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Extraordinario | Julio Martínez Calzón
Aprendiendo de Julio Martínez Calzón: generosidad, honestidad, claridad de ideas, amplitud de miras
Miguel Gómez Navarro
Dr. Ingeniero de caminos, director de la oficina de Madrid de BIS, profesor asociado ETSAM-UPM.
Julio Martínez Calzón fue para mí un maestro sin el que mi vida profesional hubiera sido muy distinta. Casi todo lo que sé del diseño de las estructuras y su relación con el complejo mundo de la arquitectura se lo debo a él. Pero además fue un maestro que me enseñó a disfrutar de la vida con intensidad y pasión en terrenos muy ajenos a la actividad profesional estricta que compartíamos.
Tuve la suerte de integrarme en su equipo en 2001, a la vuelta de una estancia doctoral en la Escuela Politécnica Federal de Lausana (Suiza), durante la cual me apoyó visitándome y participando en el tribunal de defensa de la tesis. Cuando me incorporé a su despacho, él ya había desarrollado proyectos de grandes edificios con sistemas constructivos complejos, interviniendo en obras de algunos de los mejores arquitectos, como Norman Foster, Arata Isozaki, Juan Navarro Baldeweg, Enric Miralles, Antonio Cruz, Antonio Ortiz, etc. En los años en los que Julio me encargó la dirección técnica del equipo de MC2 (2001-2009) tuvimos la posibilidad de trabajar juntos en proyectos muy relevantes, también gracias al denostado boom de la construcción, que nos dejó algunos caprichos, pero también obras muy exigentes que precisaban destreza y dominio de los sistemas estructurales, a los cuales en muchas ocasiones llevaba al límite. Durante esos años y gracias a su valentía, pusimos en marcha un nuevo equipo que parcialmente constituye el actual MC2 con la incorporación de Miguel Fernández, Álvaro Serrano, Carlos Castañón, Ángel Vidal o Belén Ballesteros, que entonces eran jóvenes y brillantes talentos y ahora son reconocidos profesionales. Julio supo transmitirnos a todos nosotros su sabiduría en sesiones en las que, sin impacientarse, resolvía nuestras dudas sobre conceptos generales y detalles constructivos. No podemos olvidar los famosos «cebollas» en los que dibujaba a mano las estructuras desde su concepción general hasta los detalles más complejos. Le intenté convencer, sin éxito, de que estos croquis no se podían perder y de que debíamos hacer una publicación con la que muchos aprenderíamos. Quizá todavía estemos a tiempo.
El primero de los trabajos en los que me impliqué en profundidad fue el diseño de la estructura de los Teatros del Canal de la mano de su buen amigo Juan Navarro Baldeweg. Sobre este edificio creo que basta recordar que Julio me dijo en algún momento que era la estructura más compleja que había diseñado hasta entonces. La intrincada arquitectura, con las dos salas y la escuela de danza encajadas en una pequeña parcela del barrio de Chamberí en Madrid, necesitaba de un conjunto de losas y pantallas de hormigón armado que permitieran resolver grandes voladizos y luces sin que estos logros estructurales parecieran alardes. Era necesario analizar el comportamiento a flexocompresión bidireccional de estos elementos con un gran número de zonas singulares. Esa complejidad de análisis nos llevó a diseñar los sistemas de cálculo automatizados combinados con programas comerciales de elementos finitos, los cuales posteriormente permitieron desarrollar algunos de los proyectos de edificación más complejos de MC2. Apoyado en su prolongada experiencia, Julio siempre tuvo la mente abierta al empleo de nuevos procedimientos automatizados en los que nos aportaba su sentido común y su intuición estructural que, junto con la visión de los que entonces éramos más jóvenes, permitían acelerar el diseño y garantizar su precisión.
