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Málaga
Los años de Málaga
El Plan General de 1983
Damián Quero Castanys
Arquitecto codirector del Plan General de Málaga de 1983.
A la muerte en 2012 del arquitecto Manuel de Solà-Morales, en el homenaje que le dedicóel Laboratorio de Urbanismo de Barcelona, di a mi intervención el título Los años de Málaga. Fue en Málaga donde nos encontramos, en los tiempos de regeneración del urbanismo español, al final de la década de los años setenta y en los primeros ochenta, cuando lo invité a asesorarnos en el Plan de la Trinidad y después en el Plan General de Málaga, como amigo, maestro y cómplice en el pensamiento sobre la ciudad.
Los años de Málaga fue también el periodo de fundación del urbanismo en esta ciudad y los años iniciáticos de mi oficio de urbanista, desde 1977 a 1983, entre el Plan de Rehabilitación de los barrios Trinidad y Perchel y la aprobación del Plan General de Málaga, con la complicidad extendida al cuarteto que formamos Manuel Solá-Morales, Salvador Moreno, Pepe Seguí y yo.
Buscando un punto de vista
Rememorar ahora, como se me ha invitado a hacer, la práctica del urbanismo en los primeros años ochenta del siglo pasado, tan agitados como felices, puede ser un reconfortante alivio en la desalentadora actualidad, pero solo tendrá interés si sabemos qué hacer hoy con las experiencias entonces vividas. Después de haberse publicado y discutido el Plan General de 1983 durante cuatro décadas en seminarios, foros, revistas y libros, hemos de preguntarnos si aún queda en él algo que convenga traer a nueva consideración.
Una nueva mirada al Plan que incida en los efectos que su aplicación tuvo en el devenir de la ciudad no me parece pertinente ahora; el Plan está demasiado próximo en el tiempo para ser colgado en el museo de historia de la ciudad y queda demasiado lejos para sostener su utilidad en la ciudad actual.
¿Un enfoque pedagógico, insistiendo en la ejemplaridad y fecundidad del episodio, contemplándolo con envidia desde la vacuidad del pensamiento y la esterilidad de la práctica actual en las ciudades? Esa es una cuestión épica y quizá gratificante, pero sin interés para muchos.
Hemos visto estudios y asistido a debates donde se han discutido los fundamentos conceptuales del Plan, los enfoques disciplinares que lo orientaron, dilucidando si su procedencia académica es más de escuela de Barcelona o de Milán, o cuánto tenía de Francia o Alemania, del GATCPAC o de Frankfurt de los setenta. Yo mismo, en ocasiones, he dado cuenta de los antecedentes en la formación de quienes hicimos el Plan en nuestra juventud, libres, afortunadamente, de premios y reconocimientos.
Quizá la atención a los fundamentos académicos haya distraído de la enseñanza más importante de aquella experiencia y que más actual se mantiene. Al cabo de cuarenta años observándola he comprendido que fue un episodio principalmente profesional: una dedicación brutalmente profesional, que explica los aciertos que se le han reconocido al Plan.
En 1984, al finalizar aquella experiencia leí de Jürgen Habermas una expresión magistral sobre el interés cultural que había tenido la arquitectura en la primera mitad del siglo XX: «En un cierto y afortunado momento de la arquitectura moderna, la identidad estética del constructivismo se encontró con el espíritu práctico del funcionalismo y se unieron de una manera informal». Unión casual y afortunada de impulso estético y espíritu práctico… oficio, cuestión de profesión.
Un propósito previo a todos los demás
La preocupación previa que teníamos por la dignidad del oficio de urbanista no fue ajena a la forma de trabajar en el Plan. A propósito de los trabajos sobre la Costa del Sol que me encomendó la Diputación Provincial a mi llegada a Málaga en 1974, yo había leído con espanto las memorias de los Planes Generales, cuyos autores explicaban con tanto desparpajo como cinismo el urbanismo que practicaban. Expresiones como «sacar dinero de debajo de las piedras», habituales para explicar los objetivos de la ordenación urbana, me habían estremecido tanto como sus resultados en el paisaje de la costa. En mis años de Málaga ningún objetivo me había parecido tan necesario como el de devolver la dignidad a la profesión.
El urbanismo que practicamos se debatía entre la pulsión del proyecto y el compromiso con la economía; entre la obra pública y las formas de la ciudad; entre las desesperadas exigencias vecinales y los límites del derecho urbanístico. El Plan se hizo posible entre 1980 y 1983 en las asambleas vecinales de las barriadas, tensas, interminables, solidarias, con problemas irresolubles las más de las veces; en reuniones de participación de los promotores privados, algunas al estilo tahúr en el juego inmobiliario; y en complicidad con los gobernantes municipales, celebrando con ellos los hallazgos, validando las propuestas y compartiendo el entusiasmo en su comunicación a la población.
Durante la primera década de nuestra democracia municipal hubo procesos y resultados semejantes en otras ciudades, casi hasta el año 1990. Este urbanismo español fue un episodio ciertamente casual y feliz, pero efímero. Tal y como escribí en 1989 para una publicación del Ministerio de Obras Públicas y Urbanismo, fue «una experiencia ya cerrada en el tiempo, propia de una conjunción temporal de anhelos de transformación social y estética, de un ímpetu que no sobrevivió a su estatalización».
Desde entonces, de manera pausada, el urbanismo español se ha ido reduciendo a una aritmética inmobiliaria presentada como paisajismo al dictado de matrices paramétricas de impacto, de medidas correctoras y compensatorias que tratan, sin éxito apreciable, de aliviar el desastre en las ciudades, que ahora llaman «el medio urbano».
