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Monográfico | Agustín de Betancourt

José María de Lanz, la sombra favorita de Agustín de Betancourt

Manuel Lucena Giraldo

Investigador científico, CSIC.

Observatorio astronómico de Bogotá (Colombia) promovido por Mutis y recibido por Lanz en 1822.

Frente a la imagen épica y prometeica, fundacional, de Agustín de Betancourt, se desliza en la penumbra un casi desconocido, José María de Lanz. Nacido en Campeche, en el Virreinato de la Nueva España en 1764, marino, matemático «sublime» dotado de un talento que hoy llamaríamos de alta capacidad, desertor, espía, diplomático, editor y profesor, entre otros oficios, posee en su intrincada biografía claves fundamentales para la comprensión de la inestabilidad que sacudió hasta los cimientos el mundo atlántico desde finales del siglo XVIII hasta bien entrada la siguiente centuria.

No es posible contar la vida del gran Betancourt sin mencionar a Lanz, que tuvo una larga trayectoria, pues murió probablemente en París en 1839. La relación personal de ambos duró varias décadas. A veces, como ocurre de manera habitual entre amigos y colegas, se llevaron bien y resolvieron en equipo proyectos de envergadura inconmensurable e influencia perdurable. En otras ocasiones, diferencias de criterio insalvables o minucias los distanciaron. Betancourt era hábil socialmente, un líder nato, trabajador y versátil, dotado de un instinto político que casi nunca falló. Lanz era retraído, individualista, muy estudioso, más desordenado, inconstante. Luminoso para los grandes diseños institucionales, pero poco constante para ejecutarlos. Esta es su historia.

Cuba en el horizonte

José María de Lanz llegó a París en el verano de 1792 como miembro de una comisión de pensionados dedicada al espionaje industrial, la renovación científica y la influencia política. Seis meses después, el ciudadano Luis Capeto, conocido anteriormente como rey Luis XVI, fue guillotinado inaugurando así la etapa del terror en la Revolución Francesa. En medio de semejantes acontecimientos, el embajador de España, el conde de Fernán Núñez, remitió una carta al ministro de Marina Antonio Valdés y le informó que trabajaban con intensidad, sin asistir a «tertulias, clubs o reuniones sospechosas». Esa atmósfera de total confianza fue rota por Lanz al año siguiente, tras un viaje a España y su deserción de la Real Armada, en la que había ingresado en 1781. Según las parcas explicaciones que dio y en interpretación de Valdés, «se perdió por una pasión que no pudo dominar».

Ella se llamaba Thérése Benland y era hermana de la administradora de la casa en la cual estaba alojado. En febrero de 1794, Lanz fue dado de baja de la Armada, pero había algo más, una tendencia que le duró toda la vida hacia las amistades peligrosas. En su agenda de contactos y amigos políticos figuraron desde el revolucionario español Abate Marchena hasta el venezolano y precursor de las independencias hispanoamericanas Francisco de Miranda. En mayo de 1793, Lanz participó como testigo a su favor en el juicio maquinado para probar su incompetencia militar (indudable) y traición a la República francesa (todavía inimaginable). Poco después Lanz —que se había dedicado a preparar alumnos para el ingreso en la Escuela politécnica revolucionaria, fundada en 1794— se incorporó al Catastro y a la Escuela de geógrafos, instituciones en las que desarrolló nuevos puntos de vista. El inmediato reencuentro de Lanz con Betancourt, que residía en París desde hacía tiempo, pretendió responder tanto al oportunismo político como al horizonte renovado de la ingeniería en la monarquía española. La Real Comisión de Guantánamo, destinada al fomento de la emergente Capitanía General de Cuba y mandada por Joaquín de Santa Cruz y Cárdenas, conde de Mopox y Jaruco, reclutó como personal preferente a Betancourt y Lanz, pues el objetivo principal era la realización de un canal que multiplicara la producción de azúcar en los ingenios del fértil valle de Güines. Francisco Arango y Parreño, reformista máximo de Cuba, político y economista, había contactado a Betancourt en Londres, donde se había refugiado. En 1796, Betancourt propuso a Lanz que se uniera al equipo como cartógrafo y se valoró una ventajosa contratación. Sin embargo, nunca se unieron a la comisión que partió de La Coruña y fueron acusados por Mopox de «desobediencia y desinterés». Fueron sustituidos por los hermanos Juan y Francisco Lemaur, que llevaron a cabo importantes trabajos.

