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Extraordinario | Julio Martínez Calzón
Recuerdos de Julio desde Sant Cugat del Vallès
Nilo Lletjós Masó
Director de BSB Estructures d´Edificació i Ponts. Ingeniero de caminos.
Conocí a Julio Martínez Calzón en junio de 1986 con motivo de mi incorporación al estudio de Arata Isozaki —también tristemente fallecido hace unos pocos meses— para dar soporte en obra a Julio durante la construcción del Palau Sant Jordi. Fue un encuentro propiciado por amigos y compañeros comunes gracias a los cuales Julio depositó su confianza en mí para la ilusionante tarea de colaborar en una construcción tan emblemática.
Fueron varios años aprendiendo de un maestro en el ámbito de la ingeniería estructural, por supuesto, y también en cómo desenvolverse y poner empeño y dedicación ante el compromiso de lograr el objetivo de calidad de una obra, en la cual, además, contábamos con la intervención de muchos profesionales nacionales y extranjeros cuya aportación era de consideración obligada.
Julio y yo dedicamos innumerables horas a ese precioso proyecto a pie de obra, como cuando, sobre la pista recién construida, discutíamos acerca de los sistemas de elevación a la sombra de las torres que habían de elevar la cubierta, desplegándose como si se abriera una flor y movilizando el conjunto de articulaciones diseñadas; recuerdo también las arduas reuniones de trabajo con todos los agentes involucrados, donde Julio actuaba como una «rótula perfecta» —en coherente armonía con las grandes charnelas de los gajos de estructura de la Gran Cubierta— entre dos maneras bien diferentes de desarrollarse en la construcción: la de los arquitectos e ingenieros nipones, en un principio recelosos de si se conseguirían sus estándares de calidad, y la de las empresas españolas que participaron en la construcción, que, ante un reto tan importante, pusieron a disposición de la obra grandes equipos humanos y de medios. Estoy convencido de que con esa función didáctica y de cadena transmisora del conocimiento, Julio, buen conocedor tanto de la idiosincrasia japonesa como de las capacidades reales de nuestros equipos, favoreció el éxito logrado. En este punto, recuerdo lo que Julio decía sobre ese «encuentro de civilizaciones»: «Mira, el japonés, de largos y reflexivos silencios, me provoca la imagen de un roble centenario, encajando con dignidad y respeto nuestra locuacidad latina».
Pero no solo fueron tiempos dedicados a esas actividades propias de nuestra profesión. Recuerdo, ciertamente con nostalgia, las muchas conversaciones sobre todo tipo de temas y disciplinas, debatidas al amparo de las comidas en la cantina que Anillo Olímpico había instalado para dar servicio a los trabajadores del conjunto de obras en curso en la montaña de Montjuïc. Ahí, en ese marco, Julio nos instruía acerca de los últimos avances en astronomía y física nuclear («¿te imaginas, Nilo, cómo debe ser la pulsación de una molécula a 1ºK?»); de sus viajes a India y China; y de filosofía, de poesía, de pintura, de ópera, etc.
Siempre pertrechado con alguna de sus numerosas libretas Clairefontaine, convenientemente numeradas, por supuesto, Julio dibujaba y nos explicitaba conceptos y soluciones a detalles difíciles. Pero, en realidad, él anotaba ahí todo lo que le motivaba de una reunión, visita o viaje, como, por ejemplo, cuando registró, durante un trayecto en coche por la comarca de Osona en busca de un puente, los nombres catalanes compuestos de las poblaciones que avistábamos con el coche y que encontraba atractivos e interesantes (Santa Eulàlia de Riuprimer —que le encantó— fue el primero de una larga lista). Esa situación dio pie, a continuación, a un buen rato dedicado a reflexionar sobre la transcripción castellana de los nombres y sus posibles orígenes. Julio era así: se interesaba por todo y entraba siempre a fondo en el estudio de un tema para alcanzar su conocimiento.
Julio se interesaba por todo y entraba siempre a fondo en el estudio de un tema para alcanzar su conocimiento
Así pues, al Palau Sant Jordi le siguieron muchas otras obras en la cuales tuve la fortuna de colaborar con Julio, siempre aprovechando esa conjunción de técnica y humanismo: la torre Collserola, el World Trade Center, la ampliación de las luces de puentes de autopista, Gas Natural, diversos puentes y pasarelas, la torre Zero , y un largo etcétera de proyectos, pequeños y grandes, siempre interesantes con su sello. De todos ellos extraje grandes enseñanzas, en particular, en lo concerniente a cómo transferir cargas de un lado a otro de una estructura. Por otro lado, en mis propios proyectos, conté siempre con su apoyo incondicional y desinteresado, en todo momento dispuesto a echarme una mano a golpe de teléfono y de fax.
La relación de pensamientos que compartimos con Julio es muy larga. Fruto de ello, en mi recuerdo quedan muchas sentencias y situaciones sintetizadas en frases que me hacen sonreír mirando al pasado y que me acompañarán en mi memoria. Como cuando, en una ocasión, comentando que los coeficientes de seguridad debían ser «honestos», me dijo: «Si en el siglo XV se hubieran aplicado los requisitos de seguridad que se plantean actualmente para poder hacer un viaje a Marte y garantizar la vuelta, los grandes descubridores se hubieran quedado en casa. Yo, desde luego, me apuntaba sin necesidad de garantías extremas». O como cuando, interesado en cómo vivimos el bilingüismo natural en nuestra familia, se detuvo ante una librería de la Vía Augusta de Barcelona y me dijo: «te voy a comprar ese libro de Ursula K. Le Guin, pero en la versión en catalán, La mà esquerra de la foscor, y luego me explicas».
El conjunto de obras y proyectos en los cuales pude colaborar con Julio se desarrollaron en toda mi vida profesional, unos años en los que tuve la suerte de extraer un rico e intenso aprendizaje de la ingeniería estructural, pero también de compartir con él otras vivencias no menos importantes y enriquecedoras, ya que, al alternar él su residencia entre Madrid y Barcelona en buena parte de ese tiempo, pudimos mantener una relación personal intensa hasta el final.
La ópera también fue un arte que nos vinculó durante años. Aunque en ocasiones era crítico con las producciones, no solía perderse las representaciones del Liceu, especialmente las obras de Wagner y a Strauss, a quienes tenía entre sus autores favoritos, y de las cuales, cómo no, fue erudito, y cuyo conocimiento, de nuevo, gustaba de transmitir a los demás. Imagino que aquel «¡Para mañana, el alemán!» que, según me contó Julio en una ocasión, les exclamó un profesor en la Escuela de Caminos para comprender ciertos textos en ese idioma, también debió despertar su interés.
A pesar de los 615 km que separaban nuestras residencias, tras jubilarse de su actividad proyectual —que no de la creativa, intelectual y poética, la cual mantuvo hasta sus últimos días— el cariño mutuo hizo que no estuviéramos más distanciados que entre los lados de una junta entre dovelas.
Pili y yo nunca te olvidaremos.