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Coyuntura

Ideas básicas sobre la gestión del agua en fenómenos punta

Ángel Gil Moreno

Ingeniero de caminos, canales y puertos, colegiado de la Demarcación de Madrid.

Manuel Romana García

Ingeniero de caminos, canales y puertos, colegiado de la Demarcación de Madrid.

©Sarah Sheedy

Ante cualquier acontecimiento mediático, surgen opiniones en todas las direcciones. Cada persona, basándose en sus conocimientos, propone una solución basada en un esquema de razonamiento único que, en su opinión, prevendría todos los problemas ocurridos. Casi siempre se critican y excluyen otros planteamientos: se cae en el pensamiento único, el cual, al mismo tiempo, se suele atribuir a cualquiera que proponga otras soluciones complementarias o alternativas. El caso de la DANA y de las subsiguientes inundaciones en el sur del área metropolitana de Valencia no es una excepción.

Estamos presenciando una avalancha de información y debates a todos los niveles sobre cómo prevenir la próxima inundación. Las soluciones propuestas son tan variadas como creativas: se propone limpiar los cauces, pero también dejarlos intactos; construir presas y evitarlas; crear llanuras de inundación; implementar Sistemas Urbanos de Drenaje Sostenible (SUDS); eliminar barrios enteros construidos hace siglos, muchas veces reconstruidos tras otras inundaciones; instalar estanques de tormenta; construir túneles y colectores de saneamiento de gran diámetro…

Pero ¿cuál es la solución? La respuesta es que todas lo son. Exceptuando alguna idea descabellada, todas ellas contribuyen a la gestión del agua. Desafortunadamente para las discusiones familiares, no existe una solución única que resuelva el problema de manera definitiva en todos los casos ni que sea capaz de zanjar este debate entre cuñados.

¿Y esto no es contradictorio? ¿Cómo se puede recomendar limpiar y no limpiar a la vez, o construir presas y no hacerlo? La respuesta está en gestionar. Gestionar bien es poner, quitar, cambiar, mejorar y avanzar sin eliminar soluciones técnicas por planteamientos ideológicos. Por eso, sí: es posible tener varios planteamientos a la vez y elegir las soluciones en función de lo que queramos prevenir. No es lo mismo una avenida de 900 m³/s que una de 5000 m³/s. Ni tampoco es comparable la lluvia sobre una ciudad con la que cae sobre toda una cuenca y converge en un solo cauce.

Por lo tanto, la solución adecuada variará en cada caso. Será necesario estudiar la topografía, la geología, la distribución del territorio, el uso del terreno, el espacio disponible y la cercanía del mar. Todo se definirá en función de las previsiones de lluvias.

A modo general, podemos establecer algunas pautas. En la cabecera de los arroyos, en las zonas montañosas, es posible fomentar una vegetación arbórea que desarrolle un bosque. Esta medida permite retrasar la llegada del agua al cauce. En caso de lluvias leves, reduce el volumen de agua. Cuando las precipitaciones son intensas, aunque no disminuye significativamente el volumen, sí retrasa su flujo. En ambos escenarios, la vegetación cumple una función adicional: sujetar el terreno y proporcionar otros beneficios ecológicos.

En pequeños cauces de montaña podemos ralentizar el flujo del agua favoreciendo la vegetación, si crece, y disponiendo pequeñas presas de retención de sedimentos. Estas presas actúan, en un primer momento, laminando el agua, esto es, reteniéndola y dejando pasar menos que la que le llega. En el proceso, gran parte de los sedimentos arrastrados decantan, y otros elementos, como rocas o ramas, son retenidos. Cuando se saturan, se produce un efecto de reducción de la pendiente del terreno que conlleva una reducción de la velocidad de la escorrentía. Así se producen menores arrastres y un retraso de la incorporación de esa escorrentía al río.