Cuba en el horizonte

José María de Lanz llegó a París en el verano de 1792 como miembro de una comisión de pensionados dedicada al espionaje industrial, la renovación científica y la influencia política. Seis meses después, el ciudadano Luis Capeto, conocido anteriormente como rey Luis XVI, fue guillotinado inaugurando así la etapa del terror en la Revolución Francesa. En medio de semejantes acontecimientos, el embajador de España, el conde de Fernán Núñez, remitió una carta al ministro de Marina Antonio Valdés y le informó que trabajaban con intensidad, sin asistir a «tertulias, clubs o reuniones sospechosas». Esa atmósfera de total confianza fue rota por Lanz al año siguiente, tras un viaje a España y su deserción de la Real Armada, en la que había ingresado en 1781. Según las parcas explicaciones que dio y en interpretación de Valdés, «se perdió por una pasión que no pudo dominar».

La Escuela de la Inspección de Caminos

Planos para la construcción del Casón del Buen Retiro, primera Sede de la Escuela de Caminos.

Quizá ser contratados y despedidos al tiempo vinculó aún más a Betancourt y Lanz, pues en 1802 pusieron en marcha juntos la Escuela de la Inspección de Caminos, otorgada a Betancourt a fines del año anterior como remate de un largo y fascinante proceso de institucionalización de la ingeniería de caminos española. Lanz fue incorporado al triple proyecto —que incluía la inspección, la escuela y el cuerpo de caminos— como director científico y profesor. Las innovaciones mas destacadas fueron la enseñanza de Geometría Descriptiva y Construcción de Máquinas y la exclusión de las Matemáticas Básicas y las disciplinas de instrucción general, en aras de una auténtica especialización politécnica.

Desde la apertura el 19 de noviembre, los alumnos cursaron el primer año Mecánica e Hidráulica; Geometría Descriptiva; Empujes de Tierras y Bóvedas; Corte de Piedras, Enmaderaciones, y Dibujo. Tuvieron prácticas de corte de piedras, levantamiento de planos y nivelaciones. El verano lo empleaban en prácticas de construcción de puentes. En segundo curso, aprendieron: Uso de Materiales, Métodos para la Construcción de Máquinas, Medios de Formar Ataguías y Malecones para la fundación de los Puentes y Métodos de hacerlos, y finalmente, Construcción de Obras de Caminos y Canales, tanto de riego como de navegación.

Casón del Buen Retiro en la actualidad.

La localización de la Escuela de Caminos en el viejo palacio del Buen Retiro, reconvertido desde mediados del siglo XVIII a usos funerarios e industriales, tiene una explicación acorde con el proyecto. Allí se encontraba desde 1791 el Gabinete de Máquinas que, en el nuevo diseño educativo, serviría como laboratorio para prácticas, por lo que en julio de 1802 fue adscrito a la inspección de caminos. Lo fundamental era contar con buenos alumnos. Los aspirantes a entrar, que debían tener veinte años cumplidos, tras presentar al inspector general Betancourt un memorial indicando los estudios seguidos con anterioridad, se examinaban de las clásicas materias del ingreso politécnico, esto es, Aritmética, Álgebra, Geometría, Trigonometría Plana y Esférica, Secciones Cónicas, Cálculo Diferencial e Integral y Principios de Física Experimental. Los resultados iniciales fueron muy positivos. En abril de 1803, Betancourt afirmó con satisfacción que a los primeros exámenes, seguramente presididos por Juan López de Peñalver y él mismo, se habían presentado once candidatos, de los que siete habían aprobado.

A pesar de que solo debían asistir a tres horas diarias de clase, continuaba, «el que menos ha estado ocho». De esa perseverancia, unida a la competencia entre ellos y al «acertado método» que usaba el «sabio profesor» que los instruía, José María de Lanz, podían esperarse los mejores resultados. La nómina de alumnos de estas primeras promociones constituyó el grupo fundacional de la ingeniería de caminos española: Rafael Bauzá, que acompañaría a Betancourt en la fundación del cuerpo de ingenieros de vías de comunicación en Rusia; Antonio Gutiérrez —el primer politécnico español—, o el gran ingeniero y profesor Juan Subercase, «refundador» del cuerpo y de la Escuela, entre otros.

Más allá de la evidencia de que en ese período Lanz fue el verdadero protagonista de la docencia en la Escuela, ya que impartía Matemáticas en los dos cursos y dedicó su tiempo a la institución, no es fácil determinar cómo se distribuyeron el resto de tareas docentes. Puede que Betancourt contribuyera en los ejercicios de prácticas o con alguna lección ocasional. En todo caso, la publicación por parte de Lanz y Betancourt —en este orden de firma— del tratado fundacional de la Cinemática Industrial, el Ensayo sobre la composición de las máquinas, con el apoyo de la Escuela Politécnica en París en 1808, precedido del programa del Curso Elemental de Máquinas integrado en el de Geometría Descriptiva, impartido en ella por Hachette, constituyó la salida natural de un modélico proceso de colaboración científica y educativa entre ambos que, sin embargo, había entrado en crisis en 1805.

