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Monográfico | La Rioja / Logroño
El Camino de Santiago y La Rioja
Antecedentes históricos
Pedro Álvarez Clavijo
Doctor en Historia.
Arqueólogo.
La autovía A-12, denominada también Autovía del Camino, atraviesa una porción importante del territorio riojano, desde Logroño hasta el límite con la provincia de Burgos, pasado Grañón. Su existencia responde a la planificación de las infraestructuras por parte de la Administración, a la redacción de los proyectos correspondientes y a la asignación de los recursos necesarios para su ejecución. A todas luces, estas decisiones encadenadas parecen dictadas por la necesidad y el deseo de ordenar racionalmente el territorio. Pero, si buscamos los antecedentes que llevaron a tomarlas, tal vez nos encontremos con que todo tiene su origen en el aleteo de una mariposa.
Las pesquisas nos llevan hasta un recóndito enclave de los Picos de Europa donde, a fines del siglo VIII, el monje Beato de Liébana reivindicaría al apóstol Santiago como introductor de la fe cristiana en Hispania y como patrón de este territorio. Al parecer, bebía de fuentes bizantinas compiladas en el siglo VI y traducidas al latín en la siguiente centuria en un compendio conocido como Breviarium Apostolorum.
Pese a que no existía una tradición previa al respecto, la reivindicación de Beato no cayó en saco roto y, según el relato transmitido, hacia el año 830, ocho siglos después de su supuesta visita, se produciría el prodigioso descubrimiento de la tumba del apóstol Santiago en el finisterre del mundo conocido.
Tanto los escritos de Beato como las noticias del asombroso hallazgo tendrían pronto gran difusión entre las élites culturales del Occidente europeo, prendiendo la curiosidad y el deseo de visitar el lugar. Fue así como, tras Jerusalén y Roma, nacería el tercer lugar santo de la Cristiandad. A los palmeros y los romeros, se unirían ahora los peregrinos jacobeos.
Por entonces, el actual territorio riojano se encontraba bajo el control de la familia muladí de los Banu Qasi, sujeta formalmente al Emirato de Córdoba, pero que no dudaba en actuar con una independencia de facto que, en ocasiones, le permitía pactar con los monarcas cristianos de Pamplona. Arnedo, Viguera o Nájera eran los principales enclaves fortificados de su dominio. Desde allí, durante el siglo IX, harían frente a sucesivas incursiones promovidas por los reyes de Asturias y responderían con ataques hacia Álava y la Bureba. Según las fuentes más rigurosas, se produjeron choques armados relevantes en Cellorigo, junto a los montes Obarenes, en el entorno de la atalaya de Al-Manar, así como, tal vez, en el cerro del castillo de Grañón y en las proximidades de Albelda de Iregua. Estos últimos enfrentamientos, datados hacia el año 859, podrían estar en el origen de la leyenda sobre la milagrosa intervención del apóstol Santiago en la batalla de Clavijo, recreada siglos después. (véase fotografía de la derecha).
La situación real daría un vuelco en el año 923, cuando una alianza entre los reyes de Asturias y Pamplona permitió a estos últimos hacerse con el control de las plazas fuertes de Viguera y Nájera e incorporar a su territorio la mitad occidental de La Rioja. Entre sus primeras medidas, la corte pamplonesa se empeñó en promocionar dos centros monásticos: San Millán de la Cogolla y San Martín de Albelda, que pronto adquirieron un papel relevante en la ordenación del territorio y la gestión de sus recursos. También se convirtieron en centros culturales de primer orden cuya notoriedad traspasó los límites del reino.
La fama del cenobio albeldense llegaría, por ejemplo, a oídos del primer peregrino hacia Santiago que salió del anonimato. Se trataba de Godescalco, obispo de la sede francesa de Puy-en-Velay, en el Alto Loira. Corría el año 950 cuando, camino de Compostela, cruzó las tierras riojanas y visitó el monasterio de San Martín de Albelda. En su scriptorium, encargó una copia de un tratado de San Ildefonso de Toledo sobre la virginidad de María que recogería en el viaje de vuelta. El manuscrito solicitado se conserva hoy en París, en la Biblioteca Nacional de Francia, y da fe del viaje del prelado y de que la peregrinación era posible, aunque no existiera una infraestructura caminera, ni unas estaciones que la jalonasen. Todo esto llegaría más tarde.