¿Vegetación en la ribera? Sí. Permitamos que la naturaleza se exprese, creando parajes incomparables. Pero con control. En los cauces no se debe permitir el crecimiento de vegetación débil que, durante grandes avenidas, pueda ser arrancada por la elevada velocidad del agua y entrelazarse, causando así obstrucciones en las infraestructuras. Esto puede ocurrir al llegar la avenida a los puentes; ahí la vegetación puede retener el agua provocando un aumento del calado y de la presión hasta que la estructura cede. Lo mismo sucede en las presas, donde se puede reducir la capacidad del aliviadero y provocar así su desbordamiento.

Ambos fenómenos parecen haber ocurrido en el reciente episodio de Valencia, aunque esto se verá con un análisis sosegado, cuando la recuperación esté avanzada y en curso. Por ahora, los juicios sobre este episodio —de una dimensión absolutamente excepcional, eso está claro ya— es mejor que esperen. Ahora hay que ayudar si se puede, acompañar a quienes lo han sufrido en sus carnes, o callar. Aquí hablamos de la gestión de cauces para limitar las consecuencias de una avenida y de tormentas importantes en términos generales.

En la zona baja del río debemos establecer un equilibrio entre evitar la construcción en áreas potencialmente inundables y desarrollar nuestras poblaciones en lugares habitables y fértiles para la agricultura. El desafío está en qué hacemos con lo que ya está construido en esas zonas. Y la respuesta creemos que es evidente: es imprescindible actuar para proteger lo construido y a las personas que viven allí.

©Manuel Romana

En ocasiones se construyen motas, esto es, unas elevaciones del terreno en los laterales del cauce que previenen su desbordamiento. Tienen su utilidad y deben emplearse en ciertos casos. Sin embargo, presentan el inconveniente de que pueden prolongar la duración de la inundación si, una vez sobrepasadas, impiden que el agua regrese al cauce cuando baje la avenida. Por esto las motas son más útiles, en general, en zonas agrícolas, sobre todo si la llanura de inundación es muy grande y hay cultivos y algunas construcciones, y si se disponen en tramos intermitentes.

Para proteger zonas frente a la inundación, podemos construir presas en el cauce medio, que pueden generar un embalse o no hacerlo. Un embalse nos permite utilizar el agua retenida para riego o consumo. Alternativamente, diseñamos «presas agujero», cuyo nombre es bastante descriptivo, ya que tienen una abertura permanente a la altura del cauce para el flujo normal del agua. Durante una avenida, el exceso de agua se retiene, inundando una zona controlada. Así evitamos que pasen caudales excesivos al tramo inferior.

En caso de lluvias menores, podemos implementar capas adicionales de protección. Se pueden crear espacios diseñados para inundaciones controladas con capacidades de unos 50 000 m³. Para contextualizar, el 29 de octubre se estima que por el barranco del Poyo fluyeron caudales de 3000 m³/s. Con este flujo, un tanque de inundación se llenaría en 17 segundos. Con todo, estos espacios son muy efectivos cuando se dan crecidas pequeñas, aunque dejan de contribuir muy pronto en caso de grandes inundaciones.

Cuando la ciudad ya está construida, el agua que la atraviesa debe evacuarse lo más rápidamente posible, ya que detrás viene más agua. Si reducimos su flujo con estructuras de ralentización o vegetación, inevitablemente aumentará el nivel, lo que provocará que el cauce desborde e inunde una superficie mayor, causando más daños. La única forma de acelerar el flujo del agua es canalizarla y hormigonar. El objetivo es reducir el coeficiente de fricción del agua con el canal, puesto que no podemos modificar la pendiente existente. Esta canalización, ciertamente, acelera el agua. ¿Esto puede causar erosión? ¡Por supuesto! Por ello, es fundamental controlar con esmero los materiales utilizados y proteger la base de los taludes laterales y, probablemente, reparar los daños tras grandes avenidas.

Una vez que el agua ha pasado la población, pueden darse dos escenarios: que haya campo o que haya mar. Si hay mar, el problema se resuelve —el agua debe llegar al mar lo más rápido posible. Si hay campo, intentaremos ensanchar el cauce aprovechando zonas inundables a ambos lados, si es factible, para reducir la velocidad.

