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Extraordinario | Julio Martínez Calzón

El último confuciano

Carmen García-Ormaechea

Dra. en Historia del Arte. Escritora.

Julio, en un viaje a la India.

El leer sin pensar nos da una mente desordenada, y pensar sin leer nos torna desequilibrados. ¿No es un gran placer aprender y volver a aprender? Un hombre que repasa lo que ya ha aprendido y adquiere una nueva comprensión de ello es digno de ser un maestro

Confucio (s. VI a. C.)

Li Jing (Libro de los Ritos)

Desde que era pequeña estaba acostumbrada a admirar a los amigos de mis hermanos mayores, y Julio —que ya entonces profundizaba en lo que le interesaba— me dejó impresionada, pero le perdí la pista cuando dejó de veranear junto a nosotros. Lo reencontré muchos años después, convertido en todo un respetado ingeniero de caminos, cuando me invitaron a una reunión de personas interesadas en la cultura china. Querían preguntarme por lugares y monumentos importantes de China porque iban a viajar ahí, tan lejos. Sí, tan lejos: lejos en la distancia, en el tiempo, en el modo… Sin teléfonos móviles, ni tarjetas de crédito, ni aparatos digitales.

En la década de 1970 pocos españoles se aventuraban a ir a China. Por entonces yo era una joven profesora de Historia del Arte en la Universidad Complutense que impartía la asignatura de Arte Indio y de Asia Oriental. Ahora resulta difícil imaginar la fantasía y exotismo con que me trataban algunos compañeros, no digamos la gente corriente, algo que muchas veces me hizo dudar de mi trayectoria profesional. Que Julio Martínez Calzón se interesara por China para mí fue el espaldarazo definitivo que me impulsó a doctorarme en arte chino, aunque con el tiempo acabé también atrapada por el arte indio.

En los 80 ya estábamos viajando juntos; él se apuntaba cada año a los viajes que yo organizaba en Semana Santa con profesores y alumnos de la Facultad, en ocasiones con mi querido decano Pepe Estébanez y su mujer, Mari Carmen Sierra; la mayoría de las veces por India (para mí sigue siendo India, aunque recientemente hayan impuesto el nombre de Bhārat). Julio traía amigos y familiares y, gracias a él, tuve el placer de conocer a María y a Alberto Corral (quien en uno de estos viajes conoció a mi amiga Bárbara con la que posteriormente se casó); a Enrique y Rita Pérez Galdós, a Juan y Eugenio Benet y a Blanca Andreu; a los hijos de Julio, Lorena y Alberto, quien también en uno de estos viajes conoció a mi alumna Virginia Bengoa con la que se casó. En fin, fueron viajes impresionantes desde cualquier punto de vista.

Julio disfrutaba de todo: del arte, del paisaje, de la comida… No recuerdo que se pusiera enfermo ni una sola vez, ni mucho menos que se disgustara. Una vez tuve que reclamar por enésima vez unas maletas perdidas y Julio me acompañó muy caballerosamente; yo estaba muy alterada porque el oficial solo me respondía con esa oscilación de cabeza tan india que significa sí, pero que nosotros interpretábamos como «bueno, ya veremos». Entonces, Julio con su calma habitual dijo, sin más: «Who should we be angry with?». Al día siguiente las maletas estaban en el hotel.

A lo largo de estos viajes visitamos Rājasthān y atravesamos el desierto del Thar en un autobús local porque el nuestro se había quedado atascado en las dunas; admiramos, por supuesto, los espectaculares monumentos mogoles de Delghi y Āgrā, en cuyo Tāj Mahal pudimos incluso disfrutar de un plenilunio que nos envolvió a todos con su luz mágica. Estuvimos en Calcuta, en Bengala Occidental, y Orissā, desde donde saltamos a las islas Andamán con sus aguas cristalinas llenas de vida, y donde un chaparrón pilló a Julio dentro del agua, sensación nueva para él y que, gratamente sorprendido, analizaba con su carácter científico: «dulce y salada, fría y caliente». También fuimos al sur, a Andhra Pradesh, Tamilnādu, Karnātaka y Kerala. Y al oeste, a Bombay y Mahārāshtra ¡Cuánto le gustaron las cuevas de Śiva en Elephantā y Ellorā!

Para Julio, el conocimiento de aspectos tan diferentes a los occidentales le ayudaba a la comprensión de lo universal

Le encantaba India, charlaba con la gente en cuanto podía, preguntaba, estudiaba, quería ver y sentir todo. Pero su auténtica admiración la dirigía a China, a su cultura refinada y ancestral, y muy especialmente al mundo de los letrados (wenren) y pintores-calígrafos (wenren-hua). En el arte tradicional chino no hay separación entre pintura, caligrafía, poesía, estética, arqueología y coleccionismo; estas disciplinas, dispersas para nosotros, conforman un todo para los wenren-hua.

Para Julio el conocimiento de aspectos tan diferentes a los occidentales le ayudaba a la comprensión de lo universal, y al mismo tiempo lo alimentaba de poesía; quizá por eso no cejó en su empeño de sentarse en el mismo sitio que lo hicieran Su-Shi y Sung-Ti en el siglo XI para crear sus Ocho escenas de los ríos Hsiao y Hsiang, una suerte de alianza entre la caligrafía y la pintura, que siguen siendo un referente del arte chino.

Lo de sentarse ante el mismo paisaje no es broma, es literal. En agosto de 2008, aprovechando un viaje a Shanghái para ocuparse del Pabellón de España, logró viajar hasta el norte y contemplar las ocho escenas soñadas, de las que ofrece un amplio repertorio en el libro Encuentros (Fernando Villaverde Ediciones, 2018). En el texto, Julio explica que las ocho escenas «pueden considerarse como metáforas de los estados mentales por los que pasa el sujeto en la meditación y su capacidad –por la pureza del ambiente que le rodea— para controlar el flujo de tales estados mentales».

Estos «encuentros» son el resultado de su generosidad y se realizaban en su casa, porque Julio era un excelente anfitrión: reunía a amigos y a diferentes especialistas y, tras la exposición pertinente de un tema, cenábamos y creábamos una estupenda tertulia.

Julio era el mejor erudito que he conocido. No sé si era una sabio, pero su actitud ciertamente lo era; para mí personaliza al hombre confuciano por excelencia.

Cuando leo la frase citada arriba pienso en Julio Martínez Calzón, antes, ahora y siempre. Un abrazo cariñoso para toda su familia.

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