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Le Corbusier, la ingeniería y los ingenieros

Cien años de 'Hacia una arquitectura'

José Ramón Navarro Vera

Ingeniero de caminos, canales y puertos.

“Estamos en el siglo de la máquina. ¿Qué es la máquina? Es una creación de la mayor pureza, fiel a su misión que es la de producir, sus actos se repiten con la misma exactitud y con la misma eficiencia. Hay una ética de la máquina, ética de la honradez, de la integridad, de la exactitud, de la obediencia: la máquina es un sirviente fiel. Pero estas funciones aportan una manifestación del espíritu que es la estética”.

Le Corbusier, Sur les quatre routes, 1939

Le Corbusier (1887-1965), durante una conferencia de 1961, utilizando los croquis de diseño. Le Corbusier fue uno de los arquitectos de primera generación.

Acaban de cumplirse los cien años de la publicación de Vers une architecture ( Hacia una arquitectura, 1923), el primer libro de Le Corbusier y uno de los más influyentes, pero también, como ha escrito Reyner Banham, uno de los menos comprendidos. En ese ensayo, su autor pretendía dar respuesta a una cuestión central: ¿qué papel debía asumir la arquitectura en un mundo dominado por la nueva civilización técnica que se extendía imparable en Occidente? Para Le Corbusier, el mundo había entrado en una nueva etapa de la civilización, la era de la máquina, y la arquitectura debía dar formas materiales a las nuevas formas de vida individuales y colectivas, públicas y privadas, que implicaba aquella: «Nuestro mundo exterior se ha transformado formidablemente en su aspecto y en su utilización por causa de la máquina. Tenemos una óptica y una vida social nueva, pero no hemos adaptado la casa a ellas».

El año anterior a la publicación de ese libro había salido a la luz La decadencia de Occidente, de Oswald Spengler, una obra que tuvo un gran eco en la que su autor sostiene que la «civilización» es un producto de la técnica que se impone sobre la cultura disolviéndola. Le Corbusier no comparte esa visión dual entre civilización y cultura, como deja claro en Hacia una arquitectura: «Las civilizaciones avanzan. Dejan atrás la época del campesino, del guerrero y del sacerdote, para llegar a lo que se llama en justicia la cultura. La cultura es el resultado de un esfuerzo de selección. Seleccionar significa descartar, podar, limpiar, hacer salir desnudo y claro lo Esencial».

En realidad, este libro es una recopilación de textos e imágenes que ya habían sido publicados en la revista L’Esprit Nouveau, fundada por Charles Edouard Jeanneret —que todavía no se llamaba Le Corbusier—, su amigo el pintor Amédée Ozenfant, y el poeta Paul Dermée. La revista, que tenía como subtítulo Revista internacional de Estética, comenzó a publicarse en 1920 con una periodicidad mensual. El título lo aportó Dermée recogiendo una idea de Apollinaire, que Stanislaus Von Mooss, biógrafo de Le Corbusier, expresa así: «[L´Esprit Nouveau] evoca la visión poética de una síntesis de las artes que englobaría al conjunto de los fenómenos visuales y auditivos del mundo moderno».

En las primeras décadas del siglo XX surge la noción de «Manifiesto» que, a diferencia del «Tratado» —que tiene su origen en el Renacimiento— ya no incluye un contenido dirigido a construir o proyectar, sino que ahora se trata de un texto crítico, que expresa una ruptura con la tradición anunciando una utopía moderna. Hacia una arquitectura es el primer manifiesto de la arquitectura moderna. El libro de Le Corbusier es un discurso que aborda la necesidad de reconciliar la arquitectura con la máquina y la cultura que se está creando en torno a ella. Su autor subraya que las leyes de la tecnología y las de la arquitectura, fundadas en la geometría clásica, no son contradictorias: «La mecanización no pone en peligro las leyes clásicas de la arquitectura, sino que las fortalece».

Este artículo es una reflexión sobre la relación entre arquitectura e ingeniería en el periodo de entreguerras, una época en la que se cimentaron las bases de la cultura moderna. El debate entre ambas disciplinas no ha perdido vigencia con el tiempo. Recordemos, entre otros, la publicación en 2017 del libro de Carlos Nárdiz Entre la arquitectura y la ingeniería 6+6, o el ciclo de conferencias sobre este tema en el Colegio de Arquitectos de Madrid, publicadas en 2007. El texto de este artículo recoge la intervención de su autor en un coloquio organizado por el Colegio de Arquitectos de Alicante en octubre de 2023 con motivo del centenario de Hacia una arquitectura.