Probablemente, el auge de las peregrinaciones a Santiago no fue el elemento determinante para articular las tierras del norte de la Península, pero sí coadyuvó con factores políticos, económicos y sociales a dar forma a una red de poblamiento que ha perdurado hasta nuestros días. Eran tiempos en los que la soberanía se encontraba muy fragmentada, los recursos eran limitados y no existían estructuras administrativas asentadas. Nada que ver con el antiguo Imperio romano, que fue capaz de vertebrar su extenso territorio con una constelación de ciudades y una red viaria que se encargó de mantener hasta sus últimos estertores.
Se tiene como lugar común que durante el primer tercio del siglo XI el monarca pamplonés Sancho III el Mayor promovería el afianzamiento de la ruta hacia Compostela que conocemos como el Camino Francés. Quizá lo que se produjo fue una simbiosis en la que las peregrinaciones se vieron favorecidas porque el rey estaba interesado en mejorar la comunicación entre el núcleo original de su reino y las tierras riojanas incorporadas en el año 923. Allí se encontraba el antiguo enclave andalusí de Nájera, que ganaría protagonismo hasta convertirse en sede de la corte en tiempos de su hijo García IV.
En el compartimentado panorama del siglo XI, no era fácil planificar la construcción de infraestructuras de largo recorrido. Sin embargo, Sancho III no soslayó buscar soluciones para uno de los problemas más recurrentes: cómo facilitar que personas y bienes pudieran salvar los cauces de los ríos principales. Con este objetivo patrocinaría la construcción del puente sobre el Arga, en Puente la Reina, y, tal vez, la del malogrado puente Mantible, sobre el Ebro, aguas arriba de Logroño.
La vida útil de Mantible tuvo que ser breve porque no hay constancia documental ni arqueológica de que se consolidaran las vías de acceso al mismo, ni tampoco de que se hubieran generado las actividades ni los asentamientos que solían surgir al amparo de infraestructuras tan relevantes.
La ruina del puente Mantible fue una suerte para Logroño, hasta entonces un pequeño enclave dependiente del monasterio de San Millán, cuyo valor estratégico se incrementará a partir del año 1076, cuando Alfonso VI de Castilla se haga con el control de La Rioja. En el fuero que le concede en 1095 ya se menciona su puente, tal vez, construido bajo los auspicios de los monarcas pamploneses García IV o Sancho IV. El control del paso sobre el Ebro fue fundamental para el devenir de la futura ciudad y para su conversión en jalón relevante de la ruta jacobea. Se unía así a Nájera, centro de poder tradicional de la Rioja Alta que, aunque sufrirá algunos cambios, no decaerá tras la ocupación castellana. Por ejemplo, en 1079, la iglesia palatina que fundara García IV en 1052 sería transferida por Alfonso VI a la poderosa orden de Cluny para dar origen al monasterio de Santa María la Real (véase fotografía de la página de la derecha). El cenobio se dotaría de una alberguería para atender a los peregrinos cada vez más numerosos que llegaban desde Tricio vadeando el Najerilla por el Paso Malo. A la salida del vado, en la margen izquierda del río, se configuró un barrio lineal y se fundó una iglesia con una denominación que revelaba su vinculación jacobea: San Jaime.
Se ha venido sugiriendo que el popular juego de la oca podría ser un trasunto del itinerario de los peregrinos hacia Compostela. De acuerdo con esta interpretación, las casillas seguras del tablero se corresponderían con los lugares donde los caminantes encontraban refugio y asistencia, mientras que las restantes representarían el tránsito a campo abierto, con sus vicisitudes y peligros. A fines del siglo XI, el itinerario jacobeo contaba ya, a su paso por La Rioja, con dos casillas seguras: Logroño y Nájera. La tercera estaba naciendo más al oeste gracias a la iniciativa y tesón de un personaje singular, Domingo García. Su actividad conocida le llevó a promover la creación de un hospital para asistir a los peregrinos, y a habilitar un paso regular sobre el cambiante cauce del río Oja. Ambas empresas serían el germen de un nuevo burgo y determinarían la futura organización territorial de la comarca.
El control del paso sobre el Ebro fue fundamental para el devenir de Logroño
Tras el fallecimiento de Domingo en 1109 la visita a su sepultura se convertiría en objetivo de los peregrinos y, con el tiempo, el fervor popular lo elevaría de facto a los altares. Paralelamente, el prestigio de su fundación fue creciendo a la par que las rentas que le aportaban las numerosas donaciones. Pronto, se inició un litigio entre las sedes episcopales de Burgos y Calahorra porque ambas pretendían poner bajo su jurisdicción la pequeña iglesia de Santa María por él levantada. En el año 1137, el arbitraje de Alfonso VII de Castilla zanjó la cuestión y el templo calceatense quedó definitivamente dentro de la diócesis calagurritana.
