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Monográfico | DANA
La DANA de Valencia: lecciones para no olvidar
Lo acontecido en Valencia supone un antes y un después en el devenir de las catástrofes en España, un país donde nuestra posición geográfica y nuestra realidad física nos sitúa en un escenario en que los eventos catastróficos no son infrecuentes. Con todo, la reciente DANA, con su correlato de muertes y destrucción, nos obliga a reflexionar hasta qué punto los paradigmas en los que estamos apoyando la técnica y la organización social son los más adecuados. El artículo trata de analizar la conveniencia de abrir los ojos a una realidad que tal vez ya no sea como venía siendo. Con ello se pretende contribuir a abrir un debate sobre cómo, desde la técnica y la ingeniería, se puede dar respuesta de futuro ante estas situaciones.
Jesús Casas Grande
Presidente del Grupo Tragsa
La DANA acaecida en el litoral español en los últimos días del pasado mes de octubre, con la dramática repercusión el día 29 en la comarca de la Horta Sur de Valencia, va a suponer un antes y un después respecto al alcance, la visión, y la repercusión de las catástrofes ambientales en España. Es cierto que nuestro país se encuentra situado geográficamente en un ámbito donde la excepcionalidad no previsible de los fenómenos climatológicos (sequías, inundaciones) y la irregularidad de los mismos son premisa obligada en cualquier consideración que se pueda hacer sobre la prevención y la respuesta a catástrofes ambientales. Pero lo ocurrido en esta última DANA supera con mucho cualquier fenómeno antes conocido. Nos aboca, más allá de un esfuerzo solidario como país para atender a la catástrofe, a un cambio en los paradigmas con que nos enfrentamos en estas situaciones. No es que algo haya fallado, es que, sencillamente, los parámetros que en teoría parecen haber dimensionado el desarrollo de los acontecimientos no estaban contemplados en el algoritmo del cálculo de las previsiones y de los efectos.
Se impone la reflexión. Una reflexión que será difícil porque, para mayor tragedia, todo análisis que podamos hacer está desgraciadamente teñido de un especial dramatismo. Queda enmascarado por la realidad dura y descarnada de más de doscientos treinta muertos. Una cifra que una sociedad como la española, acomodada en esa presunta seguridad que supone el pertenecer al llamado primer mundo, no sabe admitir, no puede aceptar.
Y todo esto en un país como España que, por reiteradas, sabe responder a las catástrofes. A fuerza de sufrirlas, disponemos de instrumentos capaces para dar respuesta en tiempos muy breves. Y además solemos hacerlo con profesionalidad y presteza, superando airosamente incluso las, a veces, inevitables, por más que incomprensibles, diferencias políticas, los enfrentamientos, y la contaminación mediática que estas situaciones suelen conllevar. Lo sabemos hacer.
Tenemos administraciones capaces de evaluar los riesgos, protocolos de comunicación calibrados en su dramatismo, cuadros técnicos profesionalizados, sistemas coordinados de medición y de protección civil, medios públicos disponibles de respuesta tanto en las fuerzas armadas como en las empresas públicas. Tragsa es un ejemplo como empresa pública, con instrumental propio especializado en emergencias. Pero no solo Tragsa. En España existe un espectro muy amplio de empresas e instituciones dispuestas y prestas a colaborar. Y además tenemos una sociedad solidaria que, en estos casos, y lo demuestra cada vez que se presta la necesidad, responde y está a la altura del reto. También aplicamos esa solidaridad a la respuesta a la atención de las personas afectadas.
Todos los años nos enfrentamos a algunas de estas situaciones y sabemos articular respuesta. Sin embargo, esta vez, a pesar del indudable esfuerzo de medios materiales, humanos e instrumentales, la sensación es otra.
Y la pregunta que nos hacemos todos —tanto técnicos, profesionales, responsables, y sociedad en general— es qué ha pasado esta vez. ¿Por qué nos hemos visto desbordados? Es evidente que responder a esa pregunta no es sencillo ni simple. Y también es evidente que sería impropio del rigor y la prudencia que, desde un artículo apresurado como este, se pretendiera sentar doctrina. Aún no es posible, transcurrido un tiempo del evento, tener las ideas claras. Sin duda, la catástrofe dará para muchas opiniones y para mucho tiempo. Pero lo que sí podemos aquí, sin ánimo de ser concluyentes o definitivos, es sentar algunas premisas para la reflexión. Este articulo solo pretende eso, establecer algunas premisas que den que pensar. Alimentar una reflexión que tiene que tener mucho de técnica, pero que, también, tarde o temprano, debe desbordar al conjunto de la sociedad.
