[pms-logout text="Bienvenido, {{meta_user_name}}" link_text="Salir"]
[pms-logout text="Bienvenido, {{meta_user_name}}" link_text="Salir"]

La construcción de New England en torno a Boston

La gran obra bibliográfica de madurez del catedrático y académico Miguel Aguiló, desarrollada durante más de dos décadas, compendió primero, en una serie de diez grandes volúmenes, los diferentes aspectos de la ingeniería civil y la arquitectura en España; prosiguió después con la serie Grandes Ciudades —formada por otros diez tomos, cada uno de ellos dedicado a una gran urbe singularmente atractiva para el ensayista—; y ha alcanzado su cima con una nueva serie, que el autor denomina Paisajes de Metrópolis y que dedica no tanto a sujetos urbanos sino a conurbaciones de núcleos poblacionales, en el sentido evolucionado que adquirió el neologismo tras haber sido acuñado por Patrick Geddes (Cities in evolution, 1915) y que hace referencia a una reunión de poblaciones sin solución de continuidad, vinculadas por el devenir histórico y cuyo crecimiento acaba difuminando las fronteras y creando una realidad cultural y sociológica más amplia y en continuum, que se articula y adquiere personalidad colectiva, trascendiendo la simple suma de las identidades constitutivas.

Esta última serie de trabajos de periodicidad anual se inició el pasado año con la publicación de De Philadelphia a Washington, la creación de la capital nacional, un volumen que ha descubierto dimensiones nuevas en la génesis de la capitalidad americana y sus entornos vitales y culturales. El volumen no solo ha impactado en los ambientes intelectuales españoles, sino también en los estadounidenses, como un alarde introspectivo de la joven ciudadanía de un país que todavía hurga en sus esencias históricas, relativamente lejanas, para cobrar conciencia plena de sí misma. En 2024 Aguiló acaba de publicar un nuevo ensayo, La creación de New England en torno a Boston, que da corporeidad a una «región» singular de Norteamérica, Nueva Inglaterra, la única que aparece siluetada sin controversia alguna en el homogéneo despliegue de los 48 estados que forman la franja continental del gran país (los otros dos son Alaska y Hawái).

La construcción de New England en torno a Boston

ISBN: 978-84-09-67611-8

Autor: Miguel Aguiló

Editorial: Grupo ACS, 2024

Número de páginas: 313 pág

Nueva Inglaterra es la región más septentrional y oriental de los Estados Unidos, y fue el primer asentamiento de los colonos británicos e irlandeses que fundarían esta gran nación. Los ingleses emigraron hacia el Nuevo Mundo por motivaciones diversas, sobre todo religiosas, en general agraviados por los gestores de una Reforma calvinista que les pareció poco radical (de ahí que se les denominara «puritanos»). Aquel flujo de inmigrantes arrancó sobre 1607, y en 1620 llegaron los primeros Padres Peregrinos (Pilgrim Fathers) a bordo del Mayflower, después de haber descartado asentarse en Leiden (Países Bajos). El 21 de noviembre de 1620, unos días antes de desembarcar, el centenar de pasajeros del Mayflower se juramentó contra las persecuciones del rey Jacobo I de Inglaterra. Aquel acuerdo fue recordado como el Pacto del Mayflower (Mayflower Compact) y establecía reglas para la vida en común en el futuro establecimiento que habían de fundar en el Nuevo Mundo, y que resultó ser la colonia de Plymouth. Los puritanos llevaron consigo un acendrado progresismo, que los llevó a defender, por ejemplo, la educación pública obligatoria de los niños y la alfabetización universal, y sus influencias intelectuales fueron decisivas para acelerar la abolición de la esclavitud y la formación del material constituyente que acabaría fecundándose en la Carta Magna que adoptaría la Convención de Filadelfia.

La historiografía norteamericana sostiene que aquel pacto germinal, que simbolizó la alianza del puritanismo con el liberalismo, fue el arranque de la génesis posterior del gran estado americano que se plasmó en la citada Constitución del 17 de septiembre de 1787. La realidad fue, sin duda, más compleja, pero no desmiente las líneas maestras del relato mencionado.

Lo cierto es que la Nueva Inglaterra hace gala de una identidad cultural arraigada y diferenciada que abarca seis estados —Maine, New Hampshire, Vermont, Massachusetts, Rhode Island y Connecticut. Tiene algo más de 15 millones de habitantes y la ciudad más poblada es Boston, capital de Massachussets, con algo más de 600 000 habitantes. Nueva Inglaterra es la única región de los Estados Unidos que agrupa a varios Estados y que posee reconocimiento federal, con bandera e himno propios.