Este urbanismo español fue un episodio ciertamente casual y feliz, pero efímero
Era la intención de reconstruir y construir ciudad la que reclamaba oficio. El proyecto debe nacer de la investigación previa y propia. Como aprendimos en la experiencia en Málaga, investigar es ir tras los vestigios, reconocer las huellas y las firmas del tiempo en los elementos de la ciudad. Luego, la síntesis del proyecto requiere el impulso del constructor, que consiste, como explicó Paul Valéry, en «reordenar la cantera y convertirla en templo». Reordenar los lugares y los tiempos de la ciudad es la tarea propia de los urbanistas: como sucede en tantos aspectos de la vida, lo más importante, después de explorar y conocer los acontecimientos y los elementos del pasado, no es saber cuáles han de permanecer, sino qué reconstruir ahora con ellos. En eso consiste la intervención urbanística en las ciudades; eso es lo que se puede leer en los planos del Plan desde sus primeros ensayos y croquis que aquí muestro.
El oficio, los oficios
En los años setenta el debate sobre la abstracción geométrica de la arquitectura moderna estaba ya muy avanzado. Desde la Escuela de Frankfurt, Walter Benjamin, y posteriormente otros discípulos de la Escuela, habían criticado la renuncia a la experiencia de la arquitectura moderna, la abstracción geométrica que renunciaba a las trazas y las huellas del pasado y el olvido de la tradición. Con esa sensibilidad, Pepe Seguí y Salvador Moreno aportaron al plano de Málaga sus dos enfoques, entonces y ahora, más actuales. Seguí, con su permanente anhelo de actualidad, con su formación moderna y su intuición sagaz de las formas de los objetos, de los edificios y de la ciudad que, sin estridencia, serán celebradas por el público y asumidas como de vanguardia. Salvador Moreno, en la modernidad con toma de tierra, lo cosmopolita desvelado en el lugar imprevisto, devolviendo a la figuración moderna la singularidad del lugar, la concordia con los trayectos en la ciudad, el goce de experimentar las huellas que la hicieron como es.
Los ingenieros de caminos Carlos Miró y José Luis Gómez Ordóñez, abandonando la idea abstracta de sistema —ni general, ni local, ni nacional— y trazando calles, paseos, avenidas, bulevares, alamedas, dársenas, diques, jardines…, que son los elementos con los que se hacen las ciudades.
Desde la economía y el derecho, Vicente Seguí y Álvaro García Cabrera, mostrando a las gentes y a los promotores inmobiliarios cómo, al menos entonces, era posible una convergencia entre cálculos de edificabilidad adecuados a la ciudad y rentables para las empresas, así como un derecho regulador de los intereses privados capaz de coincidir con el interés público.
Pedro Aparicio y José Asenjo, a la sazón alcalde y concejal de urbanismo respectivamente, enfocando, discutiendo y revalidando los trabajos con su criterio intelectual y político y con su autoridad, y transmitiendo además las nuevas propuestas para Málaga con fundamento y entusiasmo.
El recorrido posterior de estos enfoques, conceptos e instrumentos puede reconocerse en planes inmediatamente posteriores al de Málaga. Algunos de mi autoría, como los de Sevilla y Calvià, en Mallorca, al final de la década de los ochenta; la estrategia territorial para la ría de Bilbao; o el Plan Insular de Gran Canaria, en los primeros noventa. Y pasado el tiempo, ya muy reelaborados, en los instrumentos de intervención para las dos siguientes revisiones del Plan General de Málaga en 1997 y 2011, donde mantuve lo que permanecía actual desde 1983 y renové el arsenal conceptual e instrumental del Plan. Y también en otros planes de autores que continuaron el camino y actualizaron lo descubierto en el inicio. Posteriormente, en las dos primeras décadas de este siglo XXI, todo ello ha ido desapareciendo sin dejar apenas testimonio.
Reanudar hilos perdidos
Algunas de las características del Plan de 1983 merecen ser recordadas para ser recuperadas en algún momento en el que se comprendiese —lo que supongo harto improbable— la necesidad de devolver al planeamiento urbanístico algo de lo que en su momento tuvo de razonable.
La regulación legal y administrativa del urbanismo —que no había incurrido todavía en los excesos actuales de complejidad— permitía que la investigación, la decisión del tipo de plan a aplicar y sus instrumentos fuesen decisiones propias de cada ciudad. Nuestro plan, en su elaboración, pudo adoptar un enfoque analítico propio, proponer e incluso limitar sus objetivos y elegir el arsenal instrumental del que habría de dotarse. La pretensión tecnocrática actual de codificación sin resquicio, de control administrativo exhaustivo y sistémico, ha dado lugar a la uniformidad de resultados en la transformación y el crecimiento de las ciudades, a la esterilidad propositiva y a la anomia de los nuevos paisajes.
Apartándose de la lógica deductiva que propone la ecología como ciencia natural positiva, en urbanismo no es posible desvincular la investigación de la propuesta; el método de conocimiento y de intervención en la ciudad es conjetural, es el estudio propositivo, la imbricación mediante ida y vuelta de investigación y proyecto. La ciudad no es un sistema estable, ni su evolución es predecible, de modo que la definición de una estructura unitaria y de su ordenación completa es solo una fantasía de burócratas. No puede concebirse un plan que pretenda regular todo lo que interviene en la transformación de la ciudad.
Así se hizo: con ser enormes las carencias, conflictos y errores que Málaga acumulaba en 1980, el Plan seleccionó y eligió las intervenciones pertinentes, buscando conciliar las demandas sociales y las capacidades disponibles. En la actualidad, hemos experimentado ya cómo el criterio de selectividad es imprescindible en urbanismo, y cómo aún se le puede añadir eficacia a sus efectos si las actuaciones se saben elegir y proyectar atendiendo a su capacidad inductora de otras transformaciones. Abandonada la estéril exhaustividad, en urbanismo la selