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Editorial

La reivindicación del tiempo para pensar

Render de la propuesta ganadora del concurso del puente del metro de Oporto sobre el río Duero. Arenas&Asociados y el profesor Edgar Cardoso.

Hace exactamente un año, publicamos un monográfico de la revista dedicado a El Diseño en la Obra Pública (nº 3628), coordinado también por José Romo, del que este número pretende ser una continuación. En él expresábamos que creíamos que el diseño es la clave para que las obras públicas sean reconocidas por la sociedad. Volvemos, por tanto, a insistir en este mensaje, que consideramos debe llegar no solo a los proyectistas, sino también a la propia Administración.

El valor añadido que aporta el diseño a las obras públicas se manifiesta, en primer término, en la aproximación al proyecto que, por las características intrínsecas de las obras, está sometido a todo tipo de condicionantes (incluidos los presupuestarios y los de ocupación de tierras) desde las etapas iniciales de concepción y planificación hasta las de la definición funcional y constructiva, considerando, además, que el valor añadido del diseño aparece cuando se dan respuestas tipológicas y formales, que no se impongan a las características económicas, funcionales, estructurales, constructivas e incluso de conservación de las obras públicas.

La palabra “diseño” es de origen latino (“de”, “signun”) y se relaciona más con las fases previas del proyecto que con su realización material, es decir, con el tiempo previo para pensar, en donde aparecen en toda su magnitud los criterios previos de diseño, con una mirada que no es estrictamente constructiva, y que obligan a mirar más allá, lo que solo es posible a través de un proceso en el que, junto al proyectista (entendido no solo de forma individual, sino también colectiva) participa la Administración, en la búsqueda de soluciones no rutinarias, aunque estas también tienen un campo amplio de aplicación en las obras públicas.

Pocas artes como la ingeniería tienen la posibilidad de transmitir un lenguaje visual en que se refleje el mundo contemporáneo

El tiempo para pensar en la adecuación a la función, en la integración paisajística en el entorno, en la transparencia visual y funcional, en la eficiencia y claridad estructural, en la proporcionalidad y ligereza, en el carácter, en la expresión artística de las obras o de sus detalles, en el menor consumo de materiales y de energía, en el reciclaje, etc., determina más de lo que nos enseñan y muestra la práctica actual de proyecto, la calidad final de las obras.

Las obras públicas, en contacto con la vida diaria, sea en entornos urbanos o rurales (como defendían las primeras teorías sobre el valor del diseño, como el arte en contacto con la vida diaria), se asocian, más que al consumo individual, al consumo colectivo y, en este sentido, son también expresión de la cultura de un país y de la forma de intervenir y transformar la ciudad y el territorio, en donde una simple comparación en la forma de proyectarlas y construirlas, por exigencias ambientales y paisajísticas, desde hace, por ejemplo, cincuenta años, muestra que algo hemos avanzado.

Pues bien, se trata de seguir avanzando. La reivindicación del tiempo para pensar en los criterios previos no es más que la expresión de que existe multitud de alternativas para un mismo problema, que precisa un proceso previo de aproximación desde el proyecto, en la línea en que se manifiesta Javier Manterola para los puentes en la entrevista que recogemos, o como se manifestaba un proyectista de presas (cuyas alternativas aparentemente son menores de las de los puentes) en esta misma revista, como Luciano Yordi (junio de 1973), que defendía la posibilidad de imaginar algo diferente a lo establecido o heredado, considerando que este era uno de los atractivos del ejercicio de la profesión.

Pero esta posibilidad solo puede venir de una actitud comprensiva por parte de la Administración, no solamente en las obras que tengan una cierta singularidad, o que se localicen en determinados entornos urbanos o rurales, como defendíamos a través de concursos en el número anterior, y que se traduzca en unos honorarios de proyecto adecuados compatibles con los tiempos para pensar.

Detrás, por tanto, del mensaje del diseño está la reivindicación del proyecto, no solamente como un instrumento al servicio de la construcción, con la posibilidad de ser modificado en función de las circunstancias de esta, sino como el elemento fundamental que va a definir las relaciones de las obras construidas con los ciudadanos y con el territorio que, en el caso de las obras públicas, tiene como característica fundamental su permanencia en el tiempo, más allá de los usos para la que fueron proyectadas, como creadora de paisajes, lugares, barrios, villas y ciudades, cuyo elemento ordenador son las propias obras públicas. En ellas los errores de emplazamiento, de escala, de capacidad o de formalización quedan como huellas en el tiempo para generaciones. No tienen, por tanto, la flexibilidad de las obras de edificación o los productos y objetos del diseño industrial.

Las obras públicas son expresión de la cultura de un país y de la forma de intervenir y transformar la ciudad y el territorio

Pocas artes como las relacionadas con el diseño y el proyecto de las obras públicas se relacionan de una forma tan evidente con lo que el manifiesto de la Bauhaus de 1919 denominaba la construcción total. Pocas artes tienen la posibilidad de consumo individual y colectivo. Pocas artes como la ingeniería (y en particular la de las obras públicas) tienen la posibilidad de transmitir un lenguaje visual, en el que se refleje el mundo contemporáneo.

Reducir la ingeniería al control de las fuerzas, aunque sean tan importantes como la gravedad o los empujes del agua, los vehículos o el terreno, en las que se forma tradicionalmente en la ingeniería de caminos, canales y puertos, solo es una parte de las posibilidades prácticas e imaginativas de la profesión. El lenguaje visual, con su carga formal, ambiental y paisajística, al que nos podemos acercar hoy con instrumentos que van desde el dibujo a mano al dibujo y diseño asistido con ordenador, a los modelos, a los algoritmos, etc. para plantear distintas alternativas, introduce unas posibilidades de proyecto en la ingeniería desde sus planteamientos previos que pueden enriquecer el proyecto, como una realidad virtual previa a la construida, que no caiga en el manierismo geométrico en que cayó a veces a partir de los años 90 la arquitectura, y en donde las posibilidades para pensar deben formar parte del tiempo dedicado al proyecto.

Aquellas empresas, de ingeniería, por otra parte, como ya está ocurriendo a nivel nacional e internacional, que se reconozcan en el diseño, van a ser crecientemente reclamadas por la Administración, en cualquier tipo de obras, incluidas las de urbanización, un campo en el que competimos con los arquitectos, como ponemos de manifiesto en este monográfico, que esperamos repetir otra vez dentro de un año, en esta sucesión de números monográficos dedicados al diseño, a la ciudad y al patrimonio cultural de las obras públicas, en los que está comprometida la Revista de Obras Públicas en esta nueva etapa.

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