Naturalmente, el interior de los canales debe mantenerse completamente libre de todo tipo de construcción. Como se ha visto, estas interfieren en el flujo de agua, y cuando llegue la avenida no respetará ni casas ni campos de fútbol.

©Manuel Romana

En los cauces se debe controlar cuidadosamente el crecimiento de vegetación débil

Lo que resulta increíblemente difícil es —como algunos proponen alegremente— eliminar viviendas y construcciones que ya están en el cauce. Basta con ver los casos de Riaño, de las viviendas en la costa, de intervenciones públicas en la construcción de embalses para comprobar que la gente está muy apegada a su vida, a su entorno y a sus viviendas. Y que gestiona su riesgo a largo plazo. Quienes deciden tras una inundación que la solución es mudarse, lo hacen. La mayoría prefiere quedarse donde está y recuperarse.

Desde luego, un episodio de la magnitud del sufrido en octubre de 2024 no es la situación de partida. La llanura valenciana lleva habitada literalmente desde siempre y de forma continua; es un entorno en el que, como cuentan las crónicas, las DANA y las gotas frías son frecuentes. Y siempre se recupera, gracias más al enorme trabajo de sus gentes que a su suerte.

¿Y los SUDS? ¿Y las tuberías de drenaje? Bien, estas son soluciones para proteger la ciudad frente a la lluvia, no frente a una avenida que viene por un cauce. Cuando llueve sobre una ciudad, la cantidad de agua recogida es limitada porque la cuenca es muy pequeña. Por ejemplo, en toda la red de Canal de Isabel II de Madrid hay tanques de tormentas con una capacidad total de 1 370 250 m³. Con el caudal que bajaba por la rambla del Poyo, se habrían llenado todos estos tanques en poco más de 7 minutos.

©Manuel Romana

Siguiendo con la red de Madrid (ya que es la más grande de España), las 155 depuradoras que tiene el Canal en funcionamiento tienen capacidad para tratar 3,20 hm³ de agua al día. En el reciente episodio de Valencia, el barranco del Poyo transportaba esa misma cantidad cada 17 minutos y 47 segundos. Y el episodio duró varias horas. En resumen, los sistemas urbanos son eficaces y están bien diseñados, pero, abordan un problema distinto al de las avenidas de un río.

Como conclusión, todas las soluciones propuestas tienen su mérito. Conviene ser escéptico ante afirmaciones categóricas sobre la ineficacia o inutilidad de alguna de ellas. Cada solución está diseñada para abordar un problema específico, y los desafíos relacionados con las inundaciones y lluvias torrenciales son diversos.

Inevitablemente, la respuesta óptima en cada situación será una combinación compleja de diversas acciones, adaptada a las circunstancias particulares. El secreto es gestionar: considerar la meteorología regional y local, las cuencas, los cauces, la vegetación local, las infraestructuras, las ciudades y los pueblos existentes. Gestionar es quitar y poner, modificar, mejorar.

Hay que aprovechar todo lo que sabemos, buscando soluciones de amplio consenso, no solo entre técnicos, sino especialmente en las poblaciones afectadas.

¿Y la ciencia? La ciencia describe los fenómenos, sus causas, condiciones y consecuencias. La técnica, desde luego multidisciplinar, usa esos conocimientos para gestionar.Ninguna solución real se ha dado con la intervención exclusiva de científicos, sino, en general, con la contribución de comités de técnicos y representantes de los ciudadanos.

Un abrazo a toda Valencia y, en especial, a las poblaciones que ha sido castigadas por este episodio. Ojalá, con la ayuda de todos, podamos viajar pronto a esa zona, ya recuperada por completo.

Parafraseando a Pablo Milanés: «Yo pisaré las calles nuevamente de lo que fue una huerta ya arrasada, y en su bella ciudad recuperada podré bailar y llorar a sus ausentes».

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