Portada del primer número de L'Esprit Nouveau (1920). Fuente: Elenusqui, via Wikimedia Commons.

Temas esenciales

El crítico de arquitectura Reyner Banham distingue en el libro de Le Corbusier dos temas centrales, el académico y el mecanicista, en función de cuál sea el que tratan sus páginas. El capítulo mecanicista por excelencia es el titulado «Ojos que no ven» que, con una profusión de imágenes, está dedicado a los paquebotes, aviones y automóviles; entre esas imágenes, las más impactantes para los lectores de la época debieron de ser las que exponen la evolución de las formas de los templos de Paestum y del Partenón, relacionándolas con los cambios en el diseño de dos automóviles, un Humber de 1907 y un Delage de 1921, y que vienen acompañadas de esta afirmación: «Esta precisión, esta limpieza de ejecución, se remontan mucho más allá de nuestro renaciente sentido mecánico. Así lo sentía Fidias; lo atestigua el cornisamiento del Partenón». La fascinación de Le Corbusier por el mundo de la máquina estaba unida al de la industria moderna, representada por dos figuras que admiraba: Henry Ford en la práctica empresarial, y el ingeniero Frederick Taylor en lo organizativo. En su libro leemos: «La gran empresa es siempre un organismo sano y moral». Para él la noción de «construir» está asociada a la de «fabricar»; por eso en sus páginas se aporta tan gran cantidad de imágenes de productos mecánicos y tan poca de obras de construcción de ingeniería civil.

Los capítulos mecanicistas comienzan por el que lleva por título «Estética del ingeniero, arquitectura» en el que se ensalzan las virtudes de la ingeniería y del ingeniero y la necesidad de incorporarlas a una arquitectura decadente: «Estética del ingeniero, arquitectura, dos entes solidarios, consecutivos, el uno en pleno desarrollo, el otro en penosa regresión ». Más adelante añade: «Los ingenieros son sanos y viriles, activos y útiles, morales y alegres. Los arquitectos son desencantados y desocupados, charlatanes o taciturnos. Dentro de poco no tendrán nada que hacer. No tenemos ya dinero para sostener los recuerdos históricos. Necesitamos lavarnos».

Sin embargo, para Le Corbusier la raíz de la distinción entre arquitectura e ingeniería se encontraba en que, si bien era cierto que el resultado del trabajo del ingeniero producía formas armónicas, eran creaciones fundadas en el cálculo y en la economía, y no en el espíritu: «Las proporciones son la piedra de toque del arquitecto. Este se revela artista o simple ingeniero». En un artículo de 1927 titulado Donde está la arquitectura se lamentaba de que su aforismo «La casa es una máquina de habitar» —enunciado en Hacia una arquitectura— había sido mal interpretado por algunos arquitectos a los que los nuevos medios técnicos los habían llevado a adoptar «una tarea de mecánico, el arquitecto se hace ingeniero» .

Páginas 124 y 125 del libro Hacia una arquitectura de Le Corbusier, en las que se plasma la evolución de las formas de los templos de Paestum y del Partenon, relacionándolas con los cambios en el diseño de dos automóviles, un Humber de 1907 y un Delage de 1921.
Ejemplo de uno de los sketches de Le Corbusier. Siempre llevaba libretas en las que anotaba observaciones, cálculos, dibujos de trabajos, obras y proyectos. Su pensamiento aborda la arquitectura a diferentes escalas: desde la vivienda hasta el urbanismo, trabajando en una arquitectura lo más cercana posible al mundo y a las necesidades modernas.

Le Corbusier veía a los ingenieros como «nobles salvajes», capaces de crear obras que «satisfacen nuestros ojos» sin ser conscientes de ello. En otro de sus artículos de esa misma época, contaba que durante una visita a una presa en construcción en los Alpes acompañado de un amigo poeta habían contemplado entusiasmados esta obra, «una de las más bellas de la técnica», que refleja «el esfuerzo combinado de la razón, la invención, el ingenio y la temeridad». Pero tuvieron «la desgracia de comunicar nuestro entusiasmo a los ingenieros que nos acompañaban por la obra: no conseguimos más que despertar su risa y sus burlas (…) Estos hombres, que, sin embargo, manejan lo positivo, lo lógico y lo práctico, eran totalmente distintos a nosotros por su mismo estado de espíritu: habituados a concebir y ejecutar obras de cálculo puro, se nos revelaron incapaces de imaginar, en un terreno distinto al suyo, las consecuencias de su propia actividad; se habían quedado en hombres de otro tiempo». Esta presa no fue la única obra de ingeniería civil que le produjo gran emoción a Le Corbusier, también la experimentó cuando visitó los hangares de Orly, que Eugène Freyssinet estaba construyendo en Paris, incluyendo imágenes de esa obra en su libro.

