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Editorial
El diseño es la clave
Carlos Nárdiz Ortiz | Director de la Revista de Obras Públicas
La ingeniería civil relacionada con las obras públicas, no aparece en principio asociada al diseño. La utilidad al servicio de las vías de comunicación, el aprovechamiento de los recursos del suelo y del agua, el abrigo o la defensa frente a las inundaciones, el viento o el mar, junto con los condicionantes funcionales, económicos, sociales y políticos de su planificación y construcción, apenas ha dejado margen para la reivindicación del diseño, con la excepción de algunos autores singulares, generalmente ligados a los puentes, que buscan en la práctica del diseño un valor añadido al proyecto.
En las historias del diseño industrial, como la de Renato Fusco, no aparece ninguna obra de ingeniería civil, por su asociación con las cuatro fases de proyecto, producción, venta y consumo. Entre los pioneros del diseño moderno que cita Nikolas Pevner apenas aparecen referencias a los puentes (solo Menai y Clifton) y a las edificaciones (solo el Crystal Palace, la Torre Eiffel y los edificios altos de Chicago), diciendo que los pioneros del diseño moderno, como Ruskin o Morris, odiaban las máquinas.
Las nuevas generaciones de diseñadores que surgirán a principios del siglo pasado desde la Deutscher Werbund, como Peter Behrens, aunque defenderán las técnicas modernas al igual que lo harán sus sucesores de la Bauhaus, como Gropius o Mies van der Rohe, reconociendo la belleza de las obras de ingeniería, como los puentes, las torres y los grandes pabellones de acero, considerarán que en ellas no estaba presente una concepción inspirada de sus características artísticas, y que el resultado estético era una casualidad.
Solo personajes como Joseph August Lux, en un escrito de 1910 sobre “La estética del ingeniero”, defendían que la cultura artística ha estado excesivamente condicionada por las gafas eruditas de la arquitectura y la investigación histórica, para poder captar, en las obras incomparables de la ingeniería moderna, algo distinto a una caricatura de las formas arquitectónicas tradicionales, denigrando el arte del ingeniero como el gran enemigo y destructor de la belleza.
Si bien este planteamiento de principios del siglo XX sigue estando presente, se fue filtrando a través de la asimilación de la arquitectura (y en parte también de la historia del arte) de las aportaciones de la técnica (aunque sin todavía entender bien las nuevas formas y materiales del siglo XIX), no hay duda de que el lenguaje estructural y constructivo de la ingeniería civil es insuficiente para ser asimilado, no solo por el arte, sino también por los propios ciudadanos.
Los bienes que produce la ingeniería civil (o de caminos, canales y puertos aquí en España) no son bienes fabricados industrialmente, aunque pueden serlo algunos de sus elementos. Tampoco pertenecen al lenguaje de las cosas. La ingeniería civil no se entiende si no es a través de su emplazamiento y sus relaciones de todo tipo con el territorio que transforma y construye, sea rural o urbano.
Sin embargo, la ingeniería civil relacionada con las obras públicas es vista y vivida por multitud de ciudadanos que la recorren, que pasan bajo la misma, que se relacionan con ella como plataforma para ver el mar o los ríos, que se encuentran con ella como modificaciones de su paisaje diario y del entorno habitado, a todas las escalas.
¿Cómo introducir las variables relacionadas con el diseño, que vayan más allá de la estructura, la economía o la construcción, variables que condicionaron la ingeniería del pasado y que la seguirán condicionando en el futuro? No hay duda de que el manejo de presupuestos públicos, en la obra pública, requerirá la apuesta de la Administración por el diseño, no solo en términos de voluntad, sino también de conocimiento y formación. Por supuesto que esta formación hay que hacerla extensible a los proyectistas, a la que no ayudan los planes de estudios de nuestras escuelas de ingenieros de caminos, canales y puertos, más allá de la introducción de asignaturas optativas (solo en esto se transige) relacionadas con la historia, la estética o el paisaje.
El valor añadido del diseño, en este sentido, aparece cuando se dan respuestas formales, aunque sea apoyadas en la expresividad de lo resistente, que no se impongan a las características intrínsecas, funcionales, económicas, estructurales y constructivas. El diseño es siempre fruto de la experiencia del proyectista (con la reivindicación de la autoría), asociado a las demandas de la Administración y la sociedad.
En él se incluyen otros valores, con los que trata de relacionarnos este número de la Revista de Obras Públicas, en la que, de forma recurrente, cada año, dedicaremos un número al diseño de las obras públicas. Contamos hoy, en este sentido, con nuevas herramientas de dibujo, de diseño asistido por ordenador, de maquetas, modelos y, por supuesto, de cálculo. Contamos con criterios casi universales de diseño relacionados con la adecuación a la función, la integración en el entorno, la transparencia, la eficiencia y claridad estructural, la proporcionalidad y la ligereza, el carácter, la expresión artística, el color, en los que hay que formarse si queremos trasladar a la sociedad una ingeniería moderna (no solo en la innovación técnica y constructiva), que permita un reconocimiento social de las obras de los ingenieros e ingenieras de caminos, canales y puertos.
Este número de la Revista de Obras Públicas, coordinado por José Romo, no se ha querido reducir a un tipo de obra, como los puentes, hoy con un mayor reconocimiento (en los que competimos con otras profesiones, como los arquitectos en el caso de los puentes urbanos). En él escribe Modest Batlle, que, desde hace años, a través de la revista Cuadernos de Diseño que él fundó, está intentando introducir este lenguaje entre los ingenieros.
No es anecdótico que José Romo haya introducido en los contenidos de este número el de los concursos de ideas, en los que el esfuerzo de creatividad de los proyectistas se pone de manifiesto; pero este esfuerzo exige que sea acompañado por la Administración, con unas bases y unos jurados adecuados y con la introducción en los mismos de proyectistas de prestigio, como elementos necesarios para que los diseños finalmente elegidos sean reconocidos por la sociedad.
Hay, por tanto, un camino por recorrer por parte de la Administración y por parte de los propios proyectistas. En el ADN de la nueva etapa de la revista está la apuesta por la calidad del diseño gráfico y de redacción, solo expresable si se acompaña con los mensajes que transmiten los que escriben sobre las obras de ingeniería, y en estos mensajes está la apuesta por el diseño.
El diseño es, por tanto, la clave, para que las obras públicas sean reconocidas por la sociedad, pero es un diseño que no debe implicar solo la voluntad inicial de entrar en la elección de la forma (más allá de los condicionantes funcionales, estructurales, económicos y constructivos), sino que, como dice Jorg Schlaich, debe interiorizar, aparte de la estética, la compatibilidad con el medio ambiente, la escala correcta, el consumo mínimo de recursos naturales, la facilidad de desmantelamiento, la posibilidad de reciclaje, etc., y habría que añadir el consumo mínimo de energía, como defendía ya Buckminster Fuller en los años sesenta del siglo pasado.