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Mikel González Galán
Director de producto de Mundo Amigo.
En abril de 2007 llegó a mis manos un documento maquetado por el equipo MC2, edición de un manuscrito que yo ya poseía y que Julio Martínez Calzón me había ofrecido tiempo atrás. Se trataba de sus precisas, y preciosas, notas sobre un primer viaje a Japón que había realizado en 1986 y donde nada había escapado a su curiosa mirada: cronología, historia, arte, poesía, música… Con motivo de una escapada al país del sol naciente organizada por los Amigos del Reina Sofía y dirigida por mí, en la que compartimos momentos muy especiales con grandes ingenieros (Miguel Aguiló, Alberto Corral, Javier Manterola), a todos nos sorprendió la minuciosidad de sus prolijas notas de un viaje de juventud, y el regalo que de las mismas me hizo Julio al finalizar el periplo sigue pareciéndome, hasta hoy, de una generosidad tan humilde como inmensa.
Conocí a Julio con el cambio de milenio, porque un grupo de ingenieros amigos —los anteriormente citados y unos cuántos más— que solían viajar con sus parejas una o dos veces al año y durante algún tiempo recayó en mí la responsabilidad de pergeñar sus itinerarios. Como quiera que ambos compartíamos aficiones comunes (poesía, filosofía, música, arquitectura y arte, además de la buena gastronomía), poco a poco surgió entre nosotros algo que yo no llamaría amistad. Quizá, por su parte, respeto por el trabajo bien hecho —me llamaba siempre «maestro»— y, por la mía, la incondicional y asombrada certeza de que oírle era escuchar la voz de un sabio.
Soy incapaz de recordar en cuántos viajes habremos coincidido Julio y yo, pero se cuentan por decenas, seguro. Dos largas décadas de experiencias comunes y siempre inspiradoras, hasta el punto de que algunos de los itinerarios culturales más originales que he diseñado en mi ya dilatada carrera surgieron de la incitación por parte de Julio a mirar siempre más allá. Sirvan tres como ejemplo. Asombrado por la nueva arquitectura escandinava y conocedor de los nuevos teatros de ópera y auditorios diseñados en Islandia, Noruega y Dinamarca, me propuso construir un programa que conjugase arte, gastronomía, música y arquitectura. La condición sine qua non era disfrutar de espectáculos en cada uno de los recintos; no fue tan sencillo, pero al final lo logramos, y me regaló hasta el título: Las Óperas de Hielo. Otro reto fue estructurar un recorrido por los ríos y paisajes descritos por los grandes poetas chinos como Li Po, Tao Yang Ming, Bai Yu, Tu Fú, Liu Yu, Mei Yaochen, Li Quingzhao, Su Tung Po, Shi Jing, Pei Di, Wang We, I Ching o Qu Yuan. No se trataba solo de leer los Poemas del río Wang, el Libro de los Cantos, el Libro de los Cambios o de las Mutaciones, el Canon de las Primaveras o los Otoños de Lú. Había que lograr saber cómo se llamaban, siglos después, los ríos, valles, cumbres y geografías cantadas en mandarín o en chino tradicional, adaptados hoy como topónimos al chino simplificado o al cantonés, quizá con nuevos nombres. Fue una labor titánica a la que Julio contribuyó con mapas, literatura, paciencia y sabiduría para un viaje que cristalizó y realizó finalmente con la familia de Juan Navarro Baldeweg. Creo que no he estudiado más en mi vida. Y, el último desafío: dibujar un viaje como despedida de quien hasta entonces había sido su pareja que evocase en forma de compendio los múltiples recorridos que durante sus años juntos habían realizado por la vieja Alemania oriental: Sajonia, Turingia, Baviera… No escatimó en gastos para ello, y entiendo su filosofía: despedirse en beauté, con un viaje sentimental —por los recuerdos— como metáfora del fin del viaje común. Me pareció, y me sigue pareciendo hasta el día de hoy, una forma elegante de decir adiós.
Julio sentía curiosidad por todo, pero intuyo que, en ciertos aspectos, terminó saciado. Le sucedió, por ejemplo, con la ópera. Vimos muchas juntos en nuestros viajes, y llegó un momento en el que decidió que para él era más cómodo y gratificante sentarse ante una pantalla de cine y disfrutar del género grande sin tener que tomar un avión. Su último opus magnum, los tres volúmenes que dedicó a la pintura del siglo XIX a ambos lados del océano, en parte fue posible porque sentía que ya no era necesario cruzar el mundo para disfrutar de la colección permanente de un pequeño museo de provincias en un país remoto. Basta con una buena conexión a Internet.