Arquitectura y construcción

A finales del siglo XIX el ingeniero civil europeo asumía un reparto de funciones con los arquitectos, de modo que el primero se hacía responsable de la parte constructiva de la obra con el criterio formal de que reflejase sin engaños la legibilidad resistente, mientras que la componente estética la aportaba el arquitecto, un papel que, para muchos ingenieros, se limitaba a la ornamentación. (Uno de los ingenieros que practicó en su puentes esa dicotomía entre arquitectura e ingeniería fue José E. Ribera). Le Corbusier contaba una anécdota de su paso por la Escuela de Bellas Artes de París que tiene interés para entender la dualidad entre arquitectura y construcción, y cómo esta última se concebía a comienzos del siglo XX. Tenía un profesor de Construcción que «torturaba a todo el anfiteatro con kilómetros de fórmulas de altas matemáticas, una andanada de conocimientos para cerebros fuertes, un fuego cerrado, un tornado. Nadie entendía nada. Un día enfermó y fue sustituido por el ingeniero jefe de las obras del ferrocarril subterráneo. ‘Señores, ya que solo tendré el honor de ocupar esta cátedra durante una quincena, les hablaré, si les parece bien, del cemento armado’ ¡Oh, qué alboroto! ‘¡Ah, no, nos está tomando por simples maestros de obras!’. El profesor aturdido, desamparado, descubre una tabla de salvación: ’Bien señores, les hablaré del ensamblado de las maderas en las catedrales góticas’. Arrobamiento, renace la calma».

Página de Hacia una arquitectura con una imagen del viaducto de Garabit, de Gustav Eiffel.

Para Le Corbusier, la construcción estaba ligada a la arquitectura, pero no parece que, para él, aquella fuese mucho más allá de lo instrumental. Alfred Roth, el arquitecto que dirigió la construcción de las dos viviendas que el primero proyectó en la Weissenhof de Stuttgart, manifestaba en 1927 que Le Corbusier era un arquitecto que en su obra se muestra más «como artista que como constructor […]. Para él, la construcción siempre es un medio para alcanzar el fin de la formalización arquitectónica»; como sostiene en Hacia una arquitectura: «la construcción tiene la misión de afirmar algo, la arquitectura se propone emocionar».

El mismo año en que se publica el libro que comentamos aparece Eupalinos o el arquitecto, de Paul Valéry, según T. S. Eliot, uno de los poetas más representativos de la primera mitad del siglo XX. Eupalinos se desarrolla como un diálogo imaginario entre Sócrates y Fedro, personajes que representan las ideas de verdad y de belleza en los diálogos platónicos. En este texto, uno de los más bellos escritos sobre el arte de construir, la arquitectura y la ingeniería aparecen fundidas en la figura de Eupalinos, un constructor de templos, puertos o barcos que vivió en Coyuntura Le Corbusier, la ingeniería y los ingenieros Grecia en el siglo VI a. C. Le Corbusier conocía esta obra y la elogiaba: «[Paul Valéry] ha sentido y traducido admirablemente muchas de las cosas muy profundas y muy puras que siente el arquitecto cuando crea».

Valéry era un poeta que no distinguía entre la construcción de un poema, un puente o un edifico. Cuando le preguntaron por el significado de su poema El cementerio marino (1920) contestó que no lo había escrito con la pretensión de decir algo: «no he querido decir, sino querido hacer» (el subrayado es del autor de este artículo). ¿No es esta, salvando las distancias, la misma posición del ingeniero moderno que construía un puente ciñéndose en sus formas a la verdad de las leyes de la materia y de la naturaleza? ¿No tiene el mismo sentido la respuesta que da Valéry que la que da un sorprendido Freyssinet ante los elogios que reciben sus hangares de Orly, entre ellos del mismo Le Corbusier? «Si he hecho arquitectura ha sido sin saberlo ni quererlo». Una respuesta que no implicaba indiferencia de la calidad estética de las obras de ingeniería, como sostenía el mismo Freyssinet: «Un constructor sin pasión y sin coraje buscará ejemplo en la costumbre, en los manuales, para dejar cubierta su responsabilidad, y sus decisiones serán extrañas a su sensibilidad. Una obra así concebida no provocará ninguna emoción: será una obra aburrida y sin brillo. En cualquier actividad, para que se puedan realizar obras capaces de emocionar, basta, por modesta que sea la tarea a emprender, fijarse un ideal de perfección y esforzarse en alcanzarlo, con el corazón liberado de toda preocupación y con todas las fuerzas del alma».

