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El diseño en la obra pública 2 | Javier Manterola
Ingeniero de caminos, canales y puertos
“Para ser un buen proyectista se requieren dos cosas: saber mucho de estructuras y tener sensibilidad para el arte”
Sin duda el más afamado diseñador de puentes de la segunda mitad del pasado siglo y de estas primeras décadas del siglo XXI es Javier Manterola. Sus diseños están por toda la geografía nacional e internacional y son siempre alabados por su calidad. Javier escribió en 2010 un libro titulado La obra de ingeniería como obra de arte. En ese texto se reivindica el valor artístico de algunas obras de ingeniería. Es un texto que he leído varias veces y cuyas reflexiones encajan perfectamente en un monográfico de diseño. Algunos conceptos e ideas allí expresadas han servido como base fundamental para esta entrevista.
¿Cuál fue la motivación que te impulsó a escribir tu libro La obra de ingeniería como obra de arte?
Ese libro surge a partir de una serie artículos sueltos. Yo había visto que las obras públicas estaban bastante abandonadas porque no las consideraban. El hecho de considerar una cosa como arte es un problema exclusivamente de expertos. Son ellos los que dicen esto es una obra de arte, esto no es una obra de arte. Por mi situación en la Academia, conozco muchos artistas y lo que sí te digo es que no hay una definición. No se le puede decir a un pintor: “Oye, quiero que me hagas una obra de arte”, eso no es posible; resultará lo que salga. Y eso es importante en el sentido de la falta de definición. Yo he encontrado una forma de definición para lo que es una obra de arte: “lo que dicen los expertos”. Es una definición, es incompleta, pero suficientemente buena.
En el libro citas con frecuencia la palabra diseñador en lugar de la más clásica proyectista. ¿Para ti son sinónimos o hay alguna diferencia entre estas dos denominaciones?
No sé muy bien qué contestar. No es lo mismo. Hay una diferencia, pero es difícil de matizar. Para mí, cuando estoy diseñando un puente, estoy pensando en su forma, estructura, resistencia, en cómo van a ser las pilas, la luz que tendrá, el tablero, las fuerzas que le recorren y su adaptación al paisaje y a la climatología. Cuando proyecto tomo ese diseño, realizo los cálculos necesarios para ver su viabilidad, elaboro su método constructivo, lo planifico en el tiempo. En definitiva, hago viable el diseño.
¿Tú crees, entonces, que el diseñador es más consciente de lo que está haciendo? Quizás es aquel que piensa más las cosas, aquel que no trabaja rutinariamente.
No es rutinario. Un diseñador diseña. Es como si te digo: “Tienes que hacer un puente allí”. Pues te pones, estudias el cauce…. Usas tu propia experiencia, tu manera de hacer las cosas, y lo haces. Y, tras muchas vueltas, llegas al diseño final y piensas: “¡Qué bien está esto!”. Es decir, la obra de arte la encuentras; si existe, la encuentras, no la buscas nunca. No se piensa, se manifiesta.
¿Consideras que el diseño está suficientemente reconocido dentro de la profesión? ¿Puedes indicarnos el porqué de esa situación?
No, no está suficientemente reconocido. Me acuerdo de una entrevista que le hicieron a un insigne ingeniero español sobre el diseño de puentes. Dijo que no se habían tenido en cuenta las ideas estéticas en el diseño de puentes en España en general. Yo estaba totalmente en desacuerdo. Quiero decir que los ingenieros, que tuvieron que hacer los puentes a partir del siglo XVIII, cambian de material y automáticamente se cambia el diseño; aparecen diseños nuevos. No hay dónde mirar atrás, antes sí se podía; un ingeniero romano sí podía mirar atrás e incluso también hasta uno del siglo XVIII.
