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Extraordinario | Javier Manterola
Con Manterola en Micenas, donde el tiempo se detiene
En primavera y otoño, Javier Manterola realizaba viajes de aprendizaje por todo el mundo junto con varios amigos ingenieros de caminos y arquitectos. Defendía que para conocer y disfrutar de la ingeniería era imprescindible viajar, y así lo hizo con este grupo durante más de diez años. En un viaje a Grecia, los monumentos prehelénicos de Micenas suscitaron unas reflexiones sobre los procesos constructivos y sobre el efecto temporal de lo construido, que se sitúan aquí, en el contexto de sus publicaciones anteriores y posteriores.
Miguel Aguiló Alonso
Ingeniero de caminos, canales y puertos.
El recuerdo del profesor Carlos Fernández Casado en los pasillos de la Escuela de Ingenieros de Caminos está asociado con las diapositivas. Su inconfundible figura avanzando hacia el aula se acentuaba con dos carros de diapositivas bajo el brazo: cientos de imágenes de puentes, acompañadas de cortas explicaciones, constituían su método docente. Ante una enorme aula, siempre atiborrada de alumnos, don Carlos mostraba ejemplos y más ejemplos. Consideraba que no se puede proyectar sin conocer lo ya construido y que a ello había que aproximarse desde la estética: «al proyectar un puente, estamos afectados por todos los que conocemos, y esto en grado directo con su belleza».
Su sucesor en la cátedra, Javier Manterola, mantuvo esa posición y la activó con la experiencia de mirar, algo que era necesario aprender. Con el tiempo, formuló esta nueva exigencia de varias maneras en sucesivos artículos para precisar su alcance y relacionarlo con el arte. En un artículo de 2004 titulado «El arte y los puentes», afirmaba que «para disfrutar es necesario entender y para entender hay que mirar y ver» (Manterola, 2004, p. 74).
Con ello pretendía extender el conocimiento de los puentes más allá de lo necesario para el proyecto, hacia el disfrute de su belleza en la contemplación: «para comprender es necesario relacionar y no es preciso conocer todos los intríngulis de la resistencia de materiales. Pues un puente no es solo el sustrato tecnológico donde se instala, ni la estructura resistente es la única dimensión conceptual e intelectual de los puentes».
Defendía que por muchas explicaciones que se ofrezcan sobre su estructura resistente o su sustancia formal, «no somos capaces de definir la totalidad del puente». Razonaba que los puentes, como cualquier manifestación humana, incluidas las consideradas artísticas, «crean su propia estética». Afirmaba que «vivimos entre puentes», entre las configuraciones que a lo largo del tiempo han ido aportando uno y otro ingeniero: «los puentes son el resultado de su historia, y esa historia es la única definición acertada de su esencia» (Manterola, 2004, p. 75).
En 2009 ampliamos el campo de los puentes a toda la ingeniería en un artículo conjunto, publicado en esta Revista de Obras Públicas, titulado «Saber ver la ingeniería» (Manterola & Aguiló, 2009). Allí se afirmaba que «para apreciar la obra de ingeniería, hay que aprender a mirar». El ambicioso propósito era pasar revista a tres claras manifestaciones del quehacer ingenieril: carreteras, presas y puentes. Se trataba de destacar su valor formal, configurador de una nueva familia de objetos capaces de configurar el territorio como principal responsabilidad de los ingenieros de caminos, a lo que debemos responder con todo nuestro talento.
El paso de la propuesta inicial de «Aprender a mirar los puentes» al título definitivo de «Saber ver la ingeniería» se autoexplica por la confluencia y adición de los saberes de los autores en cuanto al objeto, y por su diferente madurez en cuanto a la actitud. Pero no fue fruto del debate para redactar el artículo, sino de la mutua convicción de que viajar es la única posibilidad real de acercarse a la realidad de la ingeniería civil y de la común experiencia de muchos viajes compartidos.
