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Monográfico | Agustín de Betancourt

En relación con la seda y otras 'industrias del país'

El bagaje isleño en la formación de Agustín de Betancourt

Juan Cullen Salazar

Abogado e investigador. Depositario del archivo de la familia Betancourt.

Juan Alejandro Lorenzo Lima

Historiador del arte. Dirección General de Patrimonio Cultural, Gobierno de Canarias.

Isla de Tenerife, Tomás López, 1779. Fuente: BNE.

Este artículo revisa el alcance de la primera formación que Agustín de Betancourt recibió en Canarias junto a sus hermanos mayores José y María del Carmen, destacando el valor que tuvo un análisis de la realidad cercana a la familia como vía de conocimiento y experimentación científica. Insiste en el protagonismo de la Real Sociedad Económica de Amigos del País de Tenerife como entidad favorable para presentar sus avances e investigaciones, centradas por lo general en el trabajo de la seda y otras industrias menores, que son evocadas por medio de ejemplos que proporciona su actividad cotidiana.

«[…] el feliz tiempo que pasamos juntos, tejiendo las cintas de rasoliso y terciopelo, haciendo entorchados, etc., etc. Yo puedo asegurarte que cuanto he aprendido en mi vida, nada me ha sido tan útil como el ejercicio que tuve entonces del hilado, tejido, tinturas y demás cosas, que hicimos como por pasatiempo.»

En estos términos, no exentos de una comprensible sensación de nostalgia, Agustín de Betancourt y Molina (1758-1824) evocó sus años de juventud en Canarias. La cita está contenida en una carta muy emotiva que el ya prestigioso ingeniero escribió desde San Petersburgo a su hermana María del Carmen (1758-1824), que residía en Tenerife y a quien no volvió a ver después de marchar a Madrid a finales del año 1778. Aunque ahora parezca anecdótico o sentimental, ese comentario escrito en octubre de 1820 resulta significativo porque, a continuación del mismo, Agustín decía que: «estos conocimientos que adquirí jugando han sido el origen de mi afición a las artes mecánicas y de toda mi felicidad; y estoy tan persuadido de su grande utilidad, que hago trabajar dos horas por día a mi hijo Alfonso, ya en el torno, ya limando o haciendo alguna máquina».

La mención a dichas prácticas, que son resultado del pragmatismo impuesto en el seno familiar desde la más tierna infancia, esconde una coyuntura proclive al aprendizaje y a experiencias cognitivas que no deben eludirse ni ser menospreciadas. Por ello sorprende que algunos biógrafos de Agustín de Betancourt cuestionen el alcance de este periodo vital, argumentando que su formación empezó a ser relevante tras el ingreso en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando y los Reales Estudios de San Isidro. Allí siguió los pasos de su primo Estanislao de Lugo-Viña y Molina (1753- 1833) y contó con el apoyo de otros isleños que ocuparon cargos en la corte y que estaban prevenidos de la llegada de Agustín a la «capital del reino» por ser «el lugar donde podrá instruirse mejor», tal y como había explicado su padre meses antes. Aunque válida en parte, una tesis de ese calibre niega la aproximación de Betancourt a muchas disciplinas sobre las que más tarde profundizó y recibió toda clase de lecciones en centros especializados de España y Francia, además de un primer acercamiento a varios idiomas que ya hablaba con fluidez en la intimidad.

Hemos defendido siempre que al tiempo de la marcha a Madrid Betancourt tenía nociones básicas sobre materias o habilidades de lo que entonces era valorado como formación elemental, porque, a pesar de su corta edad, el medio isleño le proporcionó recursos para descubrir una temprana vocación científica. En otras citas de su correspondencia íntima menciona o deja entrever esa idea, por lo que, si atendemos con exclusividad a dichas argumentaciones, no puede negarse el bagaje adquirido en el seno familiar y en un entorno próximo a tantos parientes y conocidos, donde muchos debatían sobre novedades llegadas desde Europa, comercio internacional, política del momento, sentimiento religioso y, en definitiva, cuantas ideas eran inherentes al espíritu de la Ilustración.