Como explica Aguiló en sus palabras introductorias, la grandeza de Boston, una ciudad muy atractiva y singular, «no es fácil de entender al margen de lo literario», de su intenso bagaje cultural. En otras palabras, la unidad política originaria de la región, que se plasmó rápidamente en estructuras educativas y universitarias —hoy la universidad de Harvard y el Massachusetts Institute of Technology (MIT) forman el más selecto reducto académico, cultural e intelectual del mundo—, ha terminado creando un imaginario identitario muy marcado al que han aportado contenidos grandes escritores e intelectuales. En definitiva, para conocer Boston y su área de influencia —la Nueva Inglaterra—, es preciso leer a sus pensadores y escritores, tanto a los nacidos allí como a los que vivían o visitaban la ciudad, y penetrar en sus reuniones, su ambiente y en los lugares que frecuentaban. Intelectuales como Emerson, Hawthorne, Thoreau, Alcott, Longfellow —sin olvidar al más cosmopolita, Henry James— generaron un ambiente especial que atrajo a otros escritores, como Melville, Dickens o Mark Twain. El interés general de la ciudad por la educación y lo temprano de su universidad, donde muchos de ellos estudiaron y enseñaron, otorgaron una sólida base y continua actividad a ese espíritu.

La mención de las influencias quedaría severamente incompleta sin citar a Henry James, probablemente el más potente e intenso de los forjadores de la singularidad estética de la Nueva Inglaterra. Aunque no nació en Boston, se implicó literariamente en aquellos escenarios al situar en ellos algunos de sus relatos, como hicieron también otros narradores ilustres como Kerouac y Thoreau. Henry James, nacido en Nueva York, heredero de una gran fortuna que le legó su abuelo, vagó por Europa y los Estados Unidos y cultivó la novela psicológica, a medio camino entre el realismo y el modernismo anglosajón. Se nacionalizó británico en 1915, en protesta por la no intervención de los Estados Unidos en la primera guerra mundial, y plasmó el ambiente y la realidad de la Nueva Inglaterra en obras imperecederas.

El monumental libro de Aguiló está estructurado en cuatro grandes áreas temáticas, que se analizan desde la óptica del ingeniero pero con los ojos del urbanista y del humanista que no pierde de vista el trasfondo social y humano de la realidad que aborda. Una primera parte, descriptiva, titulada «Los seis estados de New England», examina el territorio desde su primera ocupación a principios del siglo XVII, y enfatiza la importancia del puerto como origen y factor de la creciente prosperidad de la incipiente ciudad de Boston, que en el siglo XVIII obtendría ya la mayor parte de su riqueza del comercio con ultramar; una riqueza que, en un marco de sensibilidad intelectual, florecería culturalmente hasta lograr influencia en toda Norteamérica. Más adelante, el autor se extiende en la descripción del paisaje y del espacio, con mención a los demás puertos atlánticos del territorio y con una referencia especial a «dos lugares primordiales para la cultura y la economía de la región, como cualidades hermanadas y distintivas de Boston y su entorno: Concord como polo cultural y Lowell como polo industrial. Dos lugares pequeños y muy próximos entre sí y a la ciudad, que tuvieron una enorme influencia intelectual en todo Estados Unidos».

El siguiente capítulo, «Boston, centro primordial», hace referencia al desarrollo de la ciudad de Boston, que se desplegará en seis estados tras la declaración de independencia y la aprobación de la Constitución, la cual fue ratificada enseguida por todos ellos. La ciudad crece hacia el interior en torno al Common —la zona de pastos comunes—, que se convierte en parque; y a medida que aumenta la presión demográfica se crean nuevos barrios y se colman necesidades de transporte y servicios por el procedimiento de habilitar nuevos terrenos mediante el relleno de áreas portuarias.

