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Extraordinario Julio Martínez Calzón
Julio, uno de los jóvenes ingenieros que cambió la ingeniería estructural de nuestro país
Francisco Millanes Mato
Catedrático de Estructuras de Acero y Mixtas.
Ppresidente honorario de IDEAM.
No quiero empezar sin agradecer sinceramente al Colegio haberme invitado a participar en este número especial de la Revista de Obras Públicas en homenaje a Julio, con quien he tenido la inmensa suerte de coincidir y colaborar a lo largo de mis casi cincuenta años de vida profesional y, de forma más intensa y estrecha, en los primeros veinte años de la misma.
Julio no fue un ingeniero al uso, sino más bien una persona irrepetible, ilustrada y poliédrica, cuyas múltiples facetas abarcaban una gama vasta, casi completa, de disciplinas técnicas y humanísticas: ingeniería estructural, arquitectura, música, pintura, poesía, filosofía, astronomía y un largo etcétera, en cuya integración Julio se sumergía intensamente guiado por una irrefrenable pasión por reconciliar la técnica y el arte, la arquitectura y la ingeniería, el cálculo y las formas, de la misma forma y con la misma actitud y convencimiento con que —yo siempre he pensado que no era casual, sino más bien el carácter más intrínseco de su singular personalidad— impulsó y llevó a niveles hasta entonces inimaginables el sincretismo entre dos tecnologías, el acero y el hormigón, que hasta entonces habían discurrido ajenas y dispares, elevándolas a una categoría superior: la construcción mixta.
Lo que resalta del carácter único e irrepetible de la figura de Julio es la unanimidad de testimonios de todos quienes hemos tenido la suerte de coincidir con él, personal o profesionalmente, en cualquiera de sus múltiples facetas, en el sentido de que nuestro contacto con él nunca nos resultó irrelevante o superficial, sino que, de una u otra forma, siempre nos dejó huella y enriqueció significativamente nuestra trayectoria personal y profesional.
De igual manera, su participación en diferentes proyectos y actividades dejaba siempre una impronta cualitativa especial, singular y única, que nos alejaba de lo irrelevante o rutinario.
Me centraré seguidamente en señalar algunos aspectos de la figura de Julio, quizás algo menos conocidos por su mayor lejanía en el tiempo y la menor relevancia pública de su figura, durante la década de 1970 y 1980, una época en la que mantuve con él una intensa y muy cercana relación personal y profesional.
Mi primer contacto con Julio fue en 1973 como profesor de la asignatura de Estructuras Mixtas del último curso de especialidad en la ETSICCP de Madrid, en la cátedra de Juan Batanero, en aquel entonces director de la Escuela.
Él era un profesor joven muy diferente a los demás y su asignatura también lo era por lo novedoso de su contenido y planteamiento, muy alejados de las demás asignaturas, más convencionales. Hay que resaltar que en la década de 1970 prácticamente casi ninguna escuela internacional incluía Estructuras Mixtas en sus planes de estudios.
Su asignatura era, para muchos de nosotros, la «asignatura estrella» de la especialidad, la que, en aquellos últimos años de la España autárquica del franquismo, nos transportaba a los más modernos avances de las tecnologías de la construcción del mundo occidental.
Jesús Ortiz, uno de sus más renombrados discípulos, escribe en este mismo número un artículo titulado Cómo transformaba Julio a sus discípulos y explica que, después de una clase suya, él salió con vocación de ingeniero estructural pues había descubierto la pasión por proyectar y construir.
Jesús y, al año siguiente, yo mismo comenzamos a trabajar en el despacho de ingeniería de Julio, MART2, dedicado básicamente al proyecto puentes y estructuras mixtas de edificación; estaba vinculado a una fábrica en Vitoria que —gracias al conectador NEXTEN patentado por el propio Julio (en esa época, los actuales modernos conectadores tipo Stud no era viables económicamente por el sobrecoste de los royalties que debían pagarse a la patente alemana)— permitió desarrollar durante los años 70 y 80 del siglo XX unos sistemas mixtos típicamente españoles, compitiendo sorprendentemente con las construcciones de hormigón incluso en el ámbito de la edificación tradicional.
Entre los años 1972 y 1977 colaboré con Jesús en la encomienda, como siempre, tremendamente innovadora, que nos hizo Julio: mecanizar completamente, con ayuda de micro- y miniordenadores Hewlett Packard de no más de 20K —recién introducidos en la ingeniería en aquellos inicios de los años 70— la actividad integral de cálculo y representación gráfica completa en planos de proyectos de edificación. Algo realmente sorprendente cuando todavía no se habían llegado a comercializar en el mundo los primeros programas de CAD.
En aquellos años, entre 1973 y 1978, y con Jesús Ortiz como coautor, Julio escribió y publicó el que, en mi opinión, es el texto fundamental e irrepetible de los sistemas mixtos, el libro Construcción Mixta. Hormigón y Acero, que fue (y algunos consideramos que sigue siendo) la obra fundamental, todavía no superada, sobre los sistemas mixtos y que ha orientado la docencia en la ETSICCP, primero con Julio y luego conmigo mismo hasta la aparición de los Eurocódigos.
El proyecto de MART2, que contaba con un equipo de magníficos ingenieros jóvenes de gran proyección, colapsó bruscamente en 1979, como muchos otros de la España de aquella época, a consecuencia de la crisis mundial del petróleo. A ello también contribuyeron, y no poco, las severas restricciones que se establecieron en aquellos años en España en relación con la seguridad frente al fuego de las estructuras metálicas de edificación —una consecuencia del incendio en Zaragoza del Hotel Corona de Aragón cuando, para más inri, se hallaba alojada en él D.ª Carmen Polo, esposa del entonces jefe de Estado—; unas restricciones que de pronto hicieron perder competitividad a las estructuras mixtas frente a las soluciones convencionales de hormigón.