Tal coyuntura nos obliga a reconocer, en primer lugar, la singularidad del medio donde el joven Agustín creció junto a sus hermanos mayores, puesto que la solvencia intelectual que mostraba durante la década de 1770 es una consecuencia directa de él. A nadie escapa que todos ellos formaron parte de una familia acomodada y de consideración oligárquica, pero, a veces, el origen con estirpe nobiliaria no era garantía de un acceso inmediato al conocimiento. Sus padres, Agustín de Betancourt y Jacques de Mesa (1720-1795) y Leonor de Molina y Briones (1732-1808), lograron que en el hogar se fomentara un ambiente proclive a las lenguas extranjeras, el estudio y la erudición, tal y como puede deducirse a partir de las acciones que ambos promovían como herederos y titulares del mayorazgo de los Castro; la experiencia acumulada en torno a las propiedades familiares; los libros de diverso origen que pudieron reunir o leer; sus actividades creativas que no obviaban la música; y, sobre todo, otras iniciativas que presentaron en el seno de entidades surgidas al amparo del reformismo que alentó Carlos III. En ese contexto resulta fundamental la Real Sociedad Económica de Amigos del País de Tenerife, que tuvo sede en la ciudad de La Laguna y a la que Agustín de Betancourt padre se vinculó desde enero de 1777, poco después de su establecimiento como tal.

Escudo de armas de Agustín de Betancourt y Molina, dibujado por su propia mano. Fuente: Archivo Provincial de Tenerife.

El medio isleño le proporcionó recursos para descubrir una temprana vocación científica

Gracias a la afamada tertulia de Nava primero y la Sociedad Económica luego, el patriarca de los Betancourt valoró mucho mejor el mensaje reformista de las Luces, hasta el punto de que su residencia durante aquellos años en el valle de La Orotava lo convirtió allí en un delegado o agente de ambas instituciones. No sorprende, pues, que un informe suyo —requerido por la Real Sociedad en abril de 1777— sobre la situación de los telares de seda que existían en la localidad de Los Realejos le permitiera valorar de primera mano el retroceso de una industria antes productiva, que era seguida y mejorada en su propio hogar. Leonor de Molina y «ciertas vecinas de los contornos de La Rambla», una de sus haciendas en la zona, practicaban entonces el hilado, la cría de gusanos, el tejido con seda manufacturada por ellas mismas y el tinte posterior, algo que hacían para divertirse y procurar los adelantos que necesitaron estas labores tradicionales, no ajenas a una extraña idea de atemporalidad. Agustín y María del Carmen Betancourt, niños de espíritu inquieto que habían crecido junto a esas damas que tejían por rutina o inercia social, encontraron en esta dedicación a la seda un medio favorable para ejercitarse y aprender jugando.

El contexto sugerido explica que sus mayores éxitos en los certámenes públicos que convocó la Real Sociedad en La Laguna se vinculen a la industria textil. La misma María del Carmen tuvo fama en aquellos momentos como «innovadora del telar» y «dama habilidosa para la tejeduría», cuyas prácticas siempre eran tendentes a la experimentación. Las recetas de tintes naturales que presentó allí entre 1777 y 1778 avalan esa idea, pero adquiere un interés mayor su determinación, junto con Agustín, para construir y poner en funcionamiento la máquina epicilíndrica, verdadero hito de la rudimentaria e incipiente ingeniería local. Se trataba de una máquina que facilitaba el entorchado de los hilos de seda y otorgaba ventajas al trabajo de tantas artesanas y conocidas suyas, porque, según explicó ella misma por vía epistolar a los dirigentes de la Sociedad Económica, «en las obras mujeriles debemos tener voto las mujeres». 

Rambla y Hacienda de Castro. Los Realejos. © Juan Alejandro Lorenzo
Máquina epicilíndrica. © Real Sociedad Económica de Amigos del País de Tenerife (RSEAPT), San Cristóbal de La Laguna.