Tras esta obra singular tuvimos la suerte de diseñar juntos las estructuras de dos de los cuatro edificios de la antigua Ciudad Deportiva del Real Madrid: la Torre Espacio y la Torre Sacyr-Vallehermoso. La primera era un proyecto de Henry Cobb y José Bruguera, del estudio norteamericano PCF & Partners, que contaba con una abultada experiencia en proyectar rascacielos; la segunda, por su parte, era la primera experiencia en esta tipología de la pareja de arquitectos madrileños Enrique Álvarez-Sala y Carlos Rubio Carvajal. En aquel momento eran los edificios más altos de España y representaban un salto cualitativo respecto a lo que se había hecho hasta entonces en nuestro país en edificios de altura. Nuestro maestro tenía el conocimiento necesario para asumir ese reto, pero también la generosidad para permitir que un grupo de ingenieros de menos de 35 años liderara el proyecto y la construcción con su respaldo, siempre atento y sólido. La experiencia de intervenir en los proyectos de dos edificios en un mismo entorno y con dimensiones similares, pero con programas y equipos de arquitectos radicalmente diferentes, fue un aprendizaje que ha marcado mi vida profesional y por el que siempre le estaré agradecido. Los dos sistemas estructurales empleados eran también completamente diferentes: uno casi completo en hormigón, el otro básicamente mixto, pero ambos respondían a la geometría y necesidades de cada una de las torres.
Igualmente relevante fue que, en los dos casos, los promotores fueran a la vez constructores, por lo que desde el primer momento el diseño de la estructura estuvo íntimamente ligado con los condicionantes constructivos que son determinantes en edificios de esta envergadura.
Como Julio no solo tenía un conocimiento excepcional del comportamiento de las estructuras, sino que además integraba en su saber el dominio de los procesos y sistemas constructivos, el trabajo conjunto fue especialmente enriquecedor para todos ya que tenía claro que la estructura más eficaz puede ser inútil si el proceso constructivo necesario para ponerla en pie no es igual de adecuado. Julio era un rara avis por esta visión amplia del hecho estructural y constructivo, y quizás esto le permitió mantener una relación excepcional tanto con los constructores como con los arquitectos con los que trabajaba. Quiero recordar aquí a Segundo Rodríguez y a Jaime Teulón, también ya fallecidos, que, con su capacidad integradora de los diferentes intervinientes y su gran experiencia como constructores en Vallehermoso y OHL respectivamente, fueron clave en el éxito de estas obras, ejecutadas con costes y plazos significativamente menores que los de las torres vecinas.
Luego vinieron otros proyectos de menor amplitud, pero igualmente relevantes: la Torre del Agua, con De Teresa, y el Pabellón de Aragón, con Olano y Mendo, ambos en la Expo de Zaragoza 2008; el Pabellón español en la Expo de Shanghái de 2010, con Tagliabue; el Banco Popular en Madrid, con Ayala; o las pasarelas del campus de Vigo —con Miralles—, la del río Tormes, con Moneo, o la de la Arganzuela, con Perrault. En todos estos proyectos Julio nos sorprendía con soluciones ambiciosas que resolvían problemas de los que los interlocutores muchas veces no tenían conciencia. Se ha repetido muchas veces la famosa frase de Norman Foster cuando, tras escucharle describir el detallado sistema de montaje que había ideado para construir la torre de Collserola, dijo que por fin entendía como se iba a poder construir lo que él había dibujado. Julio, con su dominio del comportamiento de las estructuras, siempre hacía fácil lo que parecía difícil o imposible..
Con él aprendimos a buscar en las tramas de los edificios los recursos ocultos que permitían resolver los requisitos estructurales adaptándose a las necesidades del programa arquitectónico. En sus edificios, al igual que en sus puentes, los elementos interactúan y se construyen de forma autogenerativa. Por ejemplo, garantizar la estabilidad de una torre casi hueca, como es la Torre del Agua, fue un reto mayúsculo que resolvimos usando las ligeras rampas internas de circulación como elementos arriostrantes de la esbelta fachada estructural. Al intervenir en el diseño de los edificios desde el primer momento, Julio conseguía que los proyectos fueran globalmente mejores y tuvieran la honestidad estructural que él siempre buscaba.
