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La Clave
Cambios en la gestión del agua; la transición hidrológica
A escala global, la gestión del agua afronta serios problemas que se agravan debido al cambio climático. Las soluciones no son sencillas. Y lo son menos en España, donde la disponibilidad natural del agua es reducida. El concepto de seguridad hídrica ha cambiado en lo que llevamos de siglo XXI y este cambio obliga a una transformación gradual de la forma en la que, hasta ahora, hemos entendido la política del agua.
Palabras clave: Agua, seguridad hídrica, transición hidrológica.
On a global scale, water management faces issues that are exacerbated by climate change. Solutions are not easy. And less in Spain, where the natural water availability is low. Since the beginning of the 21st century, the concept of water security has changed, requiring a gradual transformation of how we are understanding the water policy.
Keywords: Water, water security, hydrological transition.
Manuel Menéndez Prieto
Ingeniero de Caminos, Canales y Puertos.
Vocal Asesor en el Gabinete del Secretario de Estado de Medio Ambiente.
Vicepresidente del Programa Hidrológico Intergubernamental de la UNESCO.
La gestión del agua no suele abordarse de forma independiente. Su enorme influencia en el medioambiente, la economía y la sociedad exige planteamientos globales con objetivos asociados a ámbitos muy distintos que, a su vez, están sujetos a grandes cambios. En el mundo del agua las soluciones nunca son simples, ni definitivas.
Esta complejidad es un hecho a escala global, pero es aún más acusada en España, donde el clima, el relieve y los usos del suelo dan lugar a una disponibilidad hídrica reducida en media y repartida desigualmente por el territorio. El cambio climático acrecienta una inseguridad hídrica que repercute en múltiples sectores. Quizás por ello, más en España que en otros países europeos, la gestión del agua está presente en las preocupaciones de los ciudadanos y no es raro que sea objeto del debate político.
La vocación de modificar el territorio mediante infraestructuras hidráulicas y, a partir de ahí, la economía y la sociedad, cuenta en España con una tradición de siglos –o, mejor dicho, de milenios–, como reflejan los acueductos romanos, las obras de regadío árabes o infraestructuras, únicas en su tiempo, como el Canal Imperial de Aragón o el Canal de Castilla. Ya en el siglo XX se plantearon grandes planes de obras hidráulicas, como el Plan Gasset, de 1902, o el Plan Nacional de Obras Hidráulicas, de 1933, encargado por el entonces Ministro de Obras Públicas, Indalecio Prieto, al ingeniero de caminos Manuel Lorenzo Pardo.
Tras la guerra civil, se encuentran claros ejemplos de utilización de la política de obras hidráulicas para influir en el territorio. En los años cincuenta y sesenta, el Plan Badajoz era la base de la colonización del medio rural en Extremadura y, más allá de poner en regadío una gran superficie de unas 175.000 ha en las cuencas del Guadiana y el Tajo, tenía una clara voluntad de imponer un cierto modelo de sociedad, de colonización del medio rural.
Más recientemente, el acueducto Tajo-Segura es una de las últimas grandes obras hidráulicas que caracterizaron el periodo 1950-1980 y que convirtieron a España en uno de los países del mundo con mayor número de grandes presas en servicio. La idea de utilizar un trasvase desde la cuenca del Tajo a la del Segura se remonta a principios de los años treinta y, de hecho, ya se preveía en el mencionado Plan de Lorenzo Pardo, de 1933. Se convirtió en una obra emblemática, tanto por su ambición de transformar en regadío unas 150.000 hectáreas –en lo que ya empezaba a llamarse la “huerta de Europa”– y el abastecimiento a 2,5 millones de habitantes, como por sus características técnicas: casi 300 km de longitud, relieve complicado que obligó a la construcción de acueductos y túneles, etc.
Se consideraba como la primera infraestructura de un ambicioso plan de trasvases y en su aprobación por el Consejo de Ministros se anunciaba que constituiría la “primera pieza del vasto plan de corrección del desequilibrio hidrográfico nacional que constituye una formidable palanca para el desarrollo socioeconómico de una vasta región española, el sureste, cuya escasez de agua coarta su progreso”. La planificación de esa época preveía, en una primera fase, complementar el trasvase del Tajo con otro desde el Ebro y, en una segunda, diversas conexiones Norte-Duero-Tajo que permitirían suministrar al sureste 4.000 hm3/año.