En ocasiones se mira mal al ingeniero que se preocupa mucho de la estética
Vamos a adentrarnos ahora en tu libro. Dices en él: “El acoplamiento entre paisaje, soporte y carretera producen una obra distinta a la carretera en sí y al paisaje anterior. Y resulta también que alguna conjunción puede ser hermosa o muy hermosa”. Añades: “Darse cuenta de este proceso puede ir configurando en la mente del ingeniero la trascendencia no utilitaria de su trabajo”. ¿Consideras que el ingeniero que proyecta es consciente de su labor de diseño? ¿Tenemos suficiente “inteligencia plástica”? ¿Cómo habría que desarrollarla?
No se tiene. Eso no quiere decir que no haya ingenieros que la tengan. Porque de repente tú ves muchas relaciones. Yo me fijo mucho en las carreteras, sobre todo en las de montaña, en España e Italia. Es decir, cómo una carretera se curva, se pliega al monte o se tiene que hacer un pequeño viaducto; es decir, ese acoplamiento entre las condiciones exigidas por las leyes del tráfico y la geometría del suelo. Las carreteras hay que hacerlas muy bien y a veces son hermosísimas. ¿Sabes quiénes empiezan a cuenta de esto? Los escultores. También el cine; recuerdo unas tomas de carreteras en Italia absolutamente preciosas. Se ven unos acueductos, unas líneas de agua. Es decir, esa conjunción obligada entre las leyes del tráfico, o las de la hidráulica, con la naturaleza es bellísima. A mí me emocionan mucho esas cosas.
Pero entonces ¿te parece que el ingeniero en general no es consciente de su labor de diseño?
No es consciente y además no se le enseña. En ocasiones se mira mal al ingeniero que se preocupa mucho de la estética. Parece que solo tenemos que dedicarnos al hecho resistente.
Hablando de los puentes dices que: “Hay que darles una doble lectura: su diseño en sí, que pone en evidencia un valor artístico en cuanto tal, y su encaje en el paisaje, que completa la dimensión anterior. La obra es el resultado de ambos conceptos.” Me pregunto si es el paisaje el que enfatiza o a veces disuelve el valor artístico del puente.
Depende. Hay paisajes que son muy poderosos y el puente lo único que puede hacer es acoplarse bien, y hay casos en que el puente hace el paisaje. Esto último es grandísimo. Yo tengo bastantes imágenes de un trabajo que Miguel Aguiló realizó con el equipo de su fundación. En un montaje quitaba el puente Golden Gate de la bahía de San Francisco. Aquello ya no parecía San Francisco. Me gusta ese puente, con todos sus defectos, que los tiene. Pero esa situación en la bahía con sus 1200 m de luz es algo fantástico. Ese puente hace el paisaje, como otros. Por ejemplo, nos podemos preguntar si el puente de Saginatobel de Maillart hace paisaje. Creo que es una obra perfectamente encajada, aunque tengo algunas dudas sobre Maillart. Tengo mis dudas sobre mucha gente.
Te refieres en el libro a la ejemplaridad “encontrada” del famoso puente de Saginatobel de Maillart y concluyes que: “Puente y paisaje se construyen entre sí dando lugar a un orden superior”.
Sí, pero Maillart además de Saginatobel tiene otros puentes muy parecidos, iguales; son el mismo puente, no hay más que ir a Ginebra para verlos. No obstante, el puente curvo, ese que es una lámina (puente de Schwandbach), es precioso.
¿Consideras que has conseguido una ejemplaridad buscada en algunas obras tuyas?
Pues no sé. Quizás en el puente Euskalduna.
Creo que todo mi trabajo son expresiones formales de lo resistente
A mí me gustan dos puentes tuyos gemelos sobre el embalse de Gorostiza; salen de la ladera de forma limpia. Creo que ahí has conseguido esa ejemplaridad buscada entre puente y paisaje.
Sí, aunque no es un puente muy grande, son 130 m de luz. Los vanos laterales están sumergidos.
