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Xavier Güell
Director de orquesta y escritor.
—Quiero que leas el comienzo de mi próxima novela —le dije a Julio la última vez que lo vi.
—Shostakóvich contra Stalin, ¿no?
—Creo que es lo mejor que he escrito. Me gustaría conocer tu opinión antes de que se publique.
Quedamos para comer sin concretar una fecha. Los siguientes meses estuve sumergido en la conclusión de la nueva novela, y él —supuse—, en los múltiples proyectos en los que siempre andaba metido —acababa de publicar su tercer volumen dedicado a la pintura—, así que no me extrañó no tener noticias suyas.
Hace dos semanas me llamó Fernando Ruiz y me pidió que escribiera un artículo sobre Julio.
—¿Cómo está? —le pregunté—. No sé nada de él.
—¿No lo sabes?
—¿Saber el qué…?
Fernando permaneció en silencio unos segundos.
—Julio ha muerto —dijo por fin—. Siento ser yo el que te dé la noticia —Hizo otra pausa para permitir que yo tomara aliento y continuó—: Tu artículo se incluirá en un número monográfico dedicado a Julio de la Revista de Obras Públicas que estamos preparando.
En ese momento no fui capaz de reaccionar. Pero, más tarde, por la noche, empezaron a volar por mi cabeza multitud de imágenes suyas: nuestro primer encuentro en la presentación de Ética y condición humana, de Eugenio Trías, en el Círculo de Bellas Artes; los almuerzos en La Manduca de Azagra, que solían prolongarse hasta bien entrada la tarde; las conversaciones sobre música que manteníamos con Eugenio cuando este venía a Madrid; el proyecto —que nunca llevamos a término— de organizar un ciclo de conferencias sobre esa mezcla adictiva de filosofía y poesía, de arquitectura y música. Arrebatados encuentros, fundidos en una visión integral del ser humano…
Recuerdo uno de nuestros últimos paseos por el Retiro. Caminábamos los tres contra el viento una fría mañana de invierno, cubiertos por sombreros y abrigos que nos llegaban casi hasta los pies. En el linde del parque se alzaban unos castaños a través de cuyos troncos y ramas se divisaba una bruma pastosa. Detrás de los árboles alguien tocaba un caramillo. El tañedor solo se servía de cinco notas que alargaba perezosamente sin llegar a construir una melodía; sin embargo, en ese silbido percibimos un acento sombrío, melancólico.
—La filosofía se enfrenta a problemas que todavía no están abiertos a los métodos de la ciencia —dijo Eugenio, calándose hasta las cejas el borsalino azul que le había regalado Elena, su mujer—. Problemas como el bien y el mal, la belleza y la fealdad, el orden y la libertad, la vida y la muerte.
—Luchamos contra el caos que nos rodea por fuera y nos inunda por dentro —intervino Julio, levantando los brazos—. Todo está relacionado. No hay nada que se pueda resolver sin la ciencia. En todo caso, la ciencia es un instrumento que solo pueden utilizar bien aquellos que han comprendido el anhelo del hombre por encontrar su propio lugar en el mundo. Toda ciencia verdadera empieza como filosofía y termina como arte.
—La ciencia es descripción analítica —dije yo—, la filosofía es interpretación sintética; ambas necesitan del arte y aún más, de la música para completarse.
Eugenio sonrió.
—El filósofo —dijo— escucha la armonía de las esferas, sabe lo que Pitágoras quiso decir cuando afirmó que la filosofía es la música suprema. La ciencia sin filosofía —Me miró con una expresión bondadosa—, sin música, no puede salvarnos de la desesperación. La ciencia nos da conocimiento, la filosofía nos da sabiduría, pero solo la música nos permite llegar al ‘límite’.
—Estoy de acuerdo —terció Julio, de nuevo—. La música es la auténtica metafísica. No da respuestas, pero nos posibilita intuir de dónde venimos y hacia dónde vamos. Todo es cíclico. El final está en relación con el principio. Por eso la filosofía de Eugenio está tan próxima a la música.
—Y tus puentes, querido Julio, también lo están —añadí yo—. Detrás de la belleza siempre está la verdad.
—Por cierto —dijo él con un suspiro—, ayer volví a escuchar el monólogo del rey Marke en el segundo acto del Tristán dirigido por Furtwängler. No solo la música, también el texto es extraordinario. Después, si queréis, lo podemos escuchar en casa.
—Tengo frío —susurró Eugenio, y me agarró del brazo.
—Sí, regresemos si no queremos coger los tres una pulmonía —dijo Julio—. Os invito a comer en La Ancha, en Zorrilla.
Julio era generoso, sabio, creativo, apasionado…, pero lo que más me gustaba de él era su cordialidad. Entendía la cordialidad como un saber estar en el mundo, como una lúcida melancolía que rechaza la rabia; como una forma de comprender la vida desde el otro lado, de aceptarla sin bajar la guardia, sin levantar la voz. La cordialidad, para él, era sabiduría, respeto, elegancia, un no dejarse llevar por la furia del tiempo, el canto de las sirenas cuyo eco devuelve, la respuesta a la crueldad, el rayo que fulmina la soledad.
Hace ya diez años que se fue Eugenio y ahora nos ha dejado Julio. Cuando me reúna de nuevo con ellos, reemprenderemos nuestros paseos bañados por el viento, y lo primero que les preguntaré será si después de la muerte continúa el dolor.