Julio te hacía entender las necesidades y los puntos de vista de los arquitectos, de los ingenieros de instalaciones, de los constructores. No creo que yo le escuchara nunca palabras de desprecio hacia otros profesionales; a lo sumo, criticaba algunas de sus obras y solo en contadas ocasiones. Y tenía claro que, por mucho que la estructura pudiera ser compleja, él nunca era el protagonista del diseño de un edificio, ni necesitaba estar en los títulos de crédito, ni en los homenajes de las inauguraciones. También sabía que, en ocasiones, había que aceptar que el arquitecto no quisiera mejorar su proyecto incorporando la solución estructural más eficaz que le proponíamos, aunque a veces las razones de su negativa no fueran fáciles de entender.
No quiero dejar fuera de este texto la honestidad con la que iluminaba toda su actividad profesional. Recuerdo cuando llegué, en 1996, al Politécnico de Lausana les hablé a los ingenieros suizos del eficaz sistema de la doble acción mixta que mi profesor Julio Martínez Calzón había inventado, haciendo una encendida defensa de la calidad de la ingeniería española de estructuras. Mis colegas suizos, que siempre tenían acceso a todas las revistas disponibles, me hablaron entonces de un puente con un vano principal de 134 m de luz ubicado en la antigua Yugoslavia y en el que se había usado este sistema en 1968, por tanto, bastante antes de la construcción del puente sobre la ría de Ciérvana de 1978. Tuve que admitir la derrota y bajar mis humos de egresado de la venerable escuela de Madrid. Unos años después, Julio tuvo la elegancia de añadir una nota a pie de página en el libro que resume su trayectoria vital, Puentes, estructuras, actitudes, refiriéndose en ella a este comentario mío y dejando claro que él no tenía conocimiento de esa obra cuando puso ese sistema constructivo en práctica. Como la guerra del 1991 se llevó por delante ese puente del ingeniero Hajdin siempre podremos decir que Julio fue el primero que lo puso en práctica en un puente que todavía existe.
Aprendimos de él en muchos otros campos, quizás el más claro para mí fue el de la música, ya que a ambos nos proporcionaba muchos momentos de disfrute.
Amante del saber enciclopédico, uno de sus últimos proyectos fue la evaluación sistemática de los mejores cuartetos de cuerda de la historia de la música, desde sus inicios con Haydn hasta los más contemporáneos. Julio se enfrentaba con pasión y sin límites a todo lo que hacía, dentro y fuera del mundo de la ingeniería. Y lo hacía con claridad de criterios y sin concesiones. Mientras escribo este artículo, se estrena en Madrid una de sus óperas favoritas, Rigoletto. Probablemente hubiera rechazado el extemporáneo montaje con el mismo rechazo con el que decidió que no volvería a Bayreuth después de ver montajes que, a su juicio, no estaban a la altura intelectual de la épica y la hondura de la leyenda wagneriana.
Uno de los mejores regalos que me llevo en la memoria de mi amistad con él fue la invitación a disfrutar juntos en París de la excepcional y atemporal producción que prepararon Bill Viola y Peter Sellars para representar el drama de Tristán e Isolda. Disfrutaba del arte con la misma apertura de miras que aplicaba a la ingeniería, exigiendo el mayor nivel de reflexión intelectual en cada nueva propuesta.
Con motivo de su 70 cumpleaños, Paco Millanes, Antonio Mayor, Pepa Bastante y yo organizamos una reunión sorpresa en la que convocamos, junto a La Sirena Varada de Chillida, a todos los que habíamos aprendido de Julio a lo largo de su vida profesional en MART2 y MC2. Fue una excelente manera de poner de manifiesto el cariño y la admiración que muchos sentíamos por él.
Quince años después y tras su convalecencia a causa de la pandemia y de una caída desafortunada, me dijo que quería volver a hacer una reunión similar con la gente que había sido clave en el desarrollo de MC2, proponiéndome incluso que animáramos la reunión con un aria a dúo.
Así era Julio: generoso, intenso, exigente y apasionado. Varias veces nos dijo que, si le ofrecieran embarcarse en una expedición de exploración de los confines del universo, lo haría sin dudarlo, aunque no hubiera posibilidad de regresar.
Gracias por todo lo que nos has dado, a mí y a muchos. Seguiremos disfrutando a tu costa.