El viento favorable propició que maese Garçion proyectase un nuevo edificio que sustituyera a la modesta iglesia originaria. En 1158, se ponía la primera piedra de una suntuosa construcción románica que contaría con la girola característica de las grandes basílicas de peregrinación de la ruta jacobea. Tan magna obra no estaba destinada a subsistir como un mero templo parroquial y en 1231 fue elevada a la dignidad de catedral en pie de igualdad con la de Calahorra. Se producía así una circunstancia excepcional: una diócesis pasaba a contar con dos sedes episcopales localizadas en distintas poblaciones de su territorio.
En cuanto al burgo calceatense, su crecimiento fue imparable. Favorecido por los privilegios que le otorgaron el monarca aragonés Alfonso I el Batallador en 1123 y 1125 y, más tarde, en 1135, Alfonso VII de Castilla, fue absorbiendo a los habitantes de las aldeas cercanas y atrayendo a viajeros que terminaban por asentarse allí. Con estas aportaciones, su trama urbana se fue consolidando en torno a un eje de tránsito longitudinal que, pasando ante la iglesia y el sepulcro del santo, enfilaba hacia el puente que franqueaba el paso sobre el río Oja. Incluso la distribución del parcelario que flanquea la calle Mayor evoca todavía la regularidad de un catastro inicial que pudo ser replanteado por el mismo maese Garçion durante la segunda mitad del siglo XII.
Por entonces, el concejo aún estaba sujeto al dominio señorial eclesiástico. No obstante, en el año 1250, un acuerdo entre el obispo Aznar y Fernando III el Santo, transmutó la villa episcopal en realenga, situación jurídica que mantendría hasta la disolución del Antiguo Régimen. Con su nuevo estatus, el consistorio se embarcó en la empresa de construir sus murallas, una obra de calado que, a grandes rasgos, no se completaría hasta mediados del siglo XIV. Los restos precariamente conservados dan testimonio de la que, sin duda, fue la cerca urbana medieval más importante del territorio riojano.
Con las principales estaciones del itinerario jacobeo ya consolidadas, el influjo de las peregrinaciones fue irradiando hacia los territorios adyacentes. Localidades cercanas, como Navarrete, Ventosa, Azofra o Grañón, se vieron favorecidas por el tránsito de peregrinos y, a su vez, permitieron ir perfilando un itinerario cada vez más definido. Incluso, surgieron refugios intermedios en campo abierto concebidos expresamente para la asistencia a los peregrinos. Es el caso del posible hospital antoniano del Alto de San Antón, próximo a Alesón, y, sobre todo, del hospital de San Juan de Acre, fundado en 1185 por una acaudalada dama, María Ramírez, diez años antes de que Alfonso VIII concediera el fuero de población a la cercana villa de Navarrete. Su denominación se debe a que la fundadora encomendó la gestión del enclave a la orden Hospitalaria de San Juan de Jerusalén. La planta de su iglesia aún se conserva in situ, pero buena parte de sus elementos arquitectónicos singulares fueron desmontados a fines del siglo XIX y utilizados para componer la fachada del cementerio municipal.
Restos arqueológicos, tramas urbanas, murallas, templos bajo la advocación del apóstol Santiago, el eco de las instituciones hospitaleras que perdura en los albergues de peregrinos actuales… Todo nos recuerda el ascendente que tuvo la ruta jacobea en la configuración del territorio riojano. Por ejemplo, todavía hoy, la salida del casco antiguo de Logroño se conoce como Puerta del Camino.
Aunque siempre hablamos del Camino, en realidad, no nos estamos refiriendo a una infraestructura caminera formal, de largo recorrido, sino a un itinerario jalonado por las poblaciones que acogían a los peregrinos, unidas por viales de entidad variopinta, consolidados por el trasiego y mantenidos por la limitada iniciativa de los concejos. Habrá que esperar hasta mediados del siglo XIX para ver nacer la primera red de carreteras promovida por el Estado moderno. Cuando sus ingenieros se enfrentaron a la redacción del proyecto de la que uniría Logroño y Burgos, la futura N-120, no pudieron eludir la travesía de las principales poblaciones de la ruta jacobea. Su heredera es la Autovía del Camino, esto es, de un camino que, como infraestructura histórica, nunca existió, por lo que quizá fuera más correcto denominarla Autovía de camino a Santiago.