[pms-logout text="Bienvenido, {{meta_user_name}}" link_text="Salir"]
Monográfico | Agustín de Betancourt
Agustín de Betancourt en Rusia: encuentros y destinos
Olga Volosyuk
Agustín de Betancourt en Rusia: encuentros y destinos
En octubre de 1808, el ingeniero español Agustín de Betancourt y Molina llegó a San Petersburgo acompañado de su esposa e hijos. El camino hacia Rusia fue largo y difícil. Tenía cincuenta años y una carrera forjada y consolidada en Francia, Inglaterra y España. Este científico talentoso, uno de los principales ingenieros de España, era uno de los favoritos del conde de Floridablanca y había participado en importantes obras de la época, como el Canal de Castilla, la presa de Puentes en Lorca y había inventado diversas máquinas hidráulicas. Pero el poder había cambiado. Tras la muerte del rey Carlos III, Floridablanca había dimitido. El nuevo secretario de Estado, Manuel Godoy, había continuado sirviéndose de su experiencia y conocimiento, pero pronto Betancourt cayó en desgracia y se dio cuenta de que la única forma de continuar su actividad profesional era abandonar España. Fue entonces cuando conoció a un hombre que jugaría un papel clave en su destino.
Betancourt y Muravyov-Apóstol
En julio de 1802, llegó a Madrid el nuevo ministro plenipotenciario de Rusia Iván Muravyov-Apóstol. Su predecesor, Stepán Zinóviev, había abandonado España en el verano de 1792 para ir de vacaciones a Rusia, pero nunca regresó: murió en febrero de 1794 en Riga, en el camino de vuelta a Madrid. En la capital de España quedó un encargado de negocios, Nikolai Bitsov, cuyas actividades quedaron prácticamente restringidas en 1796, cuando España firmó un tratado de alianza en San Ildefonso con la Francia revolucionaria y Rusia continuó liderando la coalición antifrancesa. Las relaciones se rompieron por completo cuando Rusia declaró la guerra a España en julio de 1799 y Bitsov abandonó Madrid (1), Sin embargo, los desacuerdos con los aliados de la coalición antifrancesa obligaron al emperador ruso Pablo I a reconsiderar sus directrices de política exterior. El enfriamiento de las relaciones con Inglaterra y Austria impulsó al emperador ruso a acercarse a Francia y, en consecuencia, a su aliado, España. En 1801 Pablo envió al conde Arkady Mórkov a París y le ordenó concluir una alianza con Francia y España. En las instrucciones a Muravyov-Apóstol decía: «Para esta vez debe limitarse más al asunto de la Corte de Madrid convencido de mi sincero deseo de tener con ella las mejores relaciones y contribuir en todo lo que pueda consolidar las relaciones mutuas» (2).
Poco después de llegar a Madrid, Muravyov-Apóstol comunicó a San Petersburgo su intención de redactar una memoria sobre el estado de la ingeniería en España, especialmente de la hidráulica y las vías de comunicación (carreteras y puentes). Justificaba su iniciativa por el hecho de que tenía la posibilidad de «presentar una descripción precisa y completa», pues había conocido de cerca «a la persona que dirige estas obras» y disfrutaba de su plena confianza. La persona a quien se refería era Agustín de Betancourt, a la sazón inspector general de caminos y canales, a quien calificaba como «el mecánico más sabio, no solo en España sino en Europa»3. En esa misma época empezaron los conflictos de Betancourt con Godoy.
El diplomático ruso entonces pidió permiso a las autoridades de San Petersburgo para ofrecer a Betancourt un puesto de responsabilidad en Rusia. En la carta de respuesta, firmada por el ministro de Asuntos Exteriores Adam Jerzy Czartoryski, se le dice que: «Si está seguro de los méritos y maestría del Sr. Betancourt, no habría impedimento alguno en admitirle al servicio ruso», eso sí, con un condicionante económico: «que acepte la remuneración que se paga por aquí a los funcionarios principales de ingeniería en el sector hidráulico, que asciende hasta 8000 rublos anuales» (4). Es decir, se daba vía libre al diplomático para iniciar los contactos tendentes a la contratación de Betancourt.
Contrariamente a lo que pudiera parecer, la lentitud de que hizo gala la administración de San Petersburgo —la carta de Czartoryski no llegó hasta octubre de 1804— facilitó la consecución del deseado fin de llevar a Betancourt a Rusia, pues esos casi dos años fueron clave en su desencuentro con Godoy. La situación siguió subiendo de tono llegando a su culmen en octubre de 1805, cuando Godoy retiró su confianza a Betancourt y puso las gestión de ciertas obras en manos de ingenieros militares. El despacho en el que Muravyov-Apóstol comunica a San Petersburgo las condiciones de Betancourt explica muy claramente el desencanto que le impulsa a abandonar su patria: «El Sr. Betancourt, como todas las personas que tienen sentimientos, está decepcionado por lo que está pasando en este país», un comentario que coincide con lo expresado por el ingeniero en sus cartas, en las que refiere que su marcha fue debida a la animosidad hacia él del Príncipe de la Paz (5).
