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Málaga | Felipe Romera Lubias

Director General de Málaga TechPark

“El apoyo institucional ha sido un factor fundamental”

El soriano Felipe Romera se licenció en Ingeniería de Telecomunicaciones en 1976 y, dos años más tarde, empezó a trabajar en Málaga, en la empresa Secoinsa-Fujitsu. Cuando, en 1990, se constituye el Parque Tecnológico de Andalucía (PTA) es nombrado Director General del PTA, actualmente Málaga TechPark y, desde entonces, ha sido su cabeza visible. En estos más de 30 años, ha posicionado el PTA como modelo de innovación tecnológica, atrayendo a las principales empresas del sector y creando un verdadero ecosistema de innovación. Además, ha conseguido que tanto la Asociación Internacional de Parques (IASP) como la española (APTE) tengan su sede en el PTA.

Pablo Otaola Ubieta (coordinador del monográfico).

©Daniel Pérez

¿Cómo surgió el PTA y quiénes fueron los agentes y personas importantes?

Cuando se crearon las comunidades autónomas, estas querían tener algo en lo que el gobierno central no tuviera que ver, algo en lo que fueran únicas. En aquel momento estaba de moda el Silicon Valley de EE. UU. y los parques tecnológicos que se habían creado en el Reino Unido. Los catalanes entonces inventaron aquello del Silicon Vallés y, por supuesto, también Madrid. De todos modos, en verdad, fueron los vascos quienes, en 1985 y a la chita callando, crearon Zamundio, el primer parque.

Esa moda llegó también a Andalucía y la Junta encargó un estudio a una fundación japonesa, Tecnova, que cifró el coste del parque en 30.000 millones de pesetas, lo que hizo que la Junta lo metiera en un cajón. Con todo, el tema de los parques tecnológicos ya había calado y Pedro Aparicio, entonces alcalde de Málaga, lo vio venir. Entonces se creó el Consejo Social de la Universidad de Málaga y, en él, el presidente de la Confederación de Empresarios de Málaga, José María Flores, propuso que fuera el alcalde, como voz única de todo el Consejo, quien gestionara el proyecto del parque con la Junta. Con aquel respaldo de la sociedad malagueña, Pedro Aparicio se puso manos a la obra.

El informe de Tecnova decía que el parque tenía que desarrollarse en Málaga, en especial, en el valle del Guadalhorce. El alcalde insistió en que estuviera en Málaga, y en 1987 consiguió un acuerdo entre la Junta y el Ayuntamiento para construir un parque tecnológico en la ciudad y también dinero para urbanizarlo.

El Ayuntamiento buscaba terrenos baratos y grandes. Finalmente, compró la finca El Ciprés y sacó a concurso la elaboración del plan parcial y del proyecto de urbanización, que ganaron Carlos Miró y Marcial Echenique, quien ya había desarrollado un parque en Cambridge.

A partir de ese momento todo sucede muy rápidamente: se planifica y se proyecta en 1988; se licitan y comienzan las obras en 1989, y, en un tiempo récord, se acaban en 1992. La inversión inicial fue de unos 30 millones de euros, algo que hoy resulta irrisorio.

¿Cuándo aparece usted en escena?

Siendo secretario del Consejo Social de la Universidad, su presidente, José Pérez Palmis, que era amigo del alcalde, le convenció de que yo debía ser el Director General del PTA. En ese momento yo era el director de un grupo de investigación y desarrollo de Fujitsu en el que trabajábamos con las últimas tecnologías. En 1990 y a tiempo parcial con Fujitsu, que era lo que pactó el alcalde con los japoneses, entré como Director General.

Por aquel entonces yo era un estudioso del modelo de parques de California, de Silicon Valley, y pensé que aquí podría repetirlo, porque era también una ciudad de sol y yo venía del mundo tecnológico. Me animé, pero cuando llegué me asusté al comprobar que, según la propuesta de Tecnova, se trataba de un parque dedicado exclusivamente a la I+D. Recuerdo que le dije a Carlos Miró que toda la I+D de Andalucía cabía en una parcela de las pequeñas del parque y que allí había parcelas para dar y vender.

¿De qué manera afectó la Expo 92 a la relación entre los parques de Málaga y Sevilla?

Inauguración del Parque Tecnológico de Andalucía por los Reyes de España el 9 de diciembre de 1992.

