[pms-logout text="Bienvenido, {{meta_user_name}}" link_text="Salir"]
César Lanza Suárez
Historiador del arte. Ingeniero de caminos.
Las gafas de Le Corbusier, viendo las notas de su conferencia en París, “La habitación moderna”. De la serie Entre lo visible y lo invisible, 2003. © Tomoko Yoneda
Las fotografías de Tomoko Yoneda causan en el espectador un influjo potente y cautivador
La hipersaturación de la iconosfera es una de las singularidades más señaladas de los tiempos que corren, tal es la cantidad de imágenes artificiales que se producen y transitan multiplicadas en toda suerte de formatos, medios y procesos. No es posible hoy día ni siquiera hacerse una idea aproximada del orden de magnitud del fenómeno que, desde la aparición de las modernas técnicas reprográficas, -no digamos el frenesí de ahora a través de lo digital-, se escapó para siempre del control de los artistas: la circulación de imágenes.
La primacía de lo visual sobre otras formas de expresión y de Internet como medio tecnológico de comunicación, han devenido con el paso del tiempo los signos más elocuentes de la cultura de masas en que nos hallamos inmersos. Conjeturaba hace ya más de medio siglo Umberto Eco –entonces semiólogo y no aún literato-, en una obra suya desde entonces clásica de los estudios sobre los medios, cuál sería el efecto de la TV, que empezaba a generalizarse en los hogares europeos en aquellos años, sobre el arte hasta entonces más moderno y accesible al público en general: la cinematografía. Eco alertaba sobre las consecuencias culturales de la banal y cotidiana universalidad televisiva sobre el valor percibido socialmente de la singularidad más laboriosa y elevada del séptimo arte. La ingesta de imágenes fabricadas y teleportadas entre unos y otros es ahora algo parecido a aquel “pan nuestro de cada día” de la oración católica por antonomasia; que no nos falte dirá la mayoría. Por esta razón sorprende que las fotografías que muestra actualmente la Fundación Mapfre de Madrid, de la artista japonesa Tomoko Yoneda -inédita hasta ahora en nuestro país-, causen sobre el espectador un influjo potente y cautivador. ¿Puede aún emocionar el arte de la fotografía?
La fotógrafa Tomoko Yoneda nació en el año 1965 en la ciudad de Akashi –satélite de Köbe-, referencia geográfica conocida quizá por algunos ingenieros por ser su nombre epónimo del puente colgante que une las islas de Hönsu y Awaji, récord mundial de luz dentro de esta tipología (proyecto de Satoshi Kashima, inaugurado en el año 1998). Yoneda estudió fotografía en Chicago y más tarde se trasladó al Royal College of Art en Londres, ciudad en la que reside. Es una artista que trabaja en un rango amplio de zonas y países de distintos continentes, principalmente Europa, Sudamérica y desde luego también en su propio Japón natal. El objeto fotografiado es con frecuencia un lugar escogido deliberadamente, enclave geográfico al que en ocasiones acompañan muestras de la comunidad que lo habita, seleccionadas por la significación de algún acto que allí se realiza y retrata.
Aparte de su excelencia técnica como fotógrafa y de la sensibilidad con que tradicionalmente los artistas japoneses contemplan el mundo físico, mas el mimo con que lo representan, late en la obra de Tomoko Yaneda un pulso que evoca, en cada enclave retratado, la reminiscencia de alguna tragedia pasada. Pueden ser los terremotos sufridos en décadas recientes en Japón (Hanshin-Köbe en 1995 y Tohoku en 2011, que causó el grave accidente nuclear de Fukushima Daiichi), las atrocidades de la Segunda Guerra Mundial en Centroeuropa, Manchuria o Hiroshima, incluso el dolor y daño que causó nuestra Guerra Civil. Lo cierto es que hay en cada fotografía un trasfondo no necesariamente visible, pero cuya impronta marca la percepción de la obra con una intencionalidad que la propia artista explicita en títulos y relatos de acompañamiento.
