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Monográfico | DANA
La DANA y la urgencia de una estrategia sostenible de infraestructuras
Concha Santos Pedraz
Ingeniera de caminos, canales y puertos. Presidenta de la Asociación Nacional de Constructores Independientes (ANCI)
La DANA ha evidenciado la vulnerabilidad de los territorios frente a fenómenos extremos. Gestionar estos riesgos requiere una serie de medidas entre las que destaca, por su probada eficacia, la construcción de infraestructuras de prevención y protección. Desafortunadamente, aun existiendo en España directrices y planes en los que se incluyen muchas de estas infraestructuras, su ejecución ha sido muy limitada por falta de consenso político y de recursos presupuestarios. Esto exige una profunda revisión y replanteamiento de las estrategias en materia de planificación, financiación y ejecución de infraestructuras, priorizando la protección de la población y el patrimonio.
La reciente DANA y sus trágicas consecuencias han puesto de manifiesto la vulnerabilidad de los territorios frente a fenómenos meteorológicos extremos y la necesidad de dar seguridad a la población y al patrimonio en ellos presentes. Nuestro Colegio, en el marco del Observatorio de la Inversión en Obra Pública, ha recordado de forma recurrente la necesidad de una planificación a largo plazo de las infraestructuras que responda a las necesidades actuales y futuras y que esté basada exclusivamente en criterios técnicos con el fin de evitar cambios en las estrategias que alejen la consecución de los objetivos y, por otra parte, que cuente con la financiación suficiente para asegurar su ejecución.
En España disponemos ya de una serie de directrices que marcan las actuaciones prioritarias en materia de gestión de la política hidráulica y de inundaciones, y que están definidas en los sucesivos planes hidrológicos y en diferentes planes de gestión del riesgo de inundación, los cuales contemplan la construcción de diversas infraestructuras hidráulicas. Sin embargo, salvo casos puntuales, la gran mayoría de esas medidas no se han llegado a ejecutar, bien por falta de acuerdo político entre las diferentes administraciones competentes, bien por falta de disponibilidad presupuestaria. En este sentido, los efectos de la DANA, desafortunadamente, se han traducido en unas pérdidas económicas y materiales que superan con creces el coste de haber llevado a cabo tales actuaciones, por no hablar de la irreparable pérdida de vidas humanas. Por eso, la gestión de estos fenómenos climáticos —que si bien extremos son cada vez más frecuentes— exige una reflexión profunda y cambios sustantivos en nuestro modo de proceder.
En un país con un régimen hidrológico tan irregular como el de España, marcado por sequías e inundaciones recurrentes, la inversión en almacenamiento, regulación y protección frente al riesgo de inundaciones resulta imprescindible. Según el Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico (MITERD), las inundaciones son el riesgo natural más importante en nuestro país, con 2450 episodios registrados en los últimos 500 años y daños que ascienden a 800 millones de euros anuales de media. Y aun conociendo la magnitud del problema, hay que remontarse a las décadas de 1990 y principios de los 2000 para encontrar un esfuerzo inversor significativo en la construcción de infraestructuras hidráulicas para controlar las inundaciones. En los años posteriores cambió la estrategia en cuanto a la mejor manera de mitigar este riesgo y se viró hacia soluciones más basadas en la naturaleza. Y esto, junto a la drástica reducción de la inversión en obra pública a raíz de la crisis económica de 2008, redujo a mínimos la construcción de infraestructuras de prevención y protección contra el riesgo de inundación. De hecho, ya superada la crisis económica y con una inversión estimulada por los fondos europeos incluidos en el Plan de Recuperación, Transformación y Resiliencia (PRTR), tampoco se ha considerado invertir en este tipo de infraestructuras que, en muchos casos, se mantienen en la condición de «planificadas» sin haber conseguido avanzar hacia «en ejecución» o «ejecutadas».
La extrema gravedad de las consecuencias de esta DANA debe marcar un punto de inflexión en la situación de inacción e infrainversión en medidas de protección de los territorios con riesgo de inundación. La reconstrucción es un paso imprescindible, pero debemos ir más allá para consolidar un sistema que minimice el impacto de futuros episodios y proteja el bienestar de una población que ha de retomar su vida en unas zonas que, pese a estar señaladas en los mapas de riesgo de inundación del MITERD, no se contempla desurbanizar.
En materia de protección frente a avenidas y respecto al debate acerca de qué tipo de medidas son más efectivas —si las basadas en la naturaleza o las infraestructuras clásicas—, a la vista del funcionamiento de la presa de Forata en el río Júcar (construida en 1969 con el propósito de regular el caudal y mejorar el riego de las zonas agrícolas de la región) ha quedado de manifiesto la solvencia de las infraestructuras clásicas. La de Forata, junto con otras presas más pequeñas, laminó la punta de la avenida y evitó un desastre aún mayor; otro ejemplo de eficacia es el encauzamiento del río Turia, construido tras la DANA de 1957, y que evitó la inundación de la ciudad de Valencia.
Por ello —y aunque no cabe duda de que para la gestión de los riesgos naturales se precisa ordenación territorial, planificación urbanística, sistemas eficaces de alerta temprana y sensibilización y formación de la población—, se necesita sobre todo la protección que las infraestructuras han demostrado que pueden ofrecer.
Tenemos la obligación de poner la capacidad técnica y los recursos de este país al servicio de las personas para proteger sus vidas y propiedades frente a unos fenómenos climáticos extremos los cuales, lamentablemente, parecen ser cada vez más frecuentes. Los ingenieros de caminos y las empresas del sector están preparados para asumir el reto, pero el éxito dependerá de una visión conjunta que sitúe la construcción de infraestructuras de protección frente a avenidas como una prioridad nacional. Al igual que no cabe duda de que el bienestar de los ciudadanos conlleva que tengan acceso a la educación o a la sanidad —y los Presupuestos Generales de Estado (PGE) así lo contemplan—, también es preciso garantizar que los lugares donde viven y trabajan sean seguros, y esto debe verse reflejado en unos PGE que incluyan las inversiones necesarias para lograrlo.
En conclusión, debemos aprovechar la dolorosa lección que nos ha enseñado la DANA para llevar a cabo una profunda revisión y replanteamiento de nuestras estrategias en materia de planificación, financiación y ejecución de infraestructuras, priorizando la protección de nuestras comunidades y el patrimonio en el que se sostienen. Solo así podremos garantizar un futuro adecuado y seguro para hacer frente al desafío que nos plantea el cambio climático y asegurar que el día de mañana las catástrofes naturales dejarán de ser sinónimo de tragedia.