La crisis se llevó por delante la fábrica de Vitoria y a todo el equipo de MART2, que básicamente quedó reducido a Julio, su secretaria M.ª José y su delineante Antonio Mayor. Julio quedó muy marcado por la quiebra, debida a factores externos, de un proyecto en el que había invertido su futuro y que le dejó además fuertemente condicionado durante años para hacer frente a las responsabilidades financieras de las obligaciones contraídas. Entiendo, y así me lo transmitió en varias ocasiones, que ese fracaso tan doloroso condicionó claramente la orientación de su futuro profesional, alejándolo de cualquier nueva aventura empresarial y centrándolo básicamente en sus capacidades profesionales personales, apoyado por un muy reducido equipo de su máxima confianza, en el que tuve la gran suerte de poder participar.
En el año 1981, al volver de mi doctorado en París, volví a vincular mi futuro profesional con Julio en su nuevo proyecto de MC2, un pequeño estudio del semisótano de la calle Víctor de la Serna, donde, con una estructura mínima, hacíamos frente a los grandes proyectos que —coincidiendo con la fuerte reactivación de nuestro país en la década de 1980 fruto de nuestra entrada en Europa así como de los fastos del 92— le llegaban a Julio por parte de las grandes constructoras por el prestigio como proyectista que le daba su asociación con JAFO.
Fue la época de los grandes proyectos que han marcado época en el mundo de la ingeniería por las novedades tecnológicas y de diseño que todos ellos incorporaron en su día: los puentes atirantados de Alcoy y Centenario; el récord del mundo del puente mixto de Tortosa sobre el río Ebro; los desarrollos que se podían introducir en el mundo de la prefabricación aplicando ideas y conceptos de la construcción mixta; y el gran impulso a la colaboración con los arquitectos de mayor prestigio en la resolución de los aspectos estructurales y constructivos de sus grandes proyectos: avenida de la Ilustración, torre de Collserola, Palau de Sant Jordi, palacio de congresos de Salamanca y muchos otros.
No quisiera terminar mi contribución sin hacer una referencia particular a lo que para mí supuso una oportunidad única que nunca llegaré a agradecer por completo, y que marcó, sin duda, mi posterior desarrollo profesional: haber podido asistir, aprender y formarme personalmente a través de la intensa y especial relación profesional entre Julio y JAFO, de la que surgieron proyectos como los antes citados, que marcaron un antes y después en la ingeniería de puentes de nuestro país y, por qué no, del ámbito internacional.
Julio y JAFO han sido dos ingenieros únicos e irrepetibles que encabezaron, junto con otros de su excepcional generación, la transición de nuestro aislado y hasta entonces atrasado país hasta las posiciones de máximo prestigio y avanzadilla tecnológica de la ingeniería internacional. Ambos fueron unos magníficos ingenieros, cultos e ilustrados, pero con personalidades muy diferentes, aunque complementarias: Julio, más riguroso y teórico en el ámbito estructural; JAFO, más intuitivo e inclinado hacia la historia de la ingeniería y su relación con la sociedad. No es casualidad que el sincretismo entre ambos —que sin duda resultó esencial para su éxito profesional— nos recuerde también que las estructuras mixtas en las que ellos basaban los diseños de sus proyectos se fundamentan también en el sincretismo entre las tecnologías del hormigón y el acero, esto es, la superación de las limitaciones de cada una de ellas considerada aisladamente mediante su adecuada integración en un concepto estructural superior: los sistemas mixtos.
A finales del siglo XVIII, casi coincidiendo con la Revolución Francesa y el primer puente metálico de fundición de Coalbrookdale, la creación de las primeras Escuelas Técnicas, como la École Nationale des Ponts et Chaussées de París, abrió una profunda brecha entre los arquitectos y los ingenieros, ambos hasta entonces artesanos pontífices, de modo que su desarrollo profesional transcurrió a partir de entonces por caminos separados, paralelos, cuando no enfrentados, por polémicas inútiles y sin sentido.
Por otra parte, la tecnología de la construcción de estructuras de piedra fue progresivamente sustituida por la metálica y del acero, a partir del XIX, y la del hormigón, a partir del XX. Ambas tecnologías han discurrido también en paralelo, sin apenas mirarse ni influirse mutuamente tanto desde el punto de vista teórico y académico como desde el de los proyectistas y constructores. La aparición y desarrollo de las estructuras mixtas desde los años 70 del pasado siglo han permitido reconducir esta anomalía e impulsar el desarrollo de una nueva ingeniería estructural, mucho más creativa y atractiva.
Quisiera cerrar esta contribución resaltando cómo el perfil profesional de la trayectoria de Julio, y también de JAFO, ha resultado fundamental y nos ha indicado el camino de la superación de estas dicotomías tan polémicas como innecesarias y poco enriquecedoras gracias a las ventajas del sincretismo hormigón-acero que alumbraron las estructuras mixtas. Un sincretismo que ambos ingenieros practicaron y desarrollaron en sus relaciones mutuas, tan enriquecedoras para ambos, creando e impulsando equipos mixtos con los más prestigiosos arquitectos, huyendo así de las controversias inútiles y potenciando las ventajas del «mestizaje» de las sensibilidades y formación de ambas profesiones. Quizás, yo estoy convencido de ello, éste sea el mejor legado que nos han dejado ambos ingenieros.