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La Clave

Lo que el viento se lleva

Reflexiones de un ecologista perplejo

Jorge de Vivero Pérez

Ecologista y escritor naturalista

Soy ecologista desde hace muchos años, casi de nacimiento. Me explico. Mi padre fue uno de los fundadores de la Sociedad Española de Ornitología, allá por mediados del pasado siglo, y desde pequeño me llevó a conocer la naturaleza ibérica y, conociéndola, me enseñó a respetarla, amarla y disfrutarla. Fui o soy ecologista no solo en privado, sino públicamente, fundando colectivos y partidos verdes, dando cientos de charlas y escribiendo miles de artículos y una decena de libros. Y esa convicción y esa militancia me llevaron a manifestaciones contra la energía nuclear, contra el mantenimiento de grandes centrales térmicas y contra la creación de pantanos y minicentrales para la energía eléctrica. Por supuesto, siempre abogué por que las energías limpias –supuestamente la solar y la eólica– fuesen sustituyendo a las contaminantes de la atmósfera y a las destructoras del natural fluir de las aguas, que se llevaban por delante paisajes y pueblos. Es decir, creo que fui coherente con mi sentir naturalista y ecologista.

Mas hete aquí que ahora me veo impulsado a rechazar aquello que antes ponía como deseable alternativa. Pues cuando veo algunos de los mejores paisajes de Galicia, de mi tierra, llenos de gigantescos, monstruosos generadores de energía eólica; cuando veo las cumbres de mis montañas invadidas de estos artefactos moviendo sus aspas enloquecidamente; cuando veo aquellas soledades profanadas, entonces se me cae el alma a los pies y reniego de la energía eólica. Decía que cuando veo Galicia así maltratada se me encoge el corazón. Pero no solo Galicia sino, como ahora me llega la noticia, cuando se hacen planes para asaltar nuevas áreas del Bierzo, tan leonés como gallego, tan mío como el más mío de mis paisajes. Y apuntan bien al centro de mi sensibilidad, pues parece que Os Ancares y O Courel, al menos sus proximidades, pueden estar amenazados. No vendrá de más recordar, aunque siga con el egocentrismo, que uno de mis libros se titula Un ano nos Ancares y otro, Un ano no Courel, así se entenderá mejor mi zozobra.

¿Qué pasa entonces? ¿Tan equivocados estábamos los ecologistas cuando abogábamos por la energía eólica como remedio a la contaminación atmosférica y al calentamiento global? ¿Tan errados cuando rechazamos la energía nuclear y los pantanos? No. Lo que pasa es que una cosa es utilizar la energía eólica y otra explotarla sin freno ni criterio, solo como negocio. Los

beneficios que tienen que contar son los ecológicos y nunca a costa de crear nuevos y graves problemas también ecológicos, en el sentido amplio de la palabra, de lo que pronto hablaremos. Generadores de energía eólica sí. Pero con cuidado, con exquisito cuidado; con sentidiño, como decimos por aquí. Nunca indiscriminadamente, nunca dañando paisajes que son, que tienen que ser, poco menos que sagrados. Paisajes, pasemos a hablar de ellos. O del paisaje, un singular que engloba, paradójicamente, a todos.

Paisaje de Os Ancares (Lugo).

Nuestro paisaje habitual nos va construyendo íntimamente, como también lo hace nuestra casa, nuestro hogar

La naturaleza es paisaje. Quiero decir que se nos manifiesta como paisaje. El especialista sabe que, por debajo de ese paisaje, formándolo y conformándolo, hay todo un tejido de múltiples hilos: el hilo del suelo, de las rocas, de los musgos de los microorganismos, de qué sé yo. Paisaje simplemente para la mayoría de nosotros. Y el paisaje tiene un valor estético, pero no solo. El paisaje, nuestro paisaje habitual, nos va construyendo íntimamente, como también lo hace nuestra casa, nuestro hogar. Yo soy el que soy, en no despreciable medida, porque mi paisaje fue este, es este. Una vez le preguntaron a Flaubert quién era madame Bovary y respondió: madame Bovary soy yo. Pues yo también soy el paisaje que veo, que frecuento en mi vida cotidiana o en mis paseos preferidos. Y eso quiere decir que si ese paisaje se altera brusca e irresponsablemente, esa alteración repercute en mí. Y si se degrada, la degradación también es mía.

