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Extraordinario | Julio Martínez Calzón

Año sabático en Arizona

Elena Rocchi

Doctora. Head of Architecture, Undergraduate Program, Clinical Associate Professor at Arizona State University.

El encuentro con Julio Martínez Calzón fue de vital importancia para mí. No solo me ayudó a refinar mi perspectiva de la vida, sino que también fortaleció mi conciencia de tener una identidad con raíces en movimiento. Nos conocimos un día, al azar, a finales de 1999, hace más de 23 años, en el estudio de Enric Miralles y Benedetta Tagliabue en Barcelona. Yo dirigía el proyecto de la nueva sede de Gas Natural de EMBT, y él desempeñaba el papel de ingeniero estructural. Cada reunión de trabajo que manteníamos contribuía a la construcción continua de un espacio compartido donde la imaginación se entrelazaba con los recuerdos.

Fue en este espacio donde la conexión —que en sus inicios fue meramente profesional— se consolidó en una amistad profunda, situada en la intersección de nuestras disciplinas: arquitectura e ingeniería, imaginación y técnica, ideas, desafíos, soluciones, pilares, soldaduras, voladizos, capiteles y preguntas sobre el más allá: «¿Qué crees que hay después de la muerte?» La pérdida de Enric Miralles en julio de 2000 marcó el inicio de esta conexión significativa, dejando una huella imborrable en mi vida, tanto profesional como personal.

La dinámica de nuestra relación tomó un giro más personal cuando con Benedetta conocimos a la mujer de Julio, Reyes, lo cual agregó una dimensión más profunda a nuestra conexión. Julio y Reyes solían abrir las puertas de su hogar en Barcelona a sus amigos cada domingo para compartir momentos mágicos alrededor de mesas llenas de comida y conversaciones enriquecedoras. Tuve la suerte de participar en estos encuentros, que a menudo culminaban sobre las tres de la madrugada en su despacho.

Allí, sentados junto a su colección de planetas, le escuchábamos recitar poesía y veíamos imágenes de lugares lejanos proyectadas en la pared. Fue durante estos encuentros que, al explorar conversaciones desligadas de la cotidianidad, sumergidos en el territorio de las ideas, concebí Chowroom, una iniciativa que se convirtió en la más larga de las conversaciones que tuve con Julio. Esta propuesta reunía a personas de diversas disciplinas para reflexionar sobre el tema de la formación de la identidad en movimiento. Julio, ingeniero y amigo, no solo fue mi primer invitado, sino que también se convirtió de inmediato en coautor de un viaje en el tiempo y el espacio que tuvo lugar entre 2010 y 2011.

A lo largo de esos dos años, compartimos reflexiones con personas elegidas al azar, incluyendo arquitectos, filósofos, poetas y viajeros. Juntos exploramos temas como el tiempo, las pasiones, las relaciones y los lugares, utilizando cada cena como una manifestación única de la amistad que florecía entre nosotros gracias al acto esencial de conversar, tan necesario para transformar nuestras vidas en algo más humano.

En 2014, se presentó la oportunidad de continuar compartiendo la amistad que Julio y yo habíamos forjado hasta 2013, año en el que me marché de Barcelona. Le invité como Visiting Fellow en la Frank Lloyd Wright School of Architecture en Taliesin West, Arizona, coincidiendo con mi periodo en la misma escuela.

Esta oportunidad estaba alineada con las reflexiones que Julio había compartido conmigo antes de mi partida a Estados Unidos: la posibilidad de una experiencia docente como forma de reflexión personal justo después de haber vendido su empresa de ingeniería MC2 a finales de 2012. Él llevaba tiempo contemplando la idea de impartir clases de estructuras de otra manera, y me propuso un curso según tres líneas de conceptualización que había desarrollado a lo largo de su carrera: las estructuras mixtas de hormigón y acero estructural; la expansión de esta tipología estructural al ámbito de los puentes y pasarelas peatonales en el diseño arquitectónico; y los conceptos de tensibilidad y constructibilidad en las estructuras arquitectónicas.

El curso final que impartió aquel semestre tenía como objetivo formar arquitectos completos con un conocimiento integral de su disciplina a partir de unas clases estructuradas en tres líneas definidas: la resistencia de materiales (RM) como «senda iniciática» para que los estudiantes abordaran progresivamente los aspectos técnico-resistentes de los sistemas estructurales vinculándolos con el organismo humano; la teoría de estructuras (TE); y los conceptos y la evolución histórica del diseño estructural en la arquitectura (CEH), para que los estudiantes comprendieran el ámbito global de los edificios desde una perspectiva técnica.

