), Aixola (1981, 3 hm3), Lareo (1988, 2 hm3) e Ibai-Eder (1991, 11 hm3). Quiere esto decir que tomé parte en las siete presas hoy existentes en Gipuzkoa y en sus correspondientes obras complementarias (estaciones de tratamiento, grandes redes de abastecimiento, etc.).
No se trataba de una obra impostada, sino parte integral de la presa
¿Cómo se le ocurrió un diseño tan original para una presa?
La presa de Arriaran en el Goierri, proyectada por mi desde la Diputación para el Consorcio de Aguas de Guipúzcoa, presentaba interesantes singularidades. Una de ellas es la aplicación de la técnica HCR, hormigón compactado con rodillo, de la que hasta entonces solo existían dos antecedentes en España: las presas de Erizana y de Santa Eugenia, ambas en Galicia. Este tipo de presas presentan un aspecto estético mucho más duro que las de hormigón ordinario. Para atenuarlo, consideré que era el momento de aplicar un decreto casi olvidado que posibilitaba la inversión del uno por ciento del presupuesto total de las grandes obras públicas a su adaptación al paisaje o a proyectos de tipo cultural.
Con ese soporte legal, se encargó al artista vizcaíno Néstor Basterretxea una obra escultórica que coronase la presa, a 57 metros de altura, con la funcionalidad añadida de alojar el grupo electrógeno, las casetas de vigilancia y otros servicios. Por tanto, no se trataba de una obra de arte impostada, sino que era parte integral de la presa cuyo impacto visual quedaría suavizado con dos cuerpos abstractos a ambos lados del aliviadero inspirados, al decir del artista, en su entorno de montes, ríos y agua. Basterretxea también diseñó las jardineras y la barandilla de la parte superior del muro.
Al inaugurarse, puse en valor una obra que merecía la consideración de «hito a nivel mundial en la historia de los proyectos de construcción de presas», pues no se conocía antecedente de similar combinación entre arte y monumental obra hidráulica. Aunque lo más importante, sin duda, fue que Arriaran resolvió el problema del abastecimiento a la comarca del Alto Urola, cronificado desde la década de los cuarenta.
Nota
1
El día 3 de diciembre de 2023 falleció José María Elósegui.