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Extraordinario | Julio Martínez Calzón

La semilla de Julio Martínez Calzón

@ Claudia Molina

Mario Colleoni

Historiador del arte, humanista, editor y corrector de Julio Martínez Calzón.

Siento una envidia insana por todos aquellos que pudieron formarse, crecer y compartir su vida con Julio tanto dentro como fuera de la ingeniería. En mi caso, aunque pude trabajar con él durante diez años, me hubiera gustado profundizar aún más en su forma de mirar y comprender el mundo. Muchos, la mayoría, lo considerarán por derecho propio un ingeniero colosal, un pionero de las estructuras mixtas, una figura indiscutible. Para mí era tan solo una persona —una entre millones— con el don de la semilla, un extraño atributo alquímico con el que era capaz de transformar cualquier páramo yermo y desértico en un jardín florido de ideas, de sugerencias, de matices. Conversar con él era dialogar. Y lo hacía con una capacidad de escucha tan grande, con una paciencia tan noble y con una serenidad tan amable, que me resulta imposible no maldecir al cielo que se lo ha llevado privándonos a todos de esa disposición taumatúrgica que era su sola presencia. Julio no solo era un ingeniero genial, un sabio instructor o un profesional impecable; era grande al modo en que los más grandes nunca están capacitados para percatarse de su grandeza. Era un gigante.

Ambos proveníamos de mundos distintos (él, de los cálculos matemáticos y la ciencia, y yo de las letras y las humanidades), pero me ayudó a comprender que la única cosa que separa a dos personas es la falta de necesidad de uno por comprender al otro. No me lo dijo con palabras; Julio nunca me hubiera dicho eso. Sencillamente, me lo demostró con hechos: cuando nos reuníamos en su casa, cuando comentábamos la actualidad, cuando hablábamos sobre arte, literatura, ciencia, tecnología, e incluso cuando me invitaba a comer en ese restaurante indio que tanto le gustaba.

Nos conocimos en 2014 de forma azarosa, casi por casualidad. Él estaba preparando los dos primeros tomos de pintura del siglo XIX, y la persona que colaboraba con él, que era amiga mía, tenía que marcharse fuera de España. Faltaban algunos capítulos por ultimar y al final me encargó, entre otros, los epígrafes de Italia, Rusia y Estados Unidos. Cinco años más tarde, le ayudé a dar forma al tercer y último tomo con el que cerró aquella magna obra que llevó por título La pintura del siglo XIX. Una visión estético-conceptual (Villaverde, 2016 y 2021). El trabajo fue arduo, intenso, exigente y, en ocasiones, agotador, pero terminó convirtiéndose en una revelación para mí: pude conocer el arte del siglo XIX como nunca antes nadie me lo había enseñado; dilató extensivamente mis conocimientos sobre historia del arte y, lo más importante, me hizo comprender que la pasión noble y grande de un solo ser humano vale por cientos de planes de estudios oficiales que, años tras año, no pueden cumplirse. Debo darle las gracias también por eso, porque fueron los ojos del corazón de un científico —y no el anacrónico dogmatismo de la Academia— los que me hicieron recordar el motivo por el cual un día tomé la decisión de dedicar mi vida a la historia del arte. Ese era el «hombre-semilla» que Julio será siempre para mí.

Julio era grande al modo en que los más grandes nunca están capacitados para percatarse de su grandeza. Era un gigante

A partir de ahí, nuestra relación trascendió lo meramente profesional y entablamos una hermosísima correspondencia humanística, vertebrada en esencia por la cultura. A veces me prestaba algunos libros y, cuando nos veíamos, él solía apuntar en una libreta, a mano, como yo sigo haciendo, algunas de las referencias que iban apareciendo mientras hablábamos: un tratado histórico, un documental, una exposición, una película… Tenía un apetito insaciable de conocimiento, de sentido, de verdad, y quizás eso fue lo que nos unió de un modo tan estrecho.

Transcurrieron los años y, a finales de 2019, publiqué Contra Florencia, mi primer libro. En la primera presentación que organizamos en Madrid, probablemente el día más feliz de toda mi vida, él estuvo presente. Fue un detalle —un gesto, un regalo— que siempre recordaré con el máximo orgullo. La última vez que tuve el honor de contar con su presencia en un proyecto mío fue en una presentación de Poesías en Casarsa, de Pier Paolo Pasolini, libro que edité, traduje y prologué. Recuerdo que ese día proyecté el documental de Paolo Brunatto La forma della città (RAI, 1974) y, al final, ya en el coloquio, Julio no tuvo reparo alguno en intervenir para manifestar su profundo desacuerdo. No compartía la visión apocalíptica de Pasolini sobre el urbanismo moderno; de pronto, en un apartado de mi imaginación, pensé en lo bonito que tal vez hubiera sido verlos discutir a ambos sobre la forma de las ciudades.

Esa misma tarde me habló de un libro que había escrito y me dijo que, más adelante, me llamaría para explicarme los detalles y, antes de todo, hacerme una propuesta para viajar a Florencia. Quería que lo acompañase, que hiciera de cicerone para él, que le enseñara algunos secretos de la ciudad de Donatello, Brunelleschi, Leonardo o Miguel Ángel. Lamentablemente, por razones ajenas a su voluntad, no pudo materializarlo. La envidia a la que hacía referencia más arriba no es nada comparado con el remordimiento que sigo sintiendo por no haber podido hacer ese viaje con él y devolverle esa «semilla» —confianza, seguridad, conocimiento, belleza— que, a fondo perdido, él decidió depositar en mí. Sé que hubiera sido realmente precioso. Lástima.

En cualquier caso, meses después de aquel encuentro pasoliniano, tras varias lecturas del texto, abordé la corrección de Lo profundo sustante («LPS», como él solía llamarlo por escrito), una suerte de testamento humanístico monumental que hoy, con la inestimable ayuda del Colegio de Ingenieros de Caminos, Canales y Puertos, se encuentra en proceso de edición. Si las circunstancias no lo impiden, LPS será la última palabra de una persona que intentó dar sentido a todo lo que sucedía a su alrededor y que, en ocasiones, también sirvió de aliento para algunas personas que, como yo, solo necesitaban su apoyo para volver a darle sentido a sus vidas.

Gracias por esta bonita aventura, maestro. Siempre estaré en deuda contigo. Descansa en paz.

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