Esta idea de interconectar todas las grandes cuencas españolas se retomó a mediados de los noventa. En efecto, en 1993, en medio de la severa sequía sufrida en la práctica totalidad del país, el entonces Ministerio de Obras Públicas y Transportes planteó un Plan Hidrológico Nacional que ponía en práctica las previsiones que incorporaba la Ley de Aguas de 1985.
El llamado Plan Borrell, conocido así por ser Josep Borrell el entonces titular del departamento, contemplaba múltiples trasvases que constituían el denominado Sistema Integrado de Equilibrio Hidráulico Nacional (SIEHNA). No solo se proyectaba un trasvase del Ebro a Cataluña y al levante (unos 1.800 hm3/año), sino otros como el del Sil al Duero (780 hm3/año) o el del Duero al Tajo (unos 900 hm3/año). El anteproyecto de ley de este Plan Hidrológico Nacional no llegó a aprobarse por dos razones principales. En primer lugar, no se habían aprobado aún los planes hidrológicos de cuenca que, según la Ley de Aguas, debía coordinar el Plan Hidrológico Nacional. En segundo lugar,
no estaban suficientemente claras las necesidades futuras del regadío en España, ya que no se había podido aprobar, en paralelo, un Plan Nacional de Regadíos.
En 1996, tras las elecciones generales que supusieron la entrada en el Gobierno del Partido Popular, se crea el Ministerio de Medio Ambiente y se relanza el Plan Hidrológico Nacional, que había sido un contenido relevante en las campañas electorales de los dos partidos mayoritarios.
En el recién nacido ministerio, se consideró que una de las razones de que el Plan Hidrológico Nacional no hubiera podido aprobarse en 1995 era la falta de consenso en los datos básicos sobre el agua. Si no había un acuerdo sobre el diagnóstico, difícilmente se podía llegar a un acuerdo sobre las soluciones. Por ello, en 1997, el equipo ministerial encarga al Centro de Estudios Hidrográficos del CEDEX la elaboración de un Libro Blanco del Agua, que recopilara la información básica sobre el agua en España. El Libro finalmente se publicó en el año 2000 y, a partir de los análisis que contenía, el propio CEDEX realizó los estudios técnicos de un nuevo Plan Hidrológico Nacional, que se aprobó por Ley 10/2001, de 5 de julio.
El Plan Hidrológico Nacional de 2001 contemplaba como actuación más relevante un trasvase que partía del Ebro con un ramal hacia Cataluña y otro hacia Valencia, Murcia y Almería. Este trasvase se preveía de 1.050 hm3/año y exigía unas infraestructuras que se valoraron en unos 4.000 millones de euros. Además, el plan incluía varios anejos donde se listaban una serie de obras que se declaraban de interés general (sin valoración económica) y que, en su mayoría, habían sido propuestas en los planes hidrológicos que se habían venido aprobando en un largo proceso de trece años, que se había iniciado con la aprobación de la Ley de Aguas de 1985 y culminado con la aprobación del Real Decreto 1664/1998, de 24 de julio, por el que se aprobaban los planes hidrológicos de cuenca.
El Plan Hidrológico Nacional de 2001, como ya hacía el no aprobado de 1993, partía de la base de que la planificación hidrológica estaba totalmente subordinada a la sectorial, sea esta la agrícola, la energética o la urbanística. En pocas palabras, la planificación económica del país dictaba las necesidades de gestión del agua y la planificación hidrológica se elaboraba en consecuencia.
En 2004, se produce un nuevo cambio de gobierno. El PSOE, ganador de las elecciones, había anunciado en su campaña electoral que derogaría los contenidos del Plan Hidrológico Nacional, en lo referido al trasvase del Ebro, y este compromiso se materializó con la aprobación de la Ley 11/2005, de 22 de junio, por la que se modifica la Ley 10/2001, de 5 de julio, del Plan Hidrológico Nacional.
En realidad, esta modificación del plan no planteaba un cambio en la política territorial que asumían los trasvases, es decir, no reconsideraba la prioridad de mantener, e incluso incrementar, el regadío en el levante español, sino que se modificaba el origen del agua que se consideraba necesaria para ese regadío. La Ley 11/2005 incluye unos anexos de “Nuevas Actuaciones de Interés General” y de “Actuaciones prioritarias y urgentes en las cuencas mediterráneas”, que enumeraban una serie de plantas desaladoras que, en quince años, iban a aportar un volumen de agua anual muy semejante al que movilizaba el derogado trasvase del Ebro. Era el conocido como “Programa AGUA” (Actuaciones para la Gestión y la Utilización del Agua), que preveía una muy ambiciosa política de incremento de la desalación en España y que, a más corto plazo, en solo cinco años, pretendía cuadriplicar la capacidad de desalación. Al respecto, debe tenerse en cuenta que la mejora de las tecnologías de desalación, fundamentalmente la utilización de la ósmosis inversa, había hecho que el gasto medio energético para la producción de un metro cúbico de agua desalada hubiera descendido de los 7 kWh/m3, en 1980, a 5 kWh/m3, en 2000, estando actualmente en unos 3 kWh.