El capítulo siguiente, «Focos y vínculos culturales», entra de lleno en el tejido abstracto sobre el que se depositará el concepto de New England como región estructurada sobre las inquietudes intelectuales y culturales análogas, lo cual dará como resultado la generación del mayor centro del mundo en la difusión del conocimiento, la investigación y la inteligencia. Ya en 1620, la Universidad de Harvard y el Massachusetts Institute of Technology (MIT) anunciarán el futuro liderazgo cultural de la región, que se contagiará y arrastrará a todos los Estados Unidos. Con el tiempo, además de afirmarse el prestigio de aquellos grandes establecimientos, irán creciendo diversas instituciones populares, museos, bibliotecas, ateneos y otros círculos literarios que se extenderán progresivamente a todo el amplio territorio de la Nueva Inglaterra, a la que caracterizarán y definirán con su elevada impronta.

Por último, la investigación se culmina con un capítulo que describe los sucesivos planes de impulsos de desarrollo y ordenación adoptados por la ciudad para adaptarse a los cambios tecnológicos y a la evolución de la socioeconomía en un cúmulo de actividades, siempre punteras y atentas a la imagen que proyectan sobre la ciudad. El puerto se reordena para ir dando lugar a nuevos espacios para los diferentes usos tanto económicos como residenciales y lúdicos. En este capítulo, Aguiló destaca el papel de Frederic Law Olmsted, tras sus trabajos en Central Park y en Brooklyn. Su papel fue decisivo en la inspiración e implementación del crecimiento de la ciudad y, por lo tanto, en la generación de su imagen, un designio que había sido establecido por Kevin Lynch en 1960 con su obra clave La imagen de la ciudad. Como es sabido, Lynch, a través de la investigación de tres ciudades estadounidenses (Boston, Jersey City y Los Ángeles), establece los cinco elementos clave de interacción visual con la ciudad (vías, bordes, barrios, nodos e hitos) y proporciona un apasionante análisis que explora la percepción y la interacción de las personas con la forma y el entorno urbanos.

La combinación de estas cuatro secciones del libro, oportunamente ilustradas con un asombroso acervo de fotografías actuales y de época y enriquecidas con una completa bibliografía, ayuda al lector a trascender esta descripción liminar y a adentrarse plenamente en la sustancia de un territorio, la Nueva Inglaterra, que forma parte de la médula fundacional de la vasta nación americana y que, sin duda, ha estado presente en el imaginario colectivo de la intelectualidad global, que ha sido testigo de la legendaria emergencia de los primeros centros de la docencia, el conocimiento y la investigación. Es estimulante la exploración del marco estético, literario, político y técnico que delimita el ámbito del que surgen a mansalva tantos Premios Nobel y en el que se forjan muchas de las iniciativas que la gran potencia americana aportará al desarrollo de la civilización occidental.

La inmensa contribución de Miguel Aguiló al conocimiento de Nueva Inglaterra puede servir para múltiples objetivos. Entre la vasta teleología de esta clase de análisis totalizadores está, qué duda cabe, el empeño de conocer a la perfección el medio físico y social en el que uno se dispone a crear o a trabajar. Pero también una obra de esta naturaleza será una herramienta indispensable para el curioso que quiera conocer con pormenor algo más de lo que aportan los leves libros de viajes, que nos muestran caminos, pero que nada o casi nada dicen de los paisajes ni de los caminantes. Con ella el viajero podrá penetrar realmente en la psicología colectiva de una fracción ilustre de Norteamérica, averiguar sus recovecos culturales e intelectuales, desentrañar el ánimo de una colectividad anglosajona que, desencantada con la Reforma que intentaba Europa, decidió poner en práctica su utopía allende el mar, en la otra orilla de la naciente globalización.

Las personas interesadas en todo esto deberían además ilustrarse con algunos retazos de la literatura de aquellas épocas fundacionales, que muestran la hibridación entre el ánimo colonizador y la exigencia intelectual y cultural, hasta hacer del puerto de Boston y de su gran hinterland un país selecto y exigente. El propio Aguiló menciona en su libro a un autor y una obra de referencia: Las bostonianas (1886, por entregas desde 1885), la celebérrima novela de Henry James que nos muestra con precisión cinematográfica un relato prototípico, paradigmático, del modo de ser de aquellas gentes originales que escribían su propia historia. El argumento de la obra resulta curioso y hasta extemporáneo a los lectores de hoy, que leerán entre líneas recorridos casi contemporáneos que Henri James, quien tampoco era de Boston, no se atrevió a pisar.