Y para eso, creo que, en primer lugar, deberíamos hacer un esfuerzo de humildad. De humildad y de dimensionado. Si por algo nos debiéramos caracterizar los ingenieros es por decir las cosas claras y por saber calibrarlas. Y la realidad es que lo acontecido estaba absolutamente fuera de todas nuestras hojas de cálculo, fuera de todas nuestras mediciones. La realidad es que lo acontecido nos ha superado. Se discute mucho, y se discutirá, sobre si la comunicación a la población se realizó en términos correctos, y no seré yo el imprudente botarate que, desde la simpleza, entre a calibrar esa cuestión. Lo que es evidente —y eso convendría consagrarlo como axioma— es que la riada vivida se hubiera producido, más o menos en los términos en que se produjo, independientemente de la comunicación.
Tenemos administraciones capaces de evaluar los riesgos, protocolos de comunicación calibrados en su dramatismo, cuadros técnicos profesionalizados, sistemas coordinados de medición y de protección civil, medios públicos disponibles de respuesta tanto en las fuerzas armadas como en las empresas pública
En todo caso, el hecho de que la capacidad de respuesta social pudiera haber sido mejorable no pone en cuestión el alcance en el hecho físico, en la realidad ambiental. Y la realidad es que el volumen de aportaciones, la forma en que se produjeron, su intensidad, estaba fuera de cualquier cálculo. Estamos ante un nuevo referente en cuanto a desgracia se refiere. Y también parece razonable aceptar que ese volumen de aportación no hubiera sido menor, ni menos dañino, si el esfuerzo de regulación previo, si la intensidad en la inversión, hubiera sido superior al que fue. También es cierto que nuestros modelos de cálculo no cargan en sus datos el efecto del arrastre de decenas de miles de vehículos a través de una trama urbana; no cargan las consecuencias de un transporte de millones de metros cúbicos de barro a través de calles y pueblos; no incorporan la evidencia de que una cosa es el agua corriendo libre por los campos y otra, esa agua enfurecida restregándose por las calles y arrancando de su sitio todo lo que encuentra. Sería bueno empezar a aceptar que, por más que nos lo hubiéramos propuesto, no habríamos sido capaces de reconducir del todo lo que ocurrió bajo ninguna circunstancia. Y sería bueno entender que nuestros modelos tal vez se ajusten a la realidad geomorfológica y topográfica, pero quizá no contemplan la realidad social y la ocupación real de las zonas en donde la avenida se desarrolla.
En resumen, y es una conclusión que entiendo no es nada tranquilizadora, nos hemos enfrentado a un fenómeno climático desmedido, imprevisible, y para el que nuestra capacidad de respuesta, aún en la hipótesis de que en el pasado se hubieran desarrollado determinadas actuaciones infraestructurales, sería muy limitada. Y todo ello basculando básicamente sobre una trama urbana, con lo que ello comporta elementos adicionales que no entran en el análisis. De ahí lo de la humildad. Recordemos a la sociedad que no todo se puede resolver solo con la técnica.
Por otra parte, nadie puede asegurar que el año que viene no vuelva a repetirse análoga situación en otro sitio, o en el mismo sitio. Cuando ya teníamos todas las respuestas, nos cambiaron las preguntas. Y eso significa aceptar que, incluso con los términos de la ingeniería más sólida, lo ocurrido es muy difícil de aceptar por una sociedad que juzga lo sufrido con su veredicto inapelable. Lo ocurrido ha supuesto daños inaceptables en personas, en bienes materiales, en infraestructuras e instalaciones. Es muy difícil explicarlo, y es muy difícil que la explicación sea aceptada.