De hecho, nos conocimos mirando puentes desde un barco en un viaje a Nueva York en 1975. Nuestro amigo común, Julio Martínez Calzón, también ingeniero y constructor de puentes, planeaba entonces un viaje sistemático por Inglaterra y Escocia para ver catedrales góticas. A su vuelta, Julio organizó un pase de diapositivas, que motivó un viaje mío similar, cuyo itinerario incluía los primeros puentes metálicos ingleses, que hice al año siguiente. Se publicó en 1977 como «Un viaje por viejos puentes» (Aguiló, 1977).
Javier Manterola, que siempre viajaba en vacaciones para ver arte, arquitectura y puentes, se entusiasmó con las imágenes de los puentes ingleses de Coalbrookdale, Menai Straits, Britannia y Firth of Forth. Al año siguiente repitió ese viaje con Lolacha Jara, su mujer, y a partir de entonces compartimos descubrimientos e hicimos muchos viajes juntos y con otros ingenieros.
Grecia, caminos y bóvedas en Micenas
En 1998, Julio Martínez Calzón reorganizó estos viajes de conocimiento a dos por año, uno en primavera y otro en otoño, con destinos que se elegían el último día del viaje anterior. A estos viajes se sumaron enseguida otros ingenieros de caminos, como Enrique Pérez Galdós, Álvaro García Meseguer, Javier Asencio, Alberto Corral López-Dóriga y el arquitecto Esteban Terradas Muntanyola, junto con sus parejas.
En octubre de 2002, el destino del grupo de los catorce viajeros fue Grecia, con un itinerario que empezaba en Atenas y, con una parada corta en Corinto, continuaba por Micenas, Epidauro, Nauplia, Olimpia y seguía a través de las llanuras de Ilia y Ahaia hasta Patras. Allí se cruzaba el golfo de Lepanto en ferry para llegar a Delfos y terminar seis días después en Atenas.
El tramo que se recuerda aquí es el trayecto entre Micenas y Epidauro, cuya historia antigua he encontrado de forma inesperada en un reciente libro de filosofía y arqueología titulado Objetos intempestivos (Witmore & Harman, 2024). El tramo fue alterado por la carretera E070, emprendida como una sustancial mejora de los antiguos caminos prehelénicos del sureste del Peloponeso. Esos caminos recorrían los restos construidos de las antiguas ciudades, fortalezas o monumentos, y permitían entender las relaciones de sus pobladores con aquel territorio. La primera carretera para automóviles redujo el tiempo de viaje a unos cincuenta minutos, una sexta parte de lo que requería el viaje por los caminos micénicos. La nueva autopista E7 redujo ese tiempo a media hora, ya que transcurre por el centro del valle en vez de recorrer su límite norte (Witmore & Harman, 2024, p. 70).
Javier Manterola siempre viajaba en vacaciones para ver arte, arquitectura y puentes
En las afueras de Micenas se encuentra el tesoro de Atreo —la gran tumba de Agamenón—, situada en una colina y construida en torno al 1250 a. C. Está considerada como la tumba abovedada más monumental del país, y su interesante estructura revela las enormes dificultades constructivas de cubrir estos espacios en la Edad del Bronce. Como es sabido, en realidad se trata de una falsa cúpula, construida por el gradual avance en voladizo de los sillares del muro, que van formando un cono que no transmite empujes horizontales a la base como ocurre en las cúpulas.
Como apuntó Angulo Íñiguez en su clásica Historia del arte, en los monumentos prehelénicos de Micenas es típico el recurso de «aligerar la carga del dintel, formando encima, por el gradual avance de los sillares del muro, un vano triangular». Debido a ese mismo avance progresivo de los sillares para disminuir la longitud del dintel, las puertas son, con frecuencia, trapezoidales (Íñiguez, 1967, p. 68).