Dices en el libro que “la calidad del diseño del puente se erige en principal factor estético”. Luego sigues diciendo: “Un puente tiene que ser bello. Cuando está instalado en su lugar, la calidad de su diseño es fundamental”. ¿Podrías profundizar un poco más en ello? ¿Qué es para ti la calidad del diseño?
La calidad del diseño es una cosa que sabes ver, pero no sabes explicarla. No sé qué te pasa a ti, pero yo sé verla o creo saber ver la calidad de los puentes.
Más adelante indicas: “En mayor o menor medida, existe siempre algo en alguna parte del puente que puede aventurarse según el gusto del diseñador”. ¿Podrías darnos un ejemplo de esta aventura o licencia del proyectista? Entiendo que quieres decir el matiz que le da el diseñador.
Sí, eso es verdad. Yo soy muy opuesto a meter la estética en el momento en que se diseña. Alguna vez he querido, al diseñar, poner música de Johann Sebastian Bach, un compositor que aprecio especialmente. No sale nada. Johann Sebastian Bach es un músico que amo, respeto y quiero, pero no me ayuda.
Otra frase de tu libro que tiene bastante enjundia dice: “Lo conveniente es perturbar el magnífico equilibrio encontrado entre lo que se sabe y cómo se manifiesta formalmente. Pues se sabe más de lo que expresan las morfologías actuales”. ¿Esto quiere decir que todavía hay mucho que decir en la expresión formal de lo resistente?
Sí, yo creo que todo mi trabajo son expresiones formales de lo resistente. El problema resistente —que es, a fin de cuentas, lo que de verdad define una estructura— se manifiesta con rotundidad en los puentes. Y, además, el puente es la única estructura en las obras públicas que puede ser reconocida como una obra de arte, y que tiene mucha historia. El acueducto de Segovia o el puente de Herrera sobre el Manzanares, el puente de Segovia, ¿son o no obras de arte? Así es como encontré mi lugar en la ingeniería.
Hablas también en el libro, refiriéndote a la actitud frente al proyecto, de una ausencia total de tensión creativa. ¿Ha cambiado tu visión desde el año 2010, en el que escribiste el libro?
En general, no.
Hay que dibujar. Al dibujar ves más allá y puedes encontrar lo que buscas
¿Eres optimista respecto a la calidad del diseño y la innovación en el proyecto de puentes? ¿Cómo ves las líneas maestras del diseño de puentes?
Siempre he dicho que la gran estructura es el puente. En 1980 me enfrenté por primera vez con el tamaño, con el proyecto de Barrios de Luna. Había 440 metros de luz hasta la otra orilla. Miraba la distancia y no me imaginaba que era capaz de llegar hasta allí. Cuando uno se enfrenta al problema del puente, no suele saber cómo conseguir lo que quiere. Nunca se sabe bastante, pero hay que arriesgarse. Y necesitas valor para hacerlo. Hay que atreverse, y esa tensión es un aliciente formidable para el diseño. No me atrae lo fácil y repetido. Hay que hacer nuevos diseños. Hay que buscar lo nuevo en el lugar donde se instala el puente, en cómo se resuelven los esfuerzos y en la manera en que se presenta al transeúnte y espectador. Y necesitamos introducir nuevos materiales en la ingeniería que nos permitan dar un salto importante en el diseño. ¿Hacia dónde? Ya veremos.
Hablemos un poco más de tu carrera profesional como proyectista. ¿Cuáles han sido tus fuentes principales de inspiración? ¿Ha sido solo ingeniería, algo más que la ingeniería? ¿Crees que hay que mirar más allá de la ingeniería para ser un buen proyectista?
No solo basta con tener mucho conocimiento en la disciplina que acometes, sino que además necesitas nutrirte de otras artes, que completan la formación de uno, la construcción del ingeniero. La arquitectura, el arte contemporáneo, la pintura, la escultura, la música, la filosofía. Fue leyendo en mi juventud Sobre la esencia y Naturaleza, Historia y Dios, de Zubiri, cuando se despertó en mí el gran interés por lo que yo llamaba entonces la esencia de las cosas y donde las estructuras cobraron vida en mí. Lo que me gustaba era la relación entre las cosas pequeñas que configuran un objeto mayor; al fin y al cabo, todo tiene una estructura, desde una casa a un objeto como puede ser una cámara de fotos.