El hecho de que su invento fuera presentado en junio de 1778 por el propio Agustín meses antes de marchar a Madrid y quizás en noviembre, a raíz de una «fiesta pública» que la misma entidad organizaba cada año coincidiendo con el día de san Carlos, confirma la dedicación de los Betancourt a este tipo de trabajos y la popularidad que ganaron como herederos e impulsores de una tradición que la clase dirigente alentaba para garantizar su supervivencia en condiciones óptimas. Al margen de ese reconocimiento temprano en el seno de la Real Sociedad, vuelve a ser sintomático que en septiembre de 1814, mientras residía en San Petersburgo, el ya prestigioso ingeniero recordara esos avances y juegos de adolescente junto a su hermanos María del Carmen y José de Betancourt (1757-1816), cuando en otra carta emotiva le expresaba al último:

«¡Cuánto me acuerdo de los gusanos de seda que criamos en La Rambla y de las cintas que tejimos! ¡Y de cuánto (…) me ha servido este entretenimiento!»

Las novedades surgidas en torno a los tintes de cochinilla, el progreso de los telares tradicionales y la aludida máquina de entorchar no fueron arbitrarias porque, atendiendo a los pocos documentos que refieren tal coyuntura en el seno familiar, se deja entrever que sus acciones eran producto de un debate importante, tal vez más complejo de lo que atisbamos ahora. Gracias a los encargos y a las convocatorias de la Sociedad Económica creció el interés por esos asuntos en el seno de los Betancourt, pero, más allá de lo anecdótico o puntual, la dinámica seguida en torno a 1777 con la seda y «otras industrias del país» resulta clave para comprender una inquietud que ayudó a definir el espíritu de dichos hermanos en Tenerife: la necesidad de analizar el medio con objetividad, extraer de él conclusiones para el estudio y, sobre todo, proponer alternativas para su mejora y avance. Ese procedimiento no es ajeno al mismo espíritu de la Ilustración, cuyos resultados últimos eran también la felicidad del ser humano y el aprovechamiento de todo aquello que proporcionaba el entorno próximo.

Muestras de tejido. © Real Sociedad Económica de Amigos del País de Tenerife (RSEAPT), San Cristóbal de La Laguna.

De acuerdo a esos principios, siempre con afán crítico y bajo una visión aguda de su propia realidad, los Betancourt supieron beneficiarse de cuanto rodeaba a tantas propiedades agrícolas bajo un planteamiento novedoso. Sospechamos que fue entonces y no en fecha posterior cuando el joven Agustín empezó a reinterpretar los elementos que posibilitaban un análisis razonable de otras industrias en el medio cercano, al margen de que dichas inquietudes fueran inducidas o producto de su mera curiosidad e interés. Por eso mismo no sorprende que una de sus primeras actividades se corresponda con la planificación y el estudio de molinos de gofio, cuyo funcionamiento había generado algunos problemas en varias localidades de la isla. Se supone que Betancourt afrontó el dibujo de uno de ellos en 1777-1778 y, aunque no conozcamos el contexto de este trabajo en concreto, ayuda a comprender el procedimiento de las acciones que desarrollaría entonces. Para definir la representación final, el futuro ingeniero tuvo que estudiar las infraestructuras existentes hasta ese momento en pueblos de Tenerife como La Orotava, analizar sus muchas debilidades y, como se deduce a partir del dibujo conservado, proponer algunas mejoras en los dispositivos que permitían la molienda del millo y otros cereales con energía generada por los saltos de agua.

