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Extraordinario | Julio Martínez Calzón
Julio Martínez Calzón, un amigo del arte
Juan Manuel Bonet
Crítico de arte y literatura.
Sentí mucho, ya lo escribí en ABC, la muerte de mi viejo amigo Julio Martínez Calzón. Julio siempre estuvo ahí, en el paisaje de la cultura madrileña. El gran ingeniero humanista que fue Julio sale en una fotografía preciosa, e icónica, la de un homenaje a su colega y estrecho colaborador José Antonio Fernández Ordóñez. Un homenaje celebrado en 1974 en el Casino de Madrid, en cuya monumental escalera está tomada la instantánea. En ella están, entre otros, Miguel Aguiló, Santiago Amón, Amalia Avia, José Ayllón, los Bonet Correa (mi amistad con Julio es herencia familiar), Antonio de Casas, Chillida, María Corral, Miguel Fernández-Braso, Miguel Ángel Fernández Ordóñez, Juan Genovés, Enrique Gran, Cristóbal Halffter, Carmen Laffón, Antonio López García, Abel Martín, Juana Mordó, María Moreno, José María Moreno Galván, Lucio Muñoz, Fernando Nuño, Manuel Rivera, Eusebio Sempere (que al dorso de la copia que conservaba en su archivo, anotó: «Entre amigos»), Salvador Victoria…
La centralidad de Julio en la cultura española de la Transición queda patente con el puente de Juan Bravo —que diseña en 1970 precisamente con Fernández Ordóñez y con Alberto Corral— y al que se le incorpora el Museo de Escultura al Aire Libre de la Castellana con el que constituye un todo inseparable. Una construcción que fue su ópera prima y que forma parte del paisaje urbano madrileño constituyendo un museo excepcional, muy en sintonía con el espíritu de «integración de las artes» de Carlos Raúl Villanueva, que lo aplicó de forma pionera en la Universidad de Caracas. Un museo gracias al cual se incorporaron al patrimonio municipal piezas de Alberto, Andreu Alfaro, Eduardo Chillida (Lugar de encuentros, rebautizada por el pueblo madrileño como La Sirena Varada, un título d’après Alejandro Casona y una polémica municipal y espesa,solo resuelta tras la llegada de la democracia), Martín Chirino, Amadeo Gabino, Julio González, Rafael Leoz, Marcel Martí, Joan Miró, Pablo Palazuelo, Manuel Rivera, Gerardo Rueda, Eusebio Sempere (también autor de la barandilla cinética del propio puente, y definidor del proyecto museográfico junto con los dos ingenieros), Pablo Serrano, Francisco Sobrino, Josep Maria Subirachs, Gustavo Torner…
La centralidad de Julio se reafirma cuando en 1971 pasa a ser, al igual que su entonces esposa, María Corral, uno de los quince socios fundadores (entre ellos también estuvieron los otros dos coautores del puente de Juan Bravo) de Grupo 15, el pionero taller de grabado, con su sala de exposiciones aneja, en el que tantas cosas importantes pasaron en el frente de la obra gráfica. Los de la foto de la escalera del Casino, los del puente de Juan Bravo y su museo, los de Cuenca (aquellas fotografías de Fernando Nuño en su inauguración en 1966), los de Juana Mordó, los de Egam: la misma rueda siempre de un cierto Madrid casi del todo desvanecido; un Madrid en el que Julio trató especialmente a José Guerrero (me acuerdo de una presentación, de En el Estado, de Juan Benet, oficiada por mi padre, una edición del Grupo con grabado guerreriano); a esa eminencia gris del grabado que fue siempre Antonio Lorenzo; a Lucio Muñoz; a Sempere; y al trío conquense inolvidable que integraron Rueda, Torner, y Zóbel. Sobre aquel espacio que tantísimo hizo por la gráfica y su coleccionismo es de consulta obligada la tesis doctoral de Mónica Gener, en la que se subraya el papel de dos personas en el arranque del mismo: Julio Martínez Calzón, y el grabador y estampador griego Dimitri Papagueorguiu (otra eminencia gris del grabado).
De su labor como ingeniero de caminos, que dio sus primeros pasos en el Instituto Torroja, otros hablarán con mayor conocimiento de causa que yo, pero de mi padre, que tanto estudió la labor de los grandes representantes de esa profesión y en cuya biblioteca había tantos libros, folletos y documentos ingenieriles (empezando por un rarísimo manuscrito del tinerfeño y ruso de adopción Agustín de Betancourt, hoy en el Prado), he aprendido la importancia de ese gremio.