Uno, ante el reto de una nueva obra, saca su propia experiencia, cuyo fruto es personal. Uno es responsable de su experiencia y lo que ve se interpreta interiormente en función de lo que se espera. Un aprendizaje tan fundamental como el de un buen libro y del cual es responsable e intransferible.
La experiencia, incorporada a los saberes previos que tenemos, construyen a la persona como ingeniero. Y esta construcción es vital para profundizar en el hecho constructivo.
La afición al arte tiene que darse por descontado. Para ser un buen proyectista se requieren dos cosas: uno, saber mucho de estructuras, y segundo, tener sensibilidad para el arte, esto es también muy importante.
He viajado mucho por Europa, viendo, observando, mirando. Yo me acuerdo de haber estado en Plougastel, viendo el puente de Freyssinet desde la orilla. No es un puente hermoso en el sentido de bello, pero tiene una potencia de la cual yo quería impregnarme. Tanto es así que dijeron que iban a tirarlo y yo estuve a punto de escribirle una carta al Presidente de la República, porque ese puente también era mío, también era tuyo, también era nuestro. Es un puente que yo amaba, que me ha construido a mí como soy, como veo los puentes. Me gusta mucho la ingeniería de Freyssinet, me parece absolutamente impresionante.
¿Cuál es tu método o las herramientas que empleas para el diseño? Ya nos han contado la importancia del dibujo; tus libretas…
Hay que dibujar, el dibujo es fundamental, pero esa es una pregunta que incluso he llegado a escuchar en la Academia de Bellas Artes, sobre todo a pintores, escultores, etc. ¿Para qué sirve el dibujo? Yo tenía contestación automática. Las cosas fluyen cuando tú dibujas. Vas cambiando y te van saliendo cosas en las que te fijas o no te fijas, y van desarrollándose. A mí me parece fundamental, y entonces ves el problema. Al dibujar vas expresándote más allá y entonces, si lo miras en detalle, puedes encontrar lo que buscas. Yo por lo menos lo utilizo mucho; dibujar, dibujar y dibujar a todas horas.
En tu libro tienes un subcapítulo dedicado a la valoración estética de los puentes. Es habitual que en la profesión se indique que la valoración estética de un puente tiene un alto grado de subjetividad y, por lo tanto, este criterio no puede tener un peso importante en la selección de una solución para un puente. ¿Qué piensas sobre esto?
Es un problema de la apreciación en España. En Italia es mucho más fácil, ven las cosas más rápido, soy un enamorado de Italia.
¿Qué consejo darías a los proyectistas jóvenes que tienen pasión por el diseño?
Una parte fundamental de la construcción de uno es aprender de los demás, y lo sigo haciendo. Torroja, mi maestro Carlos Fernández Casado, José Entrecanales y otros tantos grandes ingenieros. Y partiendo de este aprendizaje, traté de hacer algo mío y dar un significado particular a las cosas que veía fuera. Uno interpreta lo que ve en otros escenarios, lo interioriza, lo personaliza y dentro de esa personalización siempre se incluye un giro o un toque especial que es lo que caracteriza cada obra.
Tienen que probar mucho. Es decir, yo puedo hacer un puente con veinte diseños, con pequeñas variantes. Y de repente sale uno que está bien. Hay que ver y probar, probar y probar. Diseñar bien y ver, y mirar mucho en un lado y en otro, y fijarse en los detalles. Yo me paso horas mirando.
Por último, ¿qué crees que tenemos que hacer de forma individual y colectiva para que el arte de los ingenieros se introduzca en la cultura general?
Diseñar bien, diseños estupendos. No, no prediquemos con el asunto, lo importante es lo que hacemos día a día.