Angulo afirma que, aunque estos monumentos funerarios del periodo prehelénico son menos importantes para el futuro de la arquitectura, son muy bellos y poseen una indudable grandiosidad. Con su largo corredor y su gran cámara circular al fondo, cubierta por una falsa bóveda, es la más bella manifestación del tipo de dolmen de cámara prehistórico (Íñiguez, 1967, p. 69). El grupo de nueve enterramientos de Micenas es el más importante; en su conjunto de murallas, tumbas y corredores destaca la Puerta de los Leones, construida con grandes sillares de piedra y cubierta por un gran dintel y un enorme bloque triangular encima, donde se encuentran, esculpidos en relieve, dos leones afrontados con una columna en el centro.
La técnica estructural de avance en voladizo de cada hilada de sillares sobre la inferior fue muy elogiada por Julio Martínez Calzón y por Javier Manterola, que la consideraban un claro precedente de las «estructuras progresivas» que avanzan sobre sí mismas hasta completarse, aunque no se dejó de remarcar su clara inferioridad frente al arco. Por su parte, el hermoso conjunto del dintel con la pieza triangular de los leones encima, para aliviar la carga, consiguió la unánime apreciación del grupo.
El puente de Kazarma
Cerca de allí, desde la entrada a la nueva autopista, la E070 retoma su antiguo camino con abundantes curvas. En lo alto de la colina, a lo lejos, aparecen las desnudas alturas de Arakneo, donde según el viajero romano Pausanias había altares a Zeus y Hera (Witmore & Harman, 2024, p. 76). Más adelante, en la entrada de un barranco cerca de la aldea de Agios Ioannis, está señalizado el puente ciclópeo de Kazarma, también conocido como de Arkadiko, que salva la torrentera con una sabia disposición de los grandes bloques de piedra de un pedraplén para dejar pasar el agua. Por aquel entonces, el grupo no conocía su existencia y fue motivo de una prolongada visita con posterior discusión estructural.
El debate sobre aquella estructura ciclópea, de 18 m de longitud y 4 m de alto, se centró en la apertura de poco más de un metro de vano y 2,5 m de alto. La cuestión era si se podía considerar como un arco o si se trataba de un nuevo ejemplo de sillares en avance progresivo. Para Javier Manterola, el asunto del dintel siempre fue crucial, pues entendía «la flexión como elemento exterminador de la forma resistente» (Manterola, 2008, p. 4). Además, en esos años estaba renaciendo el empleo del arco para puentes que venían siendo atirantados (Manterola, junio 2002); sin embargo, abrumados por la anterior experiencia del tesoro de Atreo y por la sorpresa del puente ciclópeo, en la visita no se logró aclarar y hubo que proseguir el viaje.
Un pausado análisis formal de la fotografía revela que los primeros bloques se apoyan sobre una base rocosa inclinada, pero su cara superior es horizontal. En la segunda hilada, los bloques son sillares con las caras superior e inferior horizontales, pero su forma trapecial avanza sobre el vano. En la tercera hilada, la cara inferior de los bloques es también horizontal, pero la superior está inclinada hacia abajo y al centro. Su forma se acerca a un pentágono en el estribo izquierdo y en el derecho es difusa, mientras que el bloque central superior es un claro pentágono que encaja de forma casi perfecta, como una verdadera «clave», en las caras inclinadas de los bloques inferiores.
Según ello, los tres bloques superiores podrían trasladar empujes horizontales al pedraplén, como si formaran un arco enjutado, mientras que la hilada de debajo sería pasiva y los bloques de base en ambos lados podrían transmitir reacciones inclinadas, como las del arco, aunque también contrarrestadas por el pedraplén.
Al día siguiente seguimos viaje hacia Patras, donde cruzamos en ferry el golfo de Lepanto y visitamos la obra del puente atirantado Rion-Antirion, que responde de lleno al concepto constructivo de estructura progresiva, anticipado unos treinta siglos por la cultura micénica.
Significados patrimoniales
Entre los puentes micénicos del antiguo sistema de caminos, el mejor conservado es este puente de Kazarma, que está datado entre los 1300 y 1200 a. C., lo que lo convierte en el puente más antiguo de Europa. Su pequeño tamaño y aparente sencillez no debe oscurecer la importancia que tiene, ya que los puentes y santuarios resultan fundamentales para abordar el origen de lo clásico.