En su gran libro recopilatorio, Puentes, estructuras, actitudes (2006), editado por Turner y con sendos prólogos de Eugenio Trías y Luis Fernández-Galiano, impresionan la belleza de sus puentes y la colaboración del ingeniero en edificios de arquitectos de primera (entre otros muchos, Tadao Ando, Norman Foster, Arata Isozaki, Rafael Moneo, Juan Navarro Baldeweg o I.M. Pei). En la sesentena de páginas de que consta la sección final, «Actitudes» comparecen también unos cuantos dibujos sutiles, constructivos, repetitivos, ensoñados, jovialmente popularistas, con un aire entre Klee y Ortega Muñoz. Completan la sección, como primicia, algunos versos despojados, imbuidos de amor por la naturaleza y también de cavilaciones metafísicas, así como un par de ensayos, uno de ellos sobre el oficio de la poesía, con alusiones a Dylan Thomas, Eliot o Rilke.
El Julio amateur del arte (también era, por cierto, un gran melómano) brilla en los tres volúmenes macizos, editados por Fernando Villaverde, en que sintetizó su exploración sistemática, casi obsesiva, de un universo que le fascinaba especialmente, el de la pintura ochocentista. Tres sumas de una «investigación estético-conceptual» (así reza el subtítulo) que revelan una curiosidad voraz e inagotable, un gusto fuera de los cánones, y una portentosa capacidad para poner a su servicio, domesticándolo, el caudal de imágenes internéticas. Me tocó ser uno de los dos prologuistas del tercer y último de esos volúmenes, centrado en el arte latinoamericano y de Canadá; como ya digo ahí, leyendo a Julio aprendí muchísimo sobre rincones que conocía mal del arte de ese continente que tanto amo, en el que el ingeniero dejó también su huella.
Sobre el Julio poeta, remito a mi prólogo de Poemas cruzados (2022), el libro, editado por Renacimiento, en el que dialogan los versos de los dos autores, que se traducen el uno al otro: Julio y el pintor y periodista norteamericano David Seaton, amigo suyo y mío desde los seventies, igual que lo es el otro prologuista, Ignacio Gómez de Liaño. Estaban además las delicadas ilustraciones de la esposa de David, la pintora alemana Eleonore Weil. «Au rendez-vous des amis» titulé, como Max Ernst, mis palabras.
Estos últimos años, Julio contemplaba el mundo desde un piso alto del paseo de Rosales, muy cerca de donde uno vive desde pronto hará cuarenta años. Fue muy grata mi única visita a su domicilio, poblado de pinturas, grabados y libros y, en aquella mañana soleada, mi conversación con los dos poetas. Me impresionó el profundo conocimiento que el español demostró poseer de la lírica norteamericana, dentro de la cual reservaba un lugar muy especial a su amigo Mark Strand, del que cabe recordar que estudió pintura en Yale, nada menos que con Albers, así como su amor por la de Morandi, y también sus conexiones españoles y, entre ellas, su amistad con Guerrero. Del venero patrio, en cambio, me sorprendió que frente a mi mención del Unamuno poeta y de Juan Ramón Jiménez —de los que creía yo detectar algún eco en sus versos, tan esenciales, tan memoriosos, tan melancólicos, tan de interrogación del mundo, tan de exaltación de los árboles (¡Cuánto amor sentía Julio por ellos!), del Gran Cañón del Colorado, del Perito Moreno, del cosmos— Julio se manifestara poco entusiasta de nuestra lírica moderna. Con una excepción: el Cántico, de Jorge Guillén, otro amigo, por cierto, de Guerrero, que lo trató tanto en Estados Unidos como en la Costa del Sol. El deseo del ingeniero-poeta era, en sus versos, ir a lo esencial y expresarse con claridad. Repetiré, dejándolo en portugués, aquel verso del brasileño Joâo Cabral de Melo que ya aduje en aquel prólogo; «O engenheiro sonha coisas claras».
Au rendez-vous des amis. Sí. «Entre amigos», como anotó Sempere al dorso de su copia de la instantánea de la escalera del Casino. Julio Martínez Calzón: gran creador multifacético y amigo inolvidable. Amigo de sus amigos, y amigo del arte de todos los siglos, y del arte nuevo, como lo eran en la preguerra los del ADLAN. Con él se va un poco más toda una época. Todos los que vivimos aquel Madrid empezamos a ser un poco vintage.