1. ECO, U., Apocalittici e integrati, Bompiani Libri, Milán, 1964.
2. Eco escribía al respecto (TV vs. cine) lo siguiente: “… habituando cosí il pubblico a un nuovo tipo di tessuto narrativo, continuamente sfrangiatesi nel superfluo, ma altresí capace di far gustare in modo nuovo la complessa casualità degli eventi cotidiani”.
3. TOMOKO YONEDA. Fundación Mapfre, c/ Recoletos 23, Madrid. Comisario: Paul Wombell; coordinadora: Victoria del Val. Abierta hasta el 9 de mayo.
La recurrente pulsión histórica recuerda un estado de conciencia que se manifiesta en la cultura judía
Se advierte por tanto una tensión en estas fotografías que incide en la pulcritud en apariencia aséptica de la definición gráfica y el sugerente rango cromático que las caracteriza, y puede entenderse como una forma de desplazamiento de la memoria o transtemporalidad que va más allá de la nostalgia. Cada una de las obras de Tomoko Yoneda mostradas en esta bella exposición procura plasmar algo más profundo que la existencia de lugares y gentes, pues invita a un juego entre presencia y ausencia en el que intervienen decisivamente la memoria histórica o cultural –así mismo la imaginación- del espectador. Este difícilmente las contemplará con indiferencia, pues rápidamente se apercibe de la tensión entre lo que en cada caso se retrata y lo que allí sucedió. La recurrente pulsión histórica en estas obras recuerda en cierto modo un estado de conciencia que frecuentemente se manifiesta en la cultura judía, cuyo ejemplo más citado, y en cierto modo abusado, sería el texto de Walter Benjamin sobre el Angelus Novus, una acuarela de Klee que fue de su propiedad.
La muestra de la Fundación Mapfre comprende un centenar de fotografías que se organizan en diecisiete pequeñas secciones, a lo largo de las cuales el espectador se puede aproximar con tiento al arte de Yoneda. Resultan especialmente evocadoras las que tienen por objeto lugares remotos no solo en distancia y tiempo, sino por la dificultad que uno siente de recuperar a través de la imagen la historia subyacente. Entre ellas las realizadas por la fotógrafa en Manchuria, una región de China que sufrió los rigores de la ocupación japonesa de 1931 a 1945, en particular durante la Segunda Guerra Mundial, y también las tomadas en la isla de Sakhalin, situada en el mar de Okhost al norte del archipiélago nipón, una pieza geopolítica que fue durante medio siglo una tensa tierra de nadie entre Rusia y Japón.
Una de las series recogidas en esta exposición posee además un interés particular, pues en gran medida se sitúa al margen del hilo discursivo que arma la muestra. Se trata de la que tiene como título Entre lo visible y lo invisible –paráfrasis por cierto de un texto del filósofo existencialista Maurice Merleau-Ponty-. Cada una sus fotografías presenta la imagen de un texto -normalmente manuscrito- de varios personajes históricos del mundo de la ciencia o de la cultura –Freud, Benjamin, Le Corbusier, Camus, etc.- deformado a través de una lente de gafas que fueron propiedad del autor correspondiente. Se trata en este caso de una indagación de naturaleza escópica sobre creación y mirada que sorprende por la laboriosidad del empeño, más quizá con intención antropológica que puramente artística.
Tomoko Yoneda es fuera de dudas una artista contemporánea impresionante. Viendo su obra fotográfica expuesta en la Fundación Mapfre uno recuerda algo que escribió en su día sobre este género artístico otro semiólogo de postín, Roland Barthes: c’est un éclair qui flotte.
4. Se trata de la conocida Tesis IX sobre el concepto de historia, que remite al Talmud. Puede encontrarse en la compilación de escritos de este autor titulada Iluminaciones (publicada en España por la Editorial Taurus).
5. Acuarela de Paul Klee, dibujada en 1920. Fue adquirida por Benjamin quien la tuvo en gran estima y conservó hasta el fin de sus días.
6. BARTHES, R., La chambre claire. Note sur la photograpie, edición conjunta de Éditions de l’Étoile – Gallimard – Le Seuil, París, 1980.