Recibida la carta de San Petersburgo, Muravyov-Apóstol comunicó el resultado de su propuesta a Betancourt quien se mostró dispuesto a viajar a Rusia con dos condiciones: la primera, no partir inmediatamente por la situación de su mujer y sus hijos y por temor a que su fábrica de tintes quebrara por su ausencia; y la segunda, que se le dieran garantías de que en Rusia sería nombrado ingeniero jefe de todas las obras hidráulicas.
En mayo se traslada a Francia, donde se halla su familia. En octubre, viaja a Rusia; allí es muy bien recibido y se le encomienda recorrer las principales industrias del país. En mayo del año siguiente, 1808, regresa a París; en septiembre, viaja a Erfurt para entrevistarse con el emperador Alejandro I. Inmediatamente, acompañado de su esposa Ana Jourdan y de sus hijos emprende viaje a San Petersburgo, donde se instala a finales de octubre. Con ello se cierra una etapa y se abre otra en la vida personal y profesional del «mecánico más sabio (6)» de España y Europa.
Betancourt y Alejandro I
El talentoso ingeniero fue recibido favorablemente por el emperador Alejandro I, quien le dio carta blanca. En 1809, creó el Instituto de Ingenieros de Vías de Comunicación, que dirigió prácticamente hasta los últimos años de su vida. El Instituto estaba destinado a preparar profesionales eruditos para el Cuerpo de Ingenieros de Vías de Comunicación, que incluía especialistas en vías de comunicación fluviales y terrestres. El duque de Oldenburg, director (con rango de ministro) de la Dirección General Imperial de Vías de Comunicación, también encabezó el Cuerpo de Ingenieros.
La idea de Betancourt de construir un nuevo San Petersburgo fue la que finalmente apoyó el emperador ruso Alejandro I, que confió de forma total e incondicional en el ingeniero español. En 1809 fue ascendido al rango de teniente general. En 1811 el emperador concedió a Betancourt la Orden de San Alejandro Nevski, una de las más altas condecoraciones del Imperio Ruso. Esto fue particularmente importante dado que en Rusia no existía la tradición de otorgar esta distinción a científicos, escritores o artistas, y esta señal de favor monárquico recaía con mucha mayor frecuencia en oficiales militares7. Los monarcas rusos honraron a los extranjeros con las más altas condecoraciones estatales, aunque en menor medida. En mayo de 1816, Alejandro I nombró a Betancourt para encabezar el Comité de Edificios y Obras Hidráulicas, que era la única autoridad para formular la política de planificación urbana en San Petersburgo y Rusia.
Sin embargo, mientras que en España el «favor» y el «desfavor» en la vida de Betancourt estaban asociados con el cambio de los secretarios de Estado, en Rusia resultaron depender de los cambios de humor de una sola persona: el emperador autocrático. La apertura, la independencia de carácter y el estilo democrático europeo de Betancourt impresionaron al joven emperador ruso en el momento en que conoció al estudioso español y eso le dio garantías de poder construir una carrera en Rusia y de que el emperador sería favorable a la implementación de sus planes de ingeniería. Después de la victoria sobre Napoleón y de su participación en el asentamiento posnapoleónico de Europa, las opiniones del emperador ruso se volvieron mucho más conservadoras y su temperamento empeoró. Según Philippe Vigel, secretario de Betancourt, «[Betancourt] no veía límites ni en la confianza del zar en él ni en la obediencia de los altos funcionarios al emperador, y consideraba que todo estaba permitido. No consideró necesario trabar amistades que, en tiempos difíciles, pudieran de alguna manera servirle de apoyo» (8).
No hubo un solo proyecto en cuya ejecución Betancourt no tuviera éxito. Ni siquiera fue acusado de malversación de fondos. Alejandro I admiraba sus ideas creativas. La discordia entre ellos comenzó en 1820. En 1819, Betancourt fue nombrado miembro del Gabinete de Ministros y director de la Dirección General Imperial de Vías de Comunicación, así como jefe del Cuerpo de Ingenieros. La Dirección era responsable de construir nuevas carreteras y mantener el estado de las existentes. En su nuevo alto cargo, Betancourt realizó un viaje por el país. Visitó el Cáucaso, Georgia y Crimea; en Sebastopol, Kerch y Feodosia inspeccionó los puertos del mar Negro, examinó canales y carreteras y diseñó esclusas y muelles. Después de regresar a San Petersburgo, preparó un informe para el emperador en el que señaló el estado insatisfactorio de los medios de comunicación, tanto terrestres como acuáticos. El emperador se sintió ofendido por una crítica tan dura de la situación en sus dominios, pero al principio no lo demostró.