En nuestros correos electrónicos y videollamadas, Julio insistía en que esta oportunidad no solo representaba una vía para la reflexión personal, sino también un camino hacia una comprensión más completa, audaz y eficiente del hecho estructural en la arquitectura. En esencia, Julio buscaba enseñar la relación esencial existente entre arquitectura e ingeniería con el objetivo de ayudar a los arquitectos a desarrollar una visión profunda y autocrítica del proyecto arquitectónico.

En enero de 2015, Julio llegó a Arizona donde permaneció hasta mayo. Durante este tiempo, no solo ofreció clases sobre estructuras, sino que también emprendió viajes en solitario a los parques americanos y plasmó sus reflexiones en un libro dedicado a la pintura del siglo XIX en el mundo occidental. Residió en la Desert House, una edificación construida en el desierto de Taliesin West por un estudiante de Wright, Kamal Amin, a partir de su modesto refugio inicial de 1963. Durante su estancia, Julio compartió con los antiguos fellows cenas en el comedor y charlas en el salón de la casa de Frank Lloyd Wright, disfrutando plenamente de la comunidad de Taliesin West.

Partió en mayo de 2015, en lo que creo que fue la última ocasión en que lo vi en persona. A partir de entonces, solo hablamos por correo electrónico. En cada mensaje recordaba con evocación y añoranza los desayunos en Starbucks, las charlas en Taliesin West, y su estancia en «la casa en la maravillosa montaña», la Desert House.

En el verano de 2018, Julio me envió uno de sus últimos correos, lleno de aprecio por nuestra amistad. En él, expresaba sus mejores deseos para mi vida, independientemente de mi ubicación geográfica o labor docente, y esperaba que todo me estuviera yendo maravillosamente. Aquel mensaje incluía una noticia significativa: Julio había desarrollado la idea del «Chowroom», que él denominaba «Viajes nómadas», y la había plasmado en un libro titulado Encuentros. Esta obra compilaba mi introducción junto con las transcripciones de las seis charlas. En el correo también me anunció la organización de la presentación de este libro en Madrid, a la cual sabía que yo no podía asistir en persona, ya que en esas fechas no tenía previsto andar «por estas latitudes». Acordamos, por lo tanto, que yo le enviaría un video como mi contribución para el evento.

Sin embargo, tras recibirlo, Julio no lo encontró satisfactorio. Consideró que mostraba aspectos inconexos que no reflejaban su visión del objetivo de nuestro proyecto: el nomadismo de la mente frente al sedentarismo de las personas en sus actividades usuales. Y tenía razón: mi enfoque en imágenes y sonidos grabados durante esas noches se centraba en los momentos vividos entre personas como representaciones únicas, en lugar de destacar, como él me pedía, la trascendencia de los coloquios al final de cada encuentro.

En su último correo, Julio pidió un cambio de video y una respuesta rápida, como si la vida se le escapara, deseándome que mi verano hubiera sido el más feliz posible y que el recuerdo de mi difunta madre fuera ahora «un motivo de confortamiento ante la inapelabilidad de la existencia».

No pude y ni siquiera llegué a responderle a tiempo. Por tanto, me gusta pensar que este escrito es mi último mensaje para agradecerle por todo: por los significados alcanzados en nuestra eterna conversación desde 1999, por los maravillosos experimentos, por nuestra amistad, por los acuerdos y desacuerdos, y por los encuentros entre aquí y allá, entre Barcelona y Arizona. Esos encuentros registraron los movimientos de ajuste y desajuste de nuestra amistad, nuestra capacidad de experimentar fuera de nosotros mismos, los viajes mentales de ida y vuelta y los relatos en directo de los grandes viajeros que se unieron a nosotros para hablar sobre la importancia de las conversaciones en el proceso de intentar ser más humanos.

Desde aquí, te recuerdo Julio, como aquel gran ingeniero, filósofo, poeta, entusiasta de la vida y enorme amigo que me mostró que es posible vivir formando nuestra identidad con raíces en movimiento. Tu recuerdo es, más que nunca, «un motivo de confortamiento ante la inapelabilidad de la existencia».

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