El alejamiento de José María de Lanz de la Escuela de Caminos a partir de ese año estuvo relacionado con su nombramiento como comisario de Ciencias y Artes destinado en París y con el fuerte enfrentamiento que sostuvo con Agustín de Betancourt en torno a su obligada sustitución temporal en la cátedra de Matemáticas. En el primer caso, debido a una iniciativa en la que intervino la Junta General de Comercio y Moneda, Lanz recibió la propuesta de trasladarse a Francia, al menos un año, para «adquirir noticias y conocimientos útiles a nuestra industria y comercio». Es posible que él mismo promoviera esta comisión, pues a pesar de haber residido en Madrid con su esposa esos años, en 1804 regresó temporalmente a la capital francesa. En julio de 1805, cuando ya había aceptado el nuevo empleo, Lanz recibió orden de indicar quiénes podían sustituirle de manera interina en la cátedra que regentaba en la Escuela. Convencido de su derecho a nombrar sustituto entre sus discípulos aventajados sin que Betancourt opinara ni mucho menos impusiera, arremetió contra este y, en lo que ya era un rasgo de carácter, acabó por despedirse, tras enviar una misiva acusatoria al ministro de Estado Pedro de Cevallos: «Debo decirle que no habiendo nadie asistido a las lecciones, ejercicios y operaciones de la Escuela de Puentes y Canales, sino los discípulos y yo, ni el inspector general Betancourt ni nadie puede saber el estado en que se hallan. Mucho me admiraría en efecto que hubiese decidido un punto para el cual, aunque me es muy doloroso decirlo, carece de los conocimientos necesarios». Aunque Lanz acabó acudiendo a Godoy y le pidió protección «para que no [decayera] la enseñanza de Matemáticas en la Escuela», retornó a Francia y se dedicó, según sus planes, al espionaje industrial.

Betancourt y Lanz pusieron en marcha juntos, en 1802, la Escuela de la Inspección de Caminos

El Ensayo sobre la composición de las máquinas

A su regreso a París, Lanz dedicó una parte importante de su tiempo, pues se había reconciliado con Agustín de Betancourt, a la redacción del Ensayo sobre la composición de las máquinas, motivado sin duda por la reciente experiencia docente en la escuela madrileña. Betancourt se había trasladado a París en mayo de 1807, cansado de la presión política de Godoy y la falta de expectativas y quizá para huir de un desastre anunciado, la invasión napoleónica de España. Esta produjo entre los dos amigos y colegas una diferencia absoluta. Lanz juró fidelidad a José I Bonaparte y pasó a servirlo como funcionario con el rango de comisario de Caminos. Acabó integrado al ministerio del Interior afrancesado y ejerció como prefecto o gobernador de Córdoba entre 1811 y 1812. Betancourt nunca dio semejante paso y acabó en Rusia. Sabemos que en la etapa final de la redacción del Ensayo, Betancourt residió en París de mayo a octubre de 1807, desde entonces hasta abril de 1808 estuvo en Rusia, y de mayo a septiembre se radicó de nuevo en París. Así pues, en 1807 solo vivió en la capital francesa seis meses y cinco, en 1808. Fue suficiente para la redacción y la reconocida autoría conjunta, pues la etiqueta bajo la cual apareció fue «Par MM. Lanz et Bétancourt». El propósito de la obra, editada en francés, inglés y alemán de forma inmediata, fue organizar una auténtica gramática de los mecanismos que mostrara las características de cada uno, las transformaciones posibles de unos en otros, y las correlaciones entre movimientos y mecanismos y sus diferentes aplicaciones.