En conclusión, estamos obligados a entender que lo vivido en Valencia lo cambia todo. Y eso nos obliga, como profesionales, a cambiar el algoritmo. A pensar de otra forma. A incorporar otras componendas a nuestra forma de hacer. A no sentirnos cómodos y ahormados en las recetas tradicionales.
A lo largo de décadas, la ingeniería hidráulica ha logrado dar sólidas respuestas, en lo físico y social, mediante la construcción de una trabada urdimbre de argumentos técnicos aparentemente inapelables. El primero de ellos es el que dice que el diseño del cálculo hidráulico de las infraestructuras debe estar soportado por las cifras derivadas de los periodos de recurrencia calculados en base a las series de datos acumuladas de periodos anteriores. Hemos elevado a los altares de la técnica la Q500 como referente sacrosanto de la seguridad para nuestras infraestructuras y nuestra actividad. Y, en algunos casos, eso nos ha permitido incluso acometer actuaciones que han llegado a parecer como desmesuradas, o que han tenido un coste social elevado. Pues bien, digámoslo a las claras: eso ya no vale. O no vale solo.
Creo que debemos empezar a aceptar como premisa que, sin pretender abrir ningún otro debate, la realidad climatológica de España no está siendo la misma en estos últimos años que la que registran las series temporales de décadas pasadas. En que el agua del Mediterráneo haya estado, el pasado verano, cuatro grados más caliente que la media de lo que señalan nuestras series de temperaturas encontrarán su razón de ser los científicos, y servirá para debates académicos e incluso para interpelaciones parlamentarias. Pero que es una realidad palmaria que cambia las reglas del juego no se puede negar. Y convendría que también fuera algo unánimemente aceptado que la mayor temperatura en el agua y en la atmósfera, con el origen que cada cual quiera formular, supone un mayor nivel de energía «ambiental». Y también que de ese mayor nivel de energía solo cabe derivar fenómenos más agresivos, más contumaces, menos previsibles.
Revisemos nuestras tablas de datos y nuestras premisas de cálculo porque parecen describir bien el pasado, pero no parece que puedan darnos confianza para el futuro. Abandonemos el dogma del número de cálculo, porque ese número, por sí solo, no nos va a dar seguridad ni nos va a permitir trasladar tranquilidad.
El segundo argumento que tal vez debamos replantearnos es ese que parte de la verdad inapelable, pero escasa en matices, según la cual cada cierto tiempo el río saca sus escrituras y ocupa lo que es suyo y le hemos quitado. Según esto, la clave para ganar la seguridad está en el abandono territorial de áreas presuntamente ocupadas a la potencial inundación, y en la reforestación de las cabeceras. Y lo está. Pero a veces no puede estar, porque es sencillamente imposible. La realidad tozuda nos muestra lo que somos: un país tramado y trabado, donde la superposición de infraestructuras, instalaciones, edificaciones, y tierras transformadas es tal que, más allá de la advocación emocional por la recuperación de terrenos «para el río», salvo algunas cuestiones puntuales localizadas que naturalmente hay que precisar, nunca podrá ser una respuesta que permita un confort general.
La DANA de Valencia ha destruido la trama urbana e industrial de más de setenta municipios, afectando directamente a más de un cuarto de millón de personas. Miles de edificios, centenares de instalaciones, decenas de polígonos industriales, kilómetros de infraestructuras lineales, miles de hectáreas de tierras agrarias han sido arrasadas ¿Alguien en su sano juicio puede pensar que todo eso se puede «devolver al río»? ¿Estaríamos dispuestos como sociedad a plantear una migración de esas características? Creo que no. Solo basta recordar las críticas históricas que hasta ahora había venido teniendo el nuevo encauzamiento del río Turia, tildado de faraónico e innecesario, para comprender lo efímero que es el recuerdo.
Por eso me parece mucho más práctico y realista aceptar como inviable con alcance global la reformulación de un modelo territorial que tal vez no nos guste, pero que es imposible cambiar. En cuanto a la restauración ambiental en cabecera, obviamente loable, nada puede reprochar a ello un ingeniero de montes como soy, pero es evidente que su capacidad de laminación requiere unos tiempos de consolidación muy superiores a los que estamos hablando, y las áreas restauradas no necesariamente coincidirán con las áreas afectadas por la precipitación. En resumen, creo que no podemos dar marcha atrás al modelo territorial, más allá de ajustes puntuales y localizados. Y sobre esa realidad es sobre la que tenemos que pensar qué hacer.