El cambio en las prioridades
En la derogación del trasvase del Ebro, no cabe duda, influyó la entrada en vigor, en diciembre de 2000, de la Directiva Marco del Agua (Directiva 2000/60/CE), traspuesta a la legislación española mediante la Ley de Acompañamiento de los Presupuestos Generales del Estado, aprobada el último día del año 2003.
La clave
El futuro del agua
La política del agua no puede ser estática. Cambia el marco en el que se desarrolla, sus objetivos y los medios para conseguirlos. Debe amoldarse a una sociedad cada vez más exigente en el cuidado del medioambiente y beneficiarse de las nuevas tecnologías que facilitan su evolución.
El primer considerando de esta directiva deja clara su voluntad: “El agua no es un bien comercial como los demás, sino un patrimonio que hay que proteger, defender y tratar como tal”. Su objeto es prevenir el deterioro de las masas de agua y proteger y mejorar el estado de los ecosistemas acuáticos.
La Directiva Marco del Agua obliga al cumplimiento de una serie de “objetivos ambientales” que se resumen en conseguir el “buen estado” de las aguas, a los que deben subordinarse los usos. Es muy estricta en cuanto a la posibilidad de modificar las características hidromorfológicas de los cauces naturales. Por ejemplo, la construcción de una infraestructura en un río o la modificación de su caudal mediante cualquier tipo de aprovechamiento solo es admisible si los motivos de las modificaciones o alteraciones producidas son de “interés público superior” y se demuestra que los beneficios para el medioambiente y la sociedad, que supone el logro de los objetivos ambientales, se compensan por los beneficios de las nuevas modificaciones o alteraciones para la salud, el mantenimiento de la seguridad de las personas o por la consecución de un desarrollo sostenible. También debe demostrarse que estos beneficios asociados a dichas alteraciones de la masa de agua no pueden conseguirse mediante otros medios que constituyan una opción medioambiental significativamente mejor, por motivos de viabilidad técnica o de costes desproporcionados.
Con estas premisas, es claro que la Directiva Marco del Agua cambia por completo la tradicional visión de una política del agua subordinada a otras políticas. Obliga a la compatibilización de los usos del agua con el cumplimiento de los objetivos ambientales. Además, obliga a una gestión del agua mucho más conservacionista desde el punto de vista ambiental y, en definitiva, menos ambiciosa en su vocación de transformación del territorio.
A pesar de que ya han transcurrido más de veinte años desde la entrada en vigor de la Directiva Marco del Agua, sus objetivos distan mucho de haberse conseguido. Según datos de la Comisión Europea y de la Agencia Europea de Medio Ambiente, en 2018, solo el 40% de las masas de agua superficial europeas alcanzaban el buen estado. Este porcentaje era sensiblemente mejor para las aguas subterráneas, que lo hacían en un 70%. En ese mismo año, el porcentaje de masas de agua superficiales en buen estado en España era mejor que el de la media europea, pues alcanzaba un 58%. Sin embargo, con una calidad bastante inferior al resto de Europa, solo lo hacían el 55% de las subterráneas.
Las exigencias de la Directiva Marco del Agua, en todo caso, no impiden la utilización del agua como bien económico, pero establecen claramente unos límites de salvaguarda medioambiental. Este es un concepto que, más allá de Europa, se está extendiendo como “seguridad hídrica”, entendida esta (UNESCO, 2020) como el conjunto de medidas que permiten garantizar el abastecimiento de agua sin comprometer la protección de los ecosistemas, los bienes y las personas. Esta definición es también adoptada por el Departamento de Asuntos Económicos y Sociales de Naciones Unidas para la consecución del Objetivo 6 (agua limpia y saneamiento) de Desarrollo Sostenible de la Agenda 2030. Según Naciones Unidas, la “transición hidrológica” sería el proceso que nos lleva hacia la seguridad hídrica.