Hangares de Orly (1921-1923). Proyectados y construidos por Eugène Freyssinet, impresionaron y emocionaron a Le Corbusier cuando los visitó y a partir de ahí descubrió las posibilidades que ofrecía un nuevo material: el hormigón armado. Freyssinet propuso un proceso que posteriormente sería muy utilizado en gran parte de la construcción estructural tanto de edificios como de obra civil contemporánea: El hormigón armado vertido sobre encofrados reutilizables y fácilmente desmontables sobre los que se colocan las armaduras necesarias para la tracción de los elementos portantes. Todo un invento revolucionario.

En su libro, Le Corbusier parece conocer mejor el mundo de los nuevos productos de la industria que los de la ingeniería civil. En sus páginas solo se encuentra una imagen de una obra de Eiffel, el Garabit, y una de los citados hangares de Freyssinet. No sabemos si conocía a su compatriota, el ingeniero suizo Robert Maillart, constructor desde principios de siglo de puentes de hormigón armado estéticamente muy innovadores. Maillart es el prototipo de ingeniero civil moderno que asume una nueva cultura estética en sus obras con argumentos que nos recuerdan a los de Le Corbusier en el libro que comentamos. «Ahora, el ingeniero quiere liberarse de formas dadas por la tradición para llegar con toda libertad a la utilización más ventajosa y más perfecta de la materia. Alcanzaremos, como ocurre con los coches o los aviones, un estilo nuevo, conforme a un material nuevo. Podrá producirse entonces que el gusto del público se afine hasta el punto que los puentes tradicionales sean juzgados de la misma manera que un coche de comienzos de siglo».

Le Corbusier tenía razón cuando presentaba en su libro a los ingenieros como unos profesionales seguros de su oficio, innovadores en nuevos materiales, métodos de construcción y conocimiento estructural, pero, en general, no conscientes de que estaban contribuyendo a una transformación cultural en el ámbito de las formas construidas. Pero también es cierto que en esa época estaban apareciendo ingenieros como Maillart, que sí eran conscientes de su capacidad creativa y del papel cultural de la ingeniería. Es el mismo espíritu que anima a otras grandes figuras de la ingeniería moderna del periodo de entreguerras, como Freyssinet, Nervi o Torroja. Una ingeniería de la que José A. Fernández Ordóñez decía: «Es un paréntesis utópico que introduce lo poético frente a la dureza de lo estrictamente funcional y la brutalidad de lo económico»

Portada de la edición de 1978 de Hacia una arquitectura, en la que aparece el pabellón Philips de la Expo de Bruselas de 1958, proyecto de Le Corbusier y del ingeniero civil Iannis Xenakis.

Maillart es el prototipo de ingeniero civil moderno que asume una nueva cultura estética en sus obras

Nota

Este texto se enmarca dentro del proyecto Análisis y definición de estrategias para la caracterización, recuperación y puesta en valor del patrimonio de la Obra Pública. Una aproximación desde la escala territorial (PID 2019-105877RA-100).

Convento de Santa María de La Tourette (Éveux, Francia) Ejemplo de cómo la utilización de nuevos materiales, nuevos métodos de construcción y conocimiento estructural, dieron paso a una transformación cultural en el ámbito de las formas construidas.

Referencias

1

Banham, Reyner. Teoría y diseño arquitectónico en la era de la máquina. Nueva Visión. Buenos Aires.

2

Bill, Max (1955). Robert Maillart. Girsberger. Zúrich.

3

Fernández Ordóñez, Jose. A. (2022). Eugène Freyssinet. Cinter. Madrid.

4

Le Corbusier (1978). Hacia una arquitectura. Poseidón. Barcelona.

5

Le Corbusier (1983). El espíritu nuevo en arquitectura. Colegio de Aparejadores y Arquitectos Técnicos de Alicante.

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