Sin menoscabo de corregir y adecuar todo lo posible, debemos reformular las viejas premisas. Tendremos que hacer cosas, pero también tendremos que ser un poco más humildes, y aprender a asumir el riesgo, educar a la gente en que el riesgo siempre va a existir, y que, al tiempo que las medidas preventivas, son obligadas las medidas de adaptación, aquellas que minimizan los efectos, las medidas de resiliencia. No vamos a cambiar la irregularidad climática. No podemos cambiar una configuración territorial de siglos, y tendremos que seguir utilizando en lo que podamos la ingeniería, todas las ingenierías, la verde y la gris, que son las dos caras de la única ingeniería posible: la buena. Pero, más allá de todo ello, también tenemos que arbitrar medidas de respuestas para los escenarios imprevisibles, escenarios que, por escasos probabilísticamente, la realidad es que llegan.
Nuestros territorios tienen que estar preparados para resistir sin drama. Hace veinte años del tsunami que arrasó Indonesia. Con este motivo hemos visto en los medios de comunicación distintos artículos y comentarios. La conclusión de todos es siempre la misma: no es posible el riesgo cero, y no es posible abandonar el territorio. Debemos aprender a vivir en una realidad frágil, articular mecanismos que permitan dar respuestas que mitiguen y minimicen los efectos. La técnica tiene que ser más maleable. La flexibilidad de lo que hagamos, en instalaciones y en organización social, tiene que ser mayor. Nuestra capacidad de respuesta debe ser más inmediata y automatizada. Los mecanismos de resistencia y resiliencia deben estar testados y ser operativos. La sociedad no tiene que olvidar el riesgo y debe estar preparada para superarlo. Los puntos críticos tienen que estar analizados y la respuesta, protocolizada. La realidad no nos puede sorprender otra vez. No nos vamos a ir, y el riesgo no va a desaparecer. Construyamos algo que nos permita orillarlo lo mejor posible.
Lo anterior es muy fácil de decir, pero muy complejo de hacer. Va mucho más allá de la imprescindible atención a los damnificados o de la necesaria reposición de lo dañado. Supone reflexionar el cómo antes de lanzarnos a reponer el qué. Obliga a lograr hacer entender que necesitamos tiempo, que no podemos construir una respuesta estructural sólida en horizontes temporales de corto plazo.
Cuando se produce una catástrofe todo son prisas, todo son urgencias. Los procedimientos se acortan, y el esfuerzo en dar soluciones se magnifica. Y así debe ser. Pero estaríamos muy equivocados si pensáramos que solo esa primera fase, imprescindible en lo humano y en lo social, es la respuesta.
La realidad es que la respuesta conlleva una lenta y prudente sucesión de cosas y hechos, materiales e inmateriales, en un horizonte siempre de medio y largo plazo. La ingeniería tiene que interiorizar las nuevas premisas, tiene que modificar el algoritmo, y tiene que diseñar esas nuevas respuestas. Tiene que ganar flexibilidad y adaptabilidad. Tiene que saber mirar por encima del número de cálculo. Tiene que interiorizar en todo su hacer el factor imprevisto. Y también la organización social, la forma de vivir, tiene que cambiar. La sociedad tiene que asumir el factor riesgo, e incorporarlo en su comportamiento y en su toma de decisiones. Tenemos que hacer una sociedad que no se sienta insegura, pero que sea consciente de que vive en un escenario cambiante. Y los que nos gobiernan tienen que asumir la audaz decisión de entender que esto no se arregla en un día, que esto no se inaugura en unos meses, que esto no lleva el ritmo de las redes sociales, que esto se construye en el tiempo de una generación. Necesitamos entender nuestra debilidad, porque solo a partir de la asunción de nuestra debilidad podremos construir alguna fortaleza.
Porque la experiencia demuestra que una vez resuelto lo esencial de las personas, y una vez restaurados los más señeros de los elementos infraestructurales, estas cuestiones molestan, caen en el olvido, y acabamos normalizando lo innormalizable. Y no puede ser, no puede ser.