La Junta encargó un estudio a Manuel Castells sobre el desarrollo de La Cartuja de Sevilla después de la Expo 92. Aquel estudio proponía convertirla en un parque tecnológico, de tal manera que el de Málaga se dedicase más a la producción y el de Sevilla, a la investigación. Era un follón que nadie entendía porque, entre otras cosas, nadie sabía tampoco de qué iba esto.

El caso fue que entre la población caló mucho la idea de que el PTA de Málaga se iba a Sevilla. De hecho, en octubre de 1992 se organizó la manifestación más grande que salió nunca de Málaga para defender el parque tecnológico. Aunque el PTA fue inaugurado por los Reyes dos meses más tarde, al ver la potencia de la Expo 92, la gente lo dio por perdido.

Luego, todo aquello se calmó y nos dejaron trabajar. Fue un momento muy duro, ya que el sector de la electrónica en España se había reducido a la mitad. Afortunadamente, fuimos capaces de crear una cierta cultura de aprecio al PTA, y ese fue uno de los grandes aciertos.

¿Cuáles fueron sus primeras actuaciones?

Tras realizar la urbanización —que permitió crear una imagen y un escenario que ofrecer— empezamos muy despacio, y tengo que reconocer que hasta 1999 nos fue muy mal. Venía alguna empresa, pero ninguna multinacional. En aquel entonces, la idea que se tenía de un parque tecnológico era que llegarían todas las multinacionales de la tecnología y que iban a transformar la comunidad autónoma. Con esas previsiones, imagínate la frustración de los políticos cuando vieron que no era así.

© Koke-Brieva-Molero

En aquel momento se hablaba de la electrónica, la informática y las telecomunicaciones, con la idea de que pudiera haber telecomunicaciones con los ordenadores. En ese escenario, vi que la superficie destinada a I+D era muy grande y decidí crear dos zonas más. Se lo dije a Carlos Miró y, a la entrada del parque montamos una gran zona de producción. Además convertimos la mitad de las parcelas en I+D+P, para introducir la producción.

Nuestra suerte fue que aquí teníamos cuatro buenas empresas de electrónica como Fujitsu, Alcatel-Citesa, Siemens, e Isofotón, si bien entre ellas no tenían ningún tipo de relación. De las cuatro, la única que nunca vino al parque fue Fujitsu y, por extraño que parezca, de alguna manera, se convirtió en la gran fuente del desarrollo del parque.

Me ha sorprendido que desde 1995 la Asociación Internacional de Parques tenga su sede en el PTA. ¿Cómo lo consiguió?

Esta es una de nuestras claves secretas. Cuando empezó a funcionar el PTA, me planteé que, con la problemática que he descrito, intentásemos conseguir elementos de visibilidad a nivel internacional.

Y entonces surgió una oportunidad. Apareció una licitación a nivel mundial para acoger la sede de la Asociación Internacional de Parques Tecnológicos (IASP) que entonces estaba en Burdeos e iba muy mal. Vi clarísimo que aquella era una oportunidad para traerla aquí. Aunque fuera un elemento simbólico, era y sigue siendo relevante. La IASP aglutina 359 parques de 77 países y, por lo tanto, es un elemento de visibilidad muy importante.

En 1995 se celebró la asamblea para decidir la ubicación de la sede mundial. Se habían presentado ciudades como París, Ámsterdam, Sídney… y todos me decían: «Pero, ¿tú cómo vas a competir con esa gente?». Unos días antes de la asamblea, envié un fax a cada uno de los parques diciéndoles que nos presentábamos y que les pedía su voto. Alguno me contestó y me animé mucho.

Al llegar a la asamblea, que tuvo lugar en Pekín, hicimos una gestión que nos salió muy bien. El primer día nos reunimos para cenar con los franceses y llegamos a un acuerdo: si alguno de los dos llegaba a la final le daría al otro sus votos. Ellos nunca pensaron que llegaríamos a la final y creyeron que ya estaba hecho, así que no hicieron campaña.

Tras la primera selección quedamos tres: París, Ámsterdam, y nosotros. El nuevo presidente de la Asociación era de Ámsterdam, y le dije que un presidente que entra no podía perder. Él tenía muchos votos, también los del presidente saliente. Se lo creyó y me dijo que me los daba a mí. Coincidió, además, con un lío a causa de unas pruebas nucleares en el Pacífico, y los asiáticos estaban enfadados con los franceses. Total, que llegamos a la votación final y ganamos nosotros.

Sin duda, ese fue un elemento decisivo en la historia del Parque y se completó cuando la asociación española, la APTE, me nombró presidente en 1998 y también se instaló en el PTA. Desde entonces, la APTE ha querido que siga como presidente. Soy el único que queda desde los orígenes, y me siento muy honrado por ello.