A este respecto, la experiencia institucional y docente de Lanz en España y Francia fue determinante, mientras que el recorrido vital de Betancourt por distintos países tiene perfecta coherencia con su contribución al alumbramiento de la cinemática industrial, la ciencia de la mecánica a gran escala. De ahí que resulte plausible conjeturar que existió un manuscrito en español elaborado por ambos utilizado en la docencia de la Escuela de Caminos, perfeccionado y traducido después por Lanz al francés y revisado luego por Hachette para su impresión a cargo de la Politécnica en 1808. En otro orden de cosas, en el Compendio de Mecánica Práctica, publicado por el matemático José Mariano Vallejo en 1815, este anotó: «Una máquina no es otra cosa que el agente medio que se emplea para convertir un movimiento dado y de que podemos disponer en otro también dado y que nos es necesario. De manera que averiguando cuántos son los movimientos conocidos y haciendo todas las combinaciones necesarias, se tendrán todas las máquinas que se pueden inventar. Este es un trabajo ya hecho por nuestro amigo Don Agustín de Betancourt, inspector general que fue de caminos y canales, que ahora se halla en la corte de Rusia». Tan taxativo testimonio de autoría betancouriana se contrapone con la reseña sobre el Ensayo publicada en la Gaceta de Madrid en 1811, debida a Antonio Gutiérrez, que solo menciona a Lanz: «El estudio de las máquinas exigía imperiosamente que alguna mano versada igualmente en la mecánica racional y la mecánica aplicada redujese su estudio a ciertos y determinados principios. D. José Lanz, en el año de 1805, en cuya época era profesor de la Escuela de Caminos y Canales establecida en Madrid, quiso dar a conocer a sus discípulos las diferentes máquinas empleadas en las obras. [Supo] desde luego la dificultad, hasta el año de 1808 en que ha publicado su obra». Esta valiosa noticia abre además nuevas perspectivas sobre la autoría de la segunda edición francesa, aparecida en 1819, «revisada, corregida y considerablemente aumentada», que además fue la que sirvió de base a la segunda y difundida edición inglesa de 1820, e incluso a la tercera edición, de 1840, «revisada, corregida y aumentada», ambas por mano de Lanz.

Lámina de Ensayo de Composición de Máquinas

Mientras Betancourt vivía en el Imperio Ruso sus últimos y melancólicos años, Lanz, como de costumbre y a su manera, siguió su estela. En 1816 se trasladó a Buenos Aires para ser «director y primer profesor de Ciencias Exactas y Naturales» de la Academia de Matemáticas. Un decreto del gobierno revolucionario le confió la formación de «toda clase de ingenieros de tierra», civiles y militares, y la redacción de un plan de estudios, a estas alturas, una de sus especialidades profesionales.

En enero de 1817 renunció a su cargo. En 1822 aceptó el contrato que le ofreció su amigo el naturalista neogranadino y también afrancesado Francisco Antonio Zea, para trasladarse a la Gran Colombia como ingeniero geógrafo, «encargado principalmente de levantar la carta del país y de ir formando un cuerpo de este ramo, del que será director perpetuo». En marzo de 1822 se encontraba en Caracas. En octubre llegó a Bogotá. Preparó un Proyecto de reglamento provisional para el régimen interior de la Escuela de Ingenieros Geógrafos, en el que repitió con ligeros matices el plan de estudios y organización de la Escuela de Caminos madrileña. Hacia 1824 dibujó un exacto Plano de Bogotá, bien conocido porque fue impreso junto al Compendio histórico del descubrimiento y colonización de la Nueva Granada del coronel Joaquín Acosta, editado en París en 1848, además de un Mapa de la República de Colombia. Este formó parte del Atlas en cuarto que acompañó la influyente Historia de la Revolución de la República de Colombia de José Manuel Restrepo, publicada en París en 1827.

Siempre enredado en afanes conspiratorios, Lanz retornó a Francia en 1825 como agente confidencial de la Gran Colombia, justo cuando su Gobierno pretendía lograr reconocimiento diplomático. Durante sus últimos años, viudo y enfermo, intentó retornar a España, sin conseguirlo, como profesor del Conservatorio de Artes y Oficios fundado en 1824.

Agustín de Betancourt, el único que jamás le dio la espalda, había muerto en San Petersburgo en 1824.

Página del Compendio histórico del descubrimiento y colonización de la Nueva Granada, del coronel Joaquín Acosta, editado en París en 1848.

Referencias

1

José Ramón Bertoméu Sanchez (1996). «La colaboración de los cultivadores de la ciencia españoles con el gobierno de José I (1808-1813)», en Alberto Gil Novales Ed. Ciencia e independencia política. Ediciones del Orto, Madrid

2

Felipe Fernández-Armesto y Manuel Lucena Giraldo (2022). Un imperio de ingenieros. Una historia del imperio español a través de sus infraestructuras. Taurus, Madrid

3

José Antonio García Diego (1985). En busca de Betancourt y Lanz. Editorial Castalia, Madrid.

4

Manuel Lucena Giraldo (2006). Historia de un cosmopolita, José María de Lanz y la fundación de la ingenieria de caminos en España y América. CICCP, Madrid.

5

Antonio Ruméu de Armas (1990). El Real Gabinete de Máquinas del Buen Retiro, Ediciones Castalia-Fundación Juanelo Turriano, Madrid.

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