Desde esa otra perspectiva, a finales del Antiguo Régimen el norte de Tenerife se revelaba como un laboratorio idóneo para experimentar, investigar, conocer y, muy especialmente, aprender observando. No se trata de industrias rudimentarias e intrascendentes, porque, tras la marcha de Agustín a Madrid, su hermano mayor presentó a la Sociedad Económica de Amigos del País diversas memorias o trabajos que insistían en la validez de un saber amplio y diverso, tendente a la universalidad que propugnaba el mensaje reformista de las Luces. Esos ensayos son resultado del mismo ambiente cultural donde todos ellos se formaron por medio de la observación directa y las experiencias acumuladas con el paso del tiempo, puesto que aluden a la atención que no recibían materias abandonadas y antes útiles (1778); los avances producidos en una sementera de trigo de su propiedad (1778-1782); la explotación de la orchilla (1779); y el fomento de la imprenta (1778), entre otros temas. En relación con la seda y al margen de lo ya señalado sobre María del Carmen y Agustín, José de Betancourt escribió un novedoso estudio sobre el Modo de hacer el tejido de sarga listado (1779) y otro acerca del Método para cultivar los morales en esta isla de Tenerife (1778), necesario para la buena crianza de los gusanos de seda. Asimismo, se preocupó por fomentar el asentamiento de telares y recoger muestras de los productos tejidos en el Valle de La Orotava, que eran enviados a La Laguna para su exhibición en los certámenes que la misma Real Sociedad de Amigos del País convocaba cada año.

No es difícil imaginar las inquietudes que los hermanos Betancourt compartieron en Tenerife con tantos allegados y conocidos, puesto que el conocimiento del medio físico, la geología, la geografía y los recursos naturales era otro requisito indispensable para un individuo que manifestara aptitudes científicas a finales del Antiguo Régimen. De sus padres heredaron también el desvelo por preservar las propiedades familiares y mejorarlas siempre en lo productivo, algo lógico porque de su explotación dependía el sustento económico de la familia. Por ese motivo, al margen de las residencias en los entornos urbanos de La Orotava y el Puerto de la Cruz, resultan tan importantes las haciendas del Miradero en Icod de los Vinos, del Jardín o de La Zamora, de La Pared en el pago de Icod el Alto y de La Rambla en la costa de Los Realejos, donde crecieron e investigaron al amparo de vecinos habilidosos y de quienes cuidaban o trabajaban a menudo en ellas. Gracias a la correspondencia intercambiada luego con comerciantes y familiares se deduce el empeño que José de Betancourt puso en dichas zonas de cultivo a principios del siglo XIX, materializando, incluso, iniciativas que había ideado junto a sus hermanos y otros jornaleros décadas antes.

Molino de gofio. © Real Sociedad Económica de Amigos del País de Tenerife (RSEAPT), San Cristóbal de La Laguna.
Molino de gofio. La Orotava. © Juan Alejandro Lorenzo

Estos complejos del campo se revelaron siempre como un escenario idóneo para probar los descubrimientos que aspiraban a mejorar su producción y cuanto derivó de ellos en lo tecnológico y lo económico. Por eso mismo, tampoco extraña que alentaran la necesidad de conocer bien los terrenos y los muchos recursos hídricos, materiales y geológicos que dependían de ellos. Un hito en ese sentido lo constituye la visita que José y Agustín realizaron junto con varios parientes y amigos a la famosa Cueva del Viento en Icod de los Vinos, cuyo desarrollo se ha valorado siempre como una mera anécdota. Al contrario de lo aludido tantas veces al respecto, este reconocimiento practicado en noviembre de 1776 no es solo una consecuencia de inquietudes juveniles o del interés que despertaba entonces el origen de la isla. El bosquejo que se hizo del tubo volcánico a partir de las nociones básicas de dibujo que pudo transmitirles el pintor Cristóbal Afonso (1742-1797), asistente también a la visita, y la descripción que el mayor de los Betancourt escribió sobre lo observado entonces confirman que el espíritu científico dominaba en esa actividad de aprendizaje y saberes multidisciplinares, y no la mera curiosidad por dicha cueva que se había transmitido desde la centuria previa. A raíz de ello, defendemos una vez más que esta acción y otras experiencias similares sobre las que conviene investigar más, producidas siempre en el entorno idílico de sus propiedades del campo, marcaron el provenir de un personaje relevante como Agustín de Betancourt, cuya vocación científica no resulta ajena a esos mismos lugares, personajes y saberes tradicionales que tanto evocó en la vejez y nunca más volvería a reconocer por el transcurso de su exitosa carrera como ingeniero en España, Francia, Reino Unido y Rusia.

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