En una audiencia solicitada por Betancourt, el emperador expresó su descontento por el hecho de que este no hubiera podido cumplir con las tareas requeridas en el cargo que le había sido confiado. El emperador ofreció al duque Alejandro de Württemberg el puesto de director de la Dirección General Imperial de Vías de Comunicación. Aquella fue una decisión absolutamente maquiavélica, ya que antes este cargo lo había ocupado el ingeniero español.
Württemberg demostró una falta de respeto manifiesta hacia su predecesor. Se negó a reunirse con Betancourt; en su ausencia, se apropió de todos los documentos de su oficina; y expulsó del palacio Yusupov al ingeniero español y a su familia, junto con todo el Instituto de Ingenieros de Vías de Comunicación. El ingeniero español se vio obligado a alquilar un apartamento cerca del nuevo edificio del Instituto. En respuesta a la denuncia de Betancourt, el emperador le dijo que para liberarlo de su dependencia de Württemberg lo libraría del cargo de director del Cuerpo de Ingenieros y del Instituto. Betancourt conservó solo el cargo de jefe del Comité de Edificaciones y Obras Hidráulicas (9).
No hubo un solo proyecto en cuya ejecución Betancourt no tuviera éxito
Betancourt y Montferrand
En 1939, se publicó en la URSS el enorme volumen Auguste Montferrand. Su autor, Nikitin, al referirse a la llegada de Montferrand a Rusia en 1816, dice con sorpresa que Alejandro I fue muy hospitalario con el joven arquitecto francés y que le encomendó la tarea de reconstruir la catedral de San Isaac. Aunque solo de pasada, Nikitin menciona que cierto ingeniero Betancourt le dio una recomendación a Montferrand, y continúa: «Él solo logró iniciar y completar esta enorme estructura» (10). De hecho, fue Betancourt quien introdujo a Montferrand en el círculo de personas cercanas al emperador y quien lo recomendó a Alejandro I. Sin Betancourt, el nombre de Montferrand habría seguido siendo conocido solo por quienes colaboraron con él en Francia. Esto es lo que escribe Philippe Vigel sobre la participación de Betancourt en la carrera del joven francés: «Una mañana encontré en el despacho de Betancourt a un francés rubio de no más de treinta años, vestido a la última moda, que le trajo una carta, por recomendación de su amigo, el relojero Breguet. Cuando salió, pregunté por él, «¿quién era?». «La verdad, no lo sé», respondió Betancourt—. Una especie de dibujante. Se llama Montferrand. Sin embargo, Breguet me pide, de forma no muy convincente, que le busque algo que hacer, pero ¿qué tipo de trabajo puede necesitar?» (11).
En las Memorias de Vigel se encuentra otra historia: «El emperador pidió a Betancourt que confiara a alguien la redacción de un proyecto para la reconstrucción de la catedral de San Isaac de manera que, conservando todo el edificio anterior, tal vez con solo una pequeña adición, le diera un aspecto más magnífico y hermoso a ese gran monumento. A Betancourt se le ocurrió intentar mantener ocupado a Montferrand en esto, entregándole el plano de la iglesia y todos los libros de arquitectura de la biblioteca del Instituto. Betancourt presentó el proyecto de Montferrand al soberano, a quien le gustó mucho. Y al día siguiente Betancourt preparó un decreto nombrando a Montferrand arquitecto imperial». Alejandro I firmó el decreto (12).
Con esta nominación, Betancourt dañó las relaciones con muchos de la corte, que estaban celosos tanto del éxito de Betancourt como del de su protegido. Según el secretario del ingeniero español, «los arquitectos odiaban a Betancourt por Montferrand, los ingenieros lo detestaban por Rand [otro asistente de Betancourt]; todos los nobles estaban celosos de la distinción de la que disfrutaba; muchos lo veían como un extranjero que despreciaba su patria, y todos se rebelaban contra una persona bondadosa, que solo estaba cegada por sus éxitos» (13).