El relato del ingeniero sensible termina convergiendo con el del prosista observador y esteta

Los protagonistas de la novela son Basil Ransom, un acaudalado abogado conservador de Misisipi, alter ego del propio James; Olive Chancellor, prima de Ransom y ferviente feminista de Boston; y Verena Tarrant, una hermosa protegida de Olive en el movimiento feminista. La novela describe la pugna entre Ransom y Olive por ganarse a Verena y sus afectos. Es, pues, un triángulo bien inteligible, que el pudor de la época privó de sexualidad explícita, transitado por numerosos personajes secundarios que componen un mosaico curioso de activistas, intelectuales, periodistas, vividores, artistas pintorescos y toda una gama de concurrentes variados a las circulaciones bostonianas.

He aquí un párrafo en el que Ransom acaba de aceptar una invitación de su prima: «Después de decirle que si lo aceptaba tal como iba vestido él se sentiría muy feliz de comer con ella, la señorita Chancellor se excusó un momento y fue a dar órdenes al comedor. El joven, una vez solo, miró a su alrededor: los dos salones pequeños que, por estar comunicados, formaban evidentemente un solo ambiente, y se dirigió hacia las ventanas posteriores desde las que se veía el río, ya que la señorita Chancellor tenía la fortuna de habitar en aquel lado de Charles Street desde el que se puede contemplar el crepúsculo vespertino en un horizonte interrumpido a intervalos con postes de madera, mástiles de barcos solitarios, chimeneas de sucias fábricas sobre una extensión salobre de carácter irregular, demasiado grande para ser un río, y demasiado pequeña para una bahía. La vista le pareció muy pintoresca, aunque en la penumbra del crepúsculo lo único que se podía distinguir fuera una línea amarilla al oeste, una superficie de agua oscura y el reflejo de las luces eléctricas que habían comenzado a aparecer en la fachada de una hilera de casas. Estas impresionaron a Ransom por su arquitectura, extremadamente moderna, dominando la laguna desde un embarcadero a la izquierda, hecho de piedras amontonadas burdamente. Consideró que aquel panorama, contemplado desde una casa en la ciudad, era casi romántico, y de allí regresó hacia el interior de la habitación (iluminada por una lámpara que la camarera encargada de la limpieza del salón había colocado sobre una mesa mientras él permanecía en la ventana) como hacia algo que tuviera el poder de alegrarlo e interesarlo todavía más. El sentimiento artístico de Basil Ransom no había sido cultivado en alto grado; y ni siquiera (aunque había pasado los primeros años de su vida como hijo de una rica familia) su concepción del bienestar material era muy precisa; consistía sobre todo en la vista de abundantes cigarros y brandy y agua y periódicos y una mecedora de mimbre con la inclinación correcta, para poder extender las piernas. A pesar de todo le parecía que nunca había visto una habitación tan íntima como ese extraño salón en forma de corredor, cuya propietaria era su nuevo descubrimiento; nunca se había visto en la presencia de una intimidad tan bien organizada y de tantos objetos que hablaban de los hábitos y gustos de sus propietarios. La mayor parte de las personas a las que había conocido carecían de gustos personales; tenían algunos hábitos, pero eran de un género que no exigía toda aquella parafernalia. Aún no había estado en muchas casas de Nueva York, y nunca antes había visto tantos accesorios. El carácter general del lugar le impresionó como bostoniano. Todo en conjunto respondía, en efecto, a la idea que se había hecho de la ciudad de Boston. Había oído decir siempre que Boston estaba habitada por gente culta, y ahora veía tal cultura en las mesas y sofás de la señorita Chancellor, en los libros colocados en todas partes, en pequeños estantes (como si los libros fueran pequeñas estatuas), en las fotografías y en las acuarelas que tapizaban las paredes, en las cortinas que pendían como rígidos festones a los lados de las puertas…».

La realidad y la ficción: la visión del entomólogo —Aguiló— que describe y exprime todas las aristas del espacio que abarca, y la del narrador —Henry James— que, en su deriva imaginaria, fija el paisaje que da vida al escenario forman una pareja que cierra el ciclo de la creación. El relato del ingeniero sensible termina convergiendo con el del prosista observador y esteta. Nueva Inglaterra queda, al fin, en el alfar de ambos..

Antonio Papell

Ingeniero de Caminos, Canales y Puertos

Resumen de privacidad

Esta web utiliza cookies para que podamos ofrecerte la mejor experiencia de usuario posible. La información de las cookies se almacena en tu navegador y realiza funciones tales como reconocerte cuando vuelves a nuestra web o ayudar a nuestro equipo a comprender qué secciones de la web encuentras más interesantes y útiles.