En España, la consecución de la seguridad hídrica, el reto de compatibilizar el uso del agua y los requerimientos medioambientales es enorme. Debe tenerse en cuenta que, según los planes hidrológicos de segundo ciclo actualmente en vigor (Ministerio para la Transición Ecológica, 2018), contamos con unos recursos hídricos totales de unos 99.000 hm3/año, a los que se añadirían unos 800, resultado de la suma de los procedentes de la desalación (450 hm3/año) y de la reutilización (unos 350 hm3/año). Estos recursos deben hacer frente a unas demandas cercanas a los 31.000 hm3/año (5.000 para uso urbano, 25.000 para uso agrario y 1.000 para uso industrial). Con ello, el índice medio de explotación en España (porcentaje que suponen las asignaciones de recursos sobre el total) es superior al 30%, pero debe tenerse en cuenta que es un valor medio, con cuencas, como la del Segura, con un índice de explotación del 112% (las demandas que superan a los recursos disponibles en la propia cuenca se satisfacen gracias a la sobreexplotación de los acuíferos y a que son atendidas mediante transferencias del Tajo) o del 87%, en el caso del Júcar.
Y este reto se acrecienta debido al cambio climático. Incluso suponiendo unas demandas que no crezcan en el futuro, los recursos hídricos disminuirán. Según el Plan Nacional de Adaptación al Cambio Climático (PNACC) 2021-2030, las principales tendencias identificadas son el aumento de la evapotranspiración, la disminución de los caudales medios de los ríos y de la recarga de los acuíferos, así como el incremento de las sequías, lluvias torrenciales e inundaciones. De acuerdo con los trabajos desarrollados por el Centro de Estudios y Experimentación de Obras Públicas (CEDEX) y la Oficina Española de Cambio Climático, la disminución prevista de las aportaciones a finales de siglo, considerando escenarios medios, se situará entre el 19% y el 42%, según las demarcaciones hidrográficas, con los valores más altos precisamente en las cuencas más vulnerables, es decir, las del sur, sureste y levante, así como en los territorios insulares.
Necesitamos, en definitiva, aumentar los márgenes de seguridad con los que planificamos la gestión de los recursos hídricos y, al mismo tiempo, poner en práctica medidas de recuperación y conservación de nuestros ríos y acuíferos. Y todo ello teniendo en cuenta, como se ha incidido reiteradamente en este artículo, que la legislación actual restringe la posibilidad de construir nuevas infraestructuras en nuestros cauces, con lo que el esfuerzo inversor para la consecución de la seguridad hídrica deberá centrarse en nuevos campos, que tienen que ir más allá de la construcción de embalses de regulación o de trasvases.
Ahora es más fácil desarrollar estas nuevas áreas de actividad porque nos beneficiamos de unas tecnologías capaces de medir y analizar, con rigor, volúmenes de datos hasta hace poco inmanejables y de unas comunicaciones y sistemas de telemando y control seguros y asequibles. Cada vez somos más capaces de una gestión flexible y adaptativa de los sistemas de explotación que, en cada cuenca hidrográfica, vinculan los recursos hídricos a las demandas. Vamos, en efecto, hacia una gestión que integre las distintas fuentes de agua disponibles –superficiales, subterráneas, desalación, reutilización– y que las gestionen en función de las demandas y las condiciones meteorológicas y ambientales.
Es evidente que el esfuerzo inversor en estas nuevas infraestructuras deberá acompañarse de medidas legales, institucionales y administrativas. Solo a modo de ejemplo, si vamos a integrar las distintas fuentes de recursos hídricos y a adaptar su gestión a las necesidades en tiempo real, ya no es asumible un sistema concesional como el actual, donde las demandas de agua se sobrevaloran porque, en muchos casos, responden a la suma de unos derechos adquiridos por los usuarios hace decenios. No se debe seguir planificando dando por inamovibles unas concesiones de agua que ni tuvieron en cuenta el obligado cumplimiento de los objetivos ambientales que impone la Directiva Marco del Agua ni, en ningún caso, la reducción en la disponibilidad de los recursos que causa el cambio climático.
Esta idea de interconectar todas las grandes cuencas españolas se retomó a mediados de los noventa. En efecto, en 1993, en medio de la severa sequía sufrida en la práctica totalidad del país, el entonces Ministerio de Obras Públicas y Transportes planteó un Plan Hidrológico Nacional que ponía en práctica las previsiones que incorporaba la Ley de Aguas de 1985.