Según las Memorias del mismo Vigel, a finales de 1817 Alejandro aprobó un nuevo proyecto y plano de la catedral de San Isaac y creó una comisión presidida por el conde Nikolai Golovin para reconstruirla. Betancourt fue nombrado miembro de esta comisión. En mayo de 1820, Betancourt y Montferrand crearon una maqueta en madera de la catedral de San Isaac, a la que el emperador acudió a contemplar. Según Vigel, al acabar la visita, este se volvió hacia Betancourt y le dijo: «Sabe usted, corren muchos chismes y habladurías en la ciudad sobre nuestro proyecto. Estas maquetas serán la mejor respuesta para ellos»14. Prestemos atención a las palabras de Vigel: el emperador se dirigió a Betancourt, y no a Montferrand, que estaba a su lado.
Sin embargo, el ambicioso joven «agradeció» a su patrón a su propia manera. La construcción de la catedral se retrasó y Montferrand la completó en 1858, muchos años después de la muerte de Betancourt. ¿Acaso duró tanto porque ya no había cerca un ingeniero brillante que pudiera ofrecer soluciones extraordinarias?
Montferrand se atribuyó toda la gloria de la construcción de la catedral y durante muchos años le trataron como el único constructor de la catedral de San Isaac. Precisamente sobre esto escribió Vigel, señalando que Betancourt fue «un verdadero constructor»; Montferrand, según sus palabras, era «arquitecto por casualidad», “era honrado con el nombre del constructor” (15).
Fueron encuentros muy diferentes de los que dependió el destino de Agustín de Betancourt. Iván Muravyov-Apóstol lo salvó de la desgracia en España y contribuyó a la continuación de su carrera profesional en Rusia; el emperador Alejandro I le dio la oportunidad de florecer en esta carrera, pero luego él mismo la rompió; Auguste Montferrand logró apropiarse de los logros profesionales de Betancourt y condenó su nombre al olvido durante muchos años. Vigel escribió: «Las máquinas inventadas por él [Betancourt] sirvieron de gran ayuda a Montferrand, y tras su muerte se convirtieron en su propiedad. Todo favorecía a este hombre: el arte de Betancourt y de Yakovlev y, finalmente, la albañilería del maestro Quadri, que sabía construir mejor que cualquier arquitecto. Lo único que pudo hacer fue dibujar y por ahora, aprender la parte de construcción» (16).
Esas palabras fueron escritas décadas después de la muerte de Betancourt y hasta el día de hoy es un testimonio importante de los méritos del ingeniero español, la atribución de sus inventos técnicos y es un reconocimiento a su talento único en ingeniería y su papel en la creación de la apariencia moderna de San Petersburgo.
Principales y más famosas intervenciones de Betancourt en la Rusia Imperial sobre un mapa-esquema moderno
Notas
1
Historia de España (2014). Ed. por O. Volosyuk, M. Lipkin, E. Yurchik; T. 2: Desde principios del siglo XVIII hasta nuestros días. Moscú: Indrik. p. 196. (en ruso).
2
Corpus diplomático hispano-ruso (1800-1903). (2005). Ed. por J. R. Urquijo Goitia. Gráfico Zero, Madrid, p.3.
3
Arkhiv Vneshney Politiki Rossiyskoy Imperii (AVPRI). Fond. Kantselyariya. (Cancillería). (1803). Leg. 7498. Fol. 9.
4
Olga Volosyuk. «Iván Matvéievich Muravyov-Apóstol (1802–1804)». En Rossiyskiye diplomaty v Ispanii (Diplomáticos rusos en España). (2016). Moscú. Mezhdunarodniye otnosheniya. p 397.
5
Camarero Bullón, Concepción & Volosyuk, Olga. «Españoles al servicio de Rusia: Agustín de Betancourt». En: España y Rusia: diplomacia y diálogo de culturas. Tres siglos de relaciones. (2018). Ed.: O. Volosyuk. Moscú: Indrik, p. 620
6
Ibid. p. 621
7
Fortunatov, V. (enero-febrero 2008) «General Betankur i rossiyskaya elita v pravleniye Aleksandra». En: Izvestiya PGUPS. (En ruso).
8
Vigel, Philippe. (1865). Memorias. Moscú: Katkov. VI. p. 41. (en ruso).
9
Ibid.
10
Nikitin N.P., (1939) Augusto Montferrand. Diseño y construcción de la Catedral de San Isaac y la Columna de Alejandro. Leningrado, p. 10.
11
Vigel, Philippe. Memorias. Ed. S. Ya. Streich. Moscú, Zajarov, 2000. p. 213. (en ruso)
12
P. 213-214.
13
Vigel, Philippe (1865). Memorias. Moscú: Katkov. VI. 1865. p. 20.
.
14
Vigel, Philippe Memorias. Ed. S. Ya. Streich. Moscú: Zajarov, 2000. p.255-256.
15
Ibid. p. 254.
16
Ibid. p. 25.