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Extraordinario | Julio Martínez Calzón
Cómo transformaba Julio a sus discípulos
Jesús Ortiz Herrera
Dr. Ingeniero de caminos, canales y puertos. Licenciado en C.Físicas, catedrático emérito de la UPM.
Estando yo en el último curso de la ETS de ICCP de Madrid, un buen día en que decidí asistir a clase (en general, prefería la biblioteca), entró un Julio jovencito con un carro de diapositivas que versaban sobre el diseño y proceso constructivo del paso elevado sobre el paseo de la Castellana, entre las calles de Juan Bravo y Eduardo Dato.
Ante mis ojos atónitos desfilaron piezas de un acero estructural que no requería pintura; algo extraño llamado conectores; un proceso constructivo autoportante sin cortes del tráfico; unas prelosas prefabricadas que evitaban encofrados y que se pretensaban in situ… en fin, una sobredosis de ingeniería creativa y capaz de transformar la realidad «real» (¡qué absurda pero hoy necesaria redundancia!) no con humo sino de manera poderosa, tangible y útil. Cuando salí del aula, algo en mi interior gritaba: «¡Yo quiero hacer eso!».
Había descubierto la pasión por construir. Algo que, con el aditamento de la capacidad para no replicar exactamente formas anteriores, nos caracteriza como especie. Entré yo al aula como físico teórico y salí con vocación de ingeniero estructural: una transformación prodigiosa en tan solo 50 minutos.
Creo que sigo manteniendo la vocación por ambas cosas, pero sé diferenciar entre el rigor intelectual, i. e., lo que busca un buen físico teórico en la definición de los problemas, y la capacidad de resolverlos, que es lo que distingue al buen ingeniero estructural.
1975
En 1972 comencé a trabajar en su ingeniería, con una encomienda suya en aquel entonces tremendamente innovadora: la de mecanizar la actividad de cálculo y representación gráfica mediante el empleo de la informática digital, introducida en ingeniería durante la década anterior. Algo tan rompedoramente innovador en su momento como hoy lo sería reestructurar una empresa de proyectos de ingeniería estructural con la implantación de la IA generativa.
Después de tres años de fructífero y duro trabajo, me atreví a mencionarle que lo que yo realmente ambicionaba era que me enseñase a proyectar puentes. ¡Dicho y hecho! Julio se encerró en su despacho y, al cabo de unas horas, me entregó unos planos dibujados de su puño y letra, con el tablero de un puente cuyo proyecto acababa de empezar, para que lo analizase y corrigiera, en caso necesario, con mis programas informáticos. Al cabo de, más o menos, un mes, tras muchas horas al día de ordenador, llegué a la conclusión de que no habría prácticamente nada que corregir.
De nuevo, aquello fue la constatación de algo asombroso: que Julio era capaz de pasar «directamente de las musas al teatro» en el momento de proyectar estructuras, dibujando los planos sin cálculos (realmente no sé si hizo algunos, ni en qué consistieron), pero con acierto.
Otra vez: «¡Yo quiero hacer eso!» Sin embargo, tras proyectar docenas de puentes y muchas otras estructuras, no he logrado aproximarme, ni de lejos, a aquello.
Hablábamos antes de la IA, algo que hoy todavía no es más que un estéril remedo que pasa por ser algo creativo, pero que aún no lo es. En realidad, consiste en hacer Mixed Copy/ Paste+Statistical Learning sobre bases de datos ingentes, pero sin aportar, en el fondo, ni un ápice de nuevo conocimiento.
El día —me atrevo a vaticinar que no será en las próximas décadas— en el que un algoritmo pase lo que podríamos denominar el «test de Turing sobre Ingeniería Estructural», esto es, hacer lo que Julio hizo aquella tarde, se extinguirá la participación humana en el proyecto de estructuras.
2018
Mantenemos una larga «conversación entre amigos» sobre el futuro de la ingeniería estructural. Yo, profundamente enfadado con el sesgo de la docencia universitaria en el siglo XXI, tras haber visto en tiempo real el progresivo advenimiento a las aulas de una generación de universitarios sin capacidad de abstracción y con nulo espíritu crítico —salvo contadísimas excepciones—, y la implantación de criterios de selección de nuevos profesores numerarios sin la valoración de su práctica profesional. Y, en la práctica del proyecto, tras haber constatado la fosilización de los diseños estructurales, sin creación de nada conceptualmente nuevo, como en el siglo XX lo fueron el hormigón armado, luego el pretensado, las propias estructuras mixtas, los nuevos tipos estructurales de la edificación en altura y tantos otros diseños «creados de la nada». Hoy, con la regresiva Peer Review, tales creaciones quedarían en la papelera.
Julio me corrige, explicándome que hay que ser prudentes en las críticas sobre los cambios en la docencia universitaria, pues hubo conflictos similares en las escuelas de ingeniería en un determinado momento histórico, con severa repulsa de los ingenieros «constructores» contra la introducción de la Teoría de Estructuras en los planes de estudios. Pero fue de la suma de esta teoría y del espíritu constructor de donde salieron aquellas nuevas creaciones, concentradas en unas pocas décadas prodigiosas. Una lección de humildad que me hizo recapacitar.
Quién sabe, tal vez de la IA y del desprecio de los jóvenes ingenieros estructurales por los conocimientos teóricos —entendiendo por tales la intelección de las relaciones «profundas» y «aparentemente ocultas» entre causas y efectos— surjan, después de todo, nuevos paradigmas fecundos que den paso a construcciones originales e innovadoras. Si eso fuere realmente así, por sus frutos los conoceremos.