El llamado Plan Borrell, conocido así por ser Josep Borrell el entonces titular del departamento, contemplaba múltiples trasvases que constituían el denominado Sistema Integrado de Equilibrio Hidráulico Nacional (SIEHNA). No solo se proyectaba un trasvase del Ebro a Cataluña y al levante (unos 1.800 hm3/año), sino otros como el del Sil al Duero (780 hm3/año) o el del Duero al Tajo (unos 900 hm3/año). El anteproyecto de ley de este Plan Hidrológico Nacional no llegó a aprobarse por dos razones principales. En primer lugar, no se habían aprobado aún los planes hidrológicos de cuenca que, según la Ley de Aguas, debía coordinar el Plan Hidrológico Nacional. En segundo lugar,
Además, será preciso modificar por completo el régimen financiero de la Ley de Aguas y tender hacia unos precios variables en función de las condiciones, que aseguren las exigencias legales de la Directiva Marco del Agua en cuanto a la obligada recuperación de costes y a la aplicación del principio de “quien contamina paga”.
Por supuesto, habrá que adaptar la actual Dirección General del Agua y las confederaciones hidrográficas, donde la clásica estructura de funcionamiento de separación entre oficina de planificación, comisaría y dirección técnica deja de tener sentido, y dotarlas de los suficientes medios, tanto tecnológicos como humanos.
A modo de conclusión
Como se ha dicho al principio de este artículo, el mundo del agua es complejo y no existen soluciones únicas y permanentes. La política del agua debe cambiar con los tiempos, adaptarse a las nuevas prioridades que le exige una sociedad más exigente en el cuidado del medioambiente y beneficiarse de las nuevas tecnologías que facilitan esa evolución.
En España, no podemos dejar de lado que la legislación europea, y concretamente la Directiva Marco del Agua, exige el buen estado de las masas de agua y eso hace que, a diferencia del pasado, donde la política del agua se subordinaba a otras políticas sectoriales, sean ahora las políticas sectoriales las que se deban subordinar a la ambiental. No es una opinión política, es una exigencia legal a escala europea en concordancia con las demandas de los ciudadanos.
La época de las grandes obras, de las grandes planificaciones del siglo pasado –que, apoyadas en infraestructuras hidráulicas, modificaban el territorio a costa de impactos en el medioambiente– no es ni deseable ni viable actualmente en un país desarrollado.
La época de las grandes obras, de las grandes planificaciones del siglo pasado, no es ni deseable ni viable actualmente en un país desarrollado
La gestión del agua, entre otros, incluye aspectos relacionados con la ética, la legislación y las relaciones institucionales y la definición clara de los roles y responsabilidades de todos los que participan en ella. Por eso, los problemas del agua no son solo una cuestión de enfoque técnico, ingenieril o científico. Es cada vez más necesario plantearse cuestiones transversales que exigen amplitud de miras. Únicamente así llegaremos a un punto en el que podamos garantizar que el agua no supone un obstáculo ni para el desarrollo económico ni para la preservación del medioambiente. Será la mejor manera de asegurar el interés general en España que, no lo olvidemos, es pionera en la consideración del agua como como dominio público.
Referencias
1
Centro de Estudios Hidrográficos del CEDEX (2003). La casa del agua. 40 años a orillas del Manzanares.
2
European Comission (varias fechas, desde 2003). Common Implementation Strategy for the Water Framework Directive (2000/60/EC). Guidance Documents.
3
European Environment Agency (2018). European waters. Assessment of status and pressures 2018. EEA Report 7/2018.
4
Ministerio de Medio Ambiente (2000). Libro Blanco del Agua en España.
5
Ministerio de Medio Ambiente (2001). Plan Hidrológico Nacional: Análisis de los sistemas hidráulicos, Análisis Ambientales, Análisis Económicos, Análisis de antecedentes y transferencias empleadas, Delimitación y asignación de recursos en acuíferos compartidos.
6
Ministerio de Obras Públicas y Transportes (1993). Memoria del Plan Hidrológico Nacional.
7
Ministerio para la Transición Ecológica (2018). Síntesis de los planes hidrológicos españoles. Segundo Ciclo de la DMA (2015-2021).
8
Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico (2020). Plan Nacional de Adaptación al Cambio Climático (2021-2030)
9
Alberto Garrido y M. Ramón Llamas, editores de la publicación (2010). (varios autores) Water Policy in Spain. CRC Press/Balkema.
transferencias empleadas, Delimitación y asignación de recursos en acuíferos compartidos.
10
Programa Hidrológico Internacional de la UNESCO (2020). La seguridad hídrica y los objetivos de desarrollo sostenible. PHI VIII. Documento técnico 42.
11
Donald A. Wilhite, editor de la publicación (2005). (varios autores) Drought and water crises. Science, Technology and management issues. CRC Press/Taylor and Francis.