Javier Manterola utilizó este puente en alguna de sus publicaciones, aunque tenía algunos reparos por su pequeño tamaño, si bien apreciaba la «dimensión heroica» de la ingeniería y el reto que suponía. En una entrevista de 2010, afirmaba: «[…] me admira la capacidad de penetración de la arquitectura para traducir la función en espacio. En cambio, lo nuestro es mucho más simple; pasar de un lado a otro un puente es fácil, pero nuestro problema es la escala» (Aguiló, 2011).
De hecho, lo utilizó como referencia dimensional, como «puente objeto» en un ensayo sobre ingeniería y escultura: «El puente más antiguo de Grecia está en el Peloponeso y es la máxima simplicidad, la mínima técnica dentro de una gran lógica constructiva». Utilizaba el tamaño para diferenciar ambas disciplinas: «Nuestras obras son objetos grandes colocados en la naturaleza y que sirven. Una escultura también es un objeto, generalmente pequeño, pero que también sirve, aunque este servir sea mucho menos explícito. Y ambos pueden llegar a tener misterio y ser artísticos» (Manterola, 2007, p. 60).
La consideración de estos monumentos como «objetos», sin perder de vista su dimensión territorial, preside la tesis del reciente libro antes mencionado, cuyo título, Objetos intempestivos, recoge la dimensión temporal (Witmore & Harman, 2024). La Real Academia Española explica que «intempestivo» es lo que está fuera de tiempo y razón, lo cual es bien cierto.
Las cosas, ese puente y los caminos, esos «objetos» construidos, siguen siendo realidades materiales tangibles con medidas que definen espacios, que están ahí, que permanecen, aunque su uso haya desaparecido. El tiempo no ha terminado con ellas y siguen siendo testigos de uno anterior, pero el puente y el camino siguen sirviendo para pasar sobre un torrente; mantienen su función. No se convierten en objetos inoportunos, extemporáneos, inadecuados, desacertados, improcedentes o impropios, que son los sinónimos sugeridos por la RAE a la voz «intempestivos».
Más bien, su permanencia logra detener el tiempo y nos recuerda que esa concentración de restos es lo que en realidad define el pasado, y no el paso lineal del tiempo. Bien sabemos que lo construido se apropia de todo lo preexistente y lo pone a su servicio. Como se dice en el libro que ha sugerido esta reflexión:
Hoy día, cualquier persona puede caminar junto a esas murallas, a través de esa puerta, dentro de ese recinto, a lo largo de estos caminos. Dirigidos por formas geológicas inflexibles, enraizadas a principios del Jurásico, por formas construidas trazadas al final de la Edad de Bronce, que estabilizan los logros durante más de un milenio de habitabilidad, los visitantes deambulamos (Witmore & Harman, 2024, p. 81).
Referencias
1
Aguiló, M. (1977). Un viaje por viejos puentes. Hormigón y acero, 28 (123), pp. 61-81.
2
Aguiló, M. (2011). La belleza de un puente. Una conversación con Javier Manterola. Minerva. Círculo de Bellas Artes. [Entrevista realizada el 1 de diciembre de 2010].
3
Íñiguez, D. A. (1967). Historia del arte. EISA.
4
Witmore, C.; Harman, G. (2024). Objetos intempestivos. Filosofía y arqueología orientada a objetos. Materia Oscura.
5
Manterola Armisén, J. (Junio 2002). Puentes. Nuevos planteamientos. Conferencia en Arezzo. Arezzo.
6
Manterola Armisén, J. (2004). El arte y los puentes. Fabrikart (4), pp. 68-85.
7
Manterola Armisén, J. (2007). Ingeniería y escultura. Ingeniería y territorio (78), pp. 60-71.
8
Manterola Armisén, J. (2008). La forma de lo resistente. Ingeniería y territorio (81), pp. 32-37.
9
Manterola Armisén, J.; Aguiló, M. (Marzo de 2009). Saber ver la ingeniería. Revista de Obras Públicas (3497), pp.7-28.