Y lo que vale para el paisaje personal de cada uno, para su paisaje, vale para los paisajes singulares de especial significación, digamos Ancares, digamos Courel, dos sierras, dos comarcas a caballo entre Lugo y El Bierzo, cuyos mismos nombres evocan armonías ancestrales. Estos y tantos otros espacios naturales tienen que quedar a salvo de cualquier atentado, y la instalación de aerogeneradores, tan agresivos visualmente, es un atentado de primer orden. Preservar un paisaje es una obligación ética y estética, no menor –me atrevería a decir que mayor–que conservar una iglesia románica, una catedral gótica o un cuadro de cualquier gran pintor. El paisaje es naturaleza, ya lo dijimos, pero también es cultura. Con él hay que actuar lo menos posible, cuidarlo y no dañarlo. Como hacen los especialistas restauradores con aquel lienzo o ese mural, con idéntico mimo.

Pero la instalación de parques eólicos no solo rompe la armonía de nuestra visión. También se rompe el terreno con las obras que se necesitan para su instalación y mantenimiento. Y se rompe el esencial silencio de las cumbres. Y se perturban y expulsan a muchos animales que tenían su refugio en aquel enclave antes tranquilo; en concreto, esos artefactos son verdaderos espantapájaros de las grandes aves, especialmente rapaces. Y siempre con el agravante de que se instalan en áreas –cumbres habitualmente o líneas de costa– que por su difícil acceso habían quedado a salvo de la excesiva presión humana y, por lo tanto, se habían conservado mejor que otras y se habían convertido en el último refugio de algunas especies antropofóbicas, las que no soportan bien nuestra proximidad.

¿En qué quedamos? Tal se pregunta, como al principio de ponerse a escribir estas líneas, el ecologista perplejo. ¿No es, entonces, la energía eólica una energía limpia, una de aquellas que tanto se reclamaban? Sí, lo es porque no emite gases a la atmósfera, pero produce otro tipo de contaminación que hay que tener en cuenta en su justa medida, la contaminación visual y, permítaseme aquí este adjetivo, sentimental. Sentimental por todo lo que se ha venido apuntando, porque hiere nuestro sentir y nuestro sentimiento el ver lugares queridos, lugares señeros azotados por hordas de aerogeneradores. Y el ecologismo, que empezó siendo más bien una respuesta a las agresiones físicas o biológicas a la Tierra, cada vez está teniendo un componente más ético y estético. La eólica es una energía limpia, pero su abuso no lo es, de ninguna manera.

Paisaje de O Courel. © Restituto López Hernández
Paisaje de Os Ancares. © Restituto López Hernández

Quizá haya que ir pensando en ahorrar energía, cualquier tipo de energía, no en crear otras nuevas

Parques eólicos sí. Pero no masivos, que no afecten a enclaves valiosos, que el negocio no sea su razón. Que su instalación no se lleve por delante lo que hay que conservar tal cual a toda costa. Y, además, quizá no se esté enfocando la energía eólica como alternativa a nada, sino como una energía complementaria. Y quizá también haya que ir pensando en ahorrar energía, cualquier tipo de energía, no en crear otras nuevas, porque cualquiera tendrá un coste, ecológico y humano, mayor o menor.

Muchas tardes, dulces tardes del verano y otoño, me he sentado en una terraza de la plaza de Villafranca del Bierzo. Dejaba pasar los minutos sin hacer nada, con el corazón manso y satisfecho. Pero solo aparentemente estaba ocioso. Porque por mi cabeza pasaban las imágenes de la excursión que había hecho ese día –quizá a Os Ancares, quizá a O Courel– o de la que iba a hacer el día siguiente. Pasaban las aldeas, los valles, las cumbres en armónico desfile. Y en esas imágenes no había, no podía haber, parques eólicos.

Casas en la Serra do Courel (Lugo).
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