Somos el único parque del mundo que tiene dos redes de este nivel y eso es un gran valor desde el punto de vista estratégico y material.

Esto no es Barcelona o Madrid, pero lo que tenemos en el PTA no lo tienen ellos, quizás por su dimensión

¿Cuál ha sido la relación con la Universidad de Málaga?

Con la UMA empezamos mal y acabamos muy bien. Todos veían que el PTA estaba vacío y pensaron que, si aquí se metía la universidad, lo llenaríamos. El alcalde de Málaga envió una carta al Consejo Social de la UMA diciendo que el parque ofrecía a la universidad los terrenos que necesitaran para hacer las ingenierías, un proyecto que iban a desarrollar por esa época. Aquello causó una bronca con el rector, por eso de que quiénes éramos nosotros para decirles dónde debían estar… Vamos, una bronca total. Así pues, empezamos con mal pie.

Con el tiempo las relaciones fueron mejorando. Con todo, el factor más relevante se produjo hace siete u ocho años. Durante un año mantuve reuniones con el actual rector, que entonces era vicerrector, a fin de encontrar una forma de cooperar. De ahí surgió el Rayo Verde, un edificio que el parque ha construido en los terrenos de la universidad y que favorece el intercambio de acciones; así, la UMA tiene alrededor de un dos por ciento de participación en el PTA y el rector forma parte del Consejo. En la actualidad, la estrategia de ambas partes, tanto en emprendimiento como en transferencias y en internacionalización, es la misma y de colaboración total.

¿Cuáles han sido las claves del éxito?

Málaga TechPark en la actualidad.
Málaga TechPark. Sede del PTA.

Voy a empezar por el final: tener suerte y estar en el momento oportuno en el lugar adecuado. El apoyo institucional ha sido un factor fundamental. Sin él, estos proyectos no habrían salido ya que son proyectos a treinta años. De hecho, hemos empezado a sacar punta de verdad a este proyecto al cabo de esos años.

El siguiente factor es el equipo de gestión, que debe ser pequeño, muy cualificado y no debe cambiar. Porque si cada cuatro años cambias el equipo, el gerente y los trabajadores, es imposible desarrollar un proyecto de estas dimensiones.

También hay que tener un rumbo —esto es clave—, pero suele ser desconocido. Nos encontramos en la frontera de la innovación, con una capacidad de cambio muy rápida y es difícil acertar, pero se aprende con los errores. Creo que hemos acertado bastante o, dicho de otra forma, creo que, a pesar de que nos hemos equivocado mucho, hemos sabido reaccionar pronto, fruto del equipo de gestión que tenemos.

En resumen, apoyo institucional, poca gente y muy profesional, objetivos claros, intentar dar rápidamente con el camino y, en caso de error, saber rectificar rápidamente. Si haces eso, con un poquito de suerte, vas por delante de los demás.

¿Cómo ve el futuro del PTA?

Soy muy optimista. Esto no es Barcelona, ni Madrid, pero lo que tenemos en el PTA no lo tienen ellos, quizás por su dimensión.

El éxito aquí es que las empresas son el elemento motor; por eso hemos creado el Instituto Ricardo Valle como fundación privada; en él todas las grandes empresas trabajan con un propósito común, que es crear grandes proyectos empresariales en cooperación con las universidades. El objetivo es intentar cambiar la innovación de este país. La cooperación es fundamental, pero esta resulta más valiosa si viene de la mano del ámbito empresarial que de la mano del ámbito universitario. Este escenario es único, porque están todos.

Ahora hace falta que los gobiernos creen proyectos con propósito que impulsen la innovación. Grandes proyectos donde el desarrollo se haga a través de las empresas. Nosotros les brindamos el instrumento, porque, claro, las empresas, si las dejas solas, van a lo suyo.

Hasta hace unos años, dos tercios de los trabajadores del Parque vivían en la ciudad. Ahora esta tendencia se ha invertido debido a la COVID, en el sentido de que muchos de ellos han cambiado el apartamento por un chalé. Ello ha favorecido un desarrollo de todo el valle del Guadalhorce. La gente del PTA es joven, y hemos pasado de ser una relación bilateral entre parque y ciudad, a ser el centro de una región, sin ninguna intervención de planificación pública. Si la gente viene a trabajar uno o dos días a la semana, puede vivir en Marbella y esto hace que todo se esponje. En ese cambio del mundo, al PTA nos va mejor.

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