Pero esto no significa que no ansiase viajar hasta el final. Nuestro último recorrido juntos, a finales de febrero de 2020, fue a Egipto. Nótese la fecha: quedaban apenas unas semanas para el confinamiento total por pandemia. A orillas del Nilo, fue un placer escuchar sus disertaciones junto a las de un célebre arquitecto peruano, Reynaldo Ledgard, que nos acompañaba: dos visiones complementarias sobre la arquitectura y la ingeniería del mundo antiguo absolutamente fascinantes. Al poco de regresar a Madrid, mi pareja y yo ofrecimos una fiesta en casa con motivo de ARCO, y quizá aquel fue uno de los últimos momentos en que le vi pletórico. Luego vendría la larga convalecencia pandémica —muy dura en su caso—, y una serie de enfermedades que, en cualquier caso, no impidieron que nos viésemos, aunque con bastante menos frecuencia y siempre con motivo de sus conferencias y presentaciones en la Residencia de Estudiantes, el Círculo de Bellas Artes, el Colegio de Ingenieros o el COAM.
Hasta el final soñó con un viaje con el que volvió a retarme: escuchar el Miserere de Allegri en la Capilla Sixtina, interpretado por el coro de voces áulicas homónimas. Cualquier aficionado a la música conoce la historia del himno litúrgico surgido de los salmos en que el rey David, ante el profeta Natán, pide perdón a Yavé por el pecado cometido con Betsabé: la versión de Gregorio Alleggri, prestigioso cantante y compositor italiano del siglo XVII, era privilegio del Papa y su partitura estaba protegida de copias bajo pena de excomunión. En 1770 un jovencísimo Mozart la escuchó y logró transcribirla de memoria, incluidos los abellimenti, las ornamentaciones musicales de los cantantes. Un inglés, Charles Burney, recibió de Mozart la transcripción y, con su edición de 1771, terminó el monopolio pontificio sobre la composición. Espero poder cumplir pronto con su desafío, Oficina para las Celebraciones Litúrgicas Vaticanas mediante. Supongo que desde algún lugar, también él escuchará aquello de «Miserere mei, Deus: secundum magnam misericordiam tuam».
Nos vimos por última vez el 14 de marzo de 2023. Habíamos quedado para tomar un café y ponernos al día y, al llegar Julio a mi oficina, coincidió con Javier Maderuelo, que había venido a visitarme de improviso. Feliz casualidad. Del vehículo que lo había traído hasta el centro de Madrid, Julio sacó una gran cantidad de libros escritos por él que traía como regalo. Aquello sonaba a legado de despedida. Nos sentamos a tomar café y, con su voz, ya muy mermada por la enfermedad, Javier y yo nos dispusimos a escucharle, porque escuchar a Julio era fascinante. Y recordamos juntos. Aquella vez en Japón, cuando coincidimos con Arata Isozaki en el Museo Hara de Tokio y fue una maravilla ver cómo disertaban sobre arquitectura, arte e ingeniería recordando sus grandes proyectos juntos con motivo de los Juegos Olímpicos de Barcelona. Los saltos a Shanghái con motivo de la construcción del pabellón español para la Exposición Universal. O tantos viajes con Maderuelo como conferenciante, en que los aportes sagaces de Julio enriquecían un discurso ya de por sí brillante. Nos habló de un proyecto épico, tan emocionante como —suponíamos todos, imagino que incluso él, imposible ya de realizar—: recorrer China durante varios meses visitando los últimos grandes proyectos de ingeniería de puentes y viaductos en compañía de un viejo amigo ingeniero. Como Wang Wei y su compañero Pei Di en el valle del río Wang, tomando los senderos que irradian hasta la Vaguada de la Muralla Meng, la Cumbre del Huazi, el Albergue del Albaricoquero Veteado, el Monte de Bambúes, el Coto de los Ciervos, el Cercado de las Magnolias, la Orilla de los Cornejos, la Vereda de las Sóforas, el Pabellón sobre el Lago, el Otero del Sur, el Lago Yi, las Olas de los Sauces, los Rápidos de la Casa Luan, el Manantial de las Pepitas de Oro, la Playa de las Piedras Blancas, el Otero del Norte, el Albergue entre Bambúes, el Talud de las Magnolias, el Parque de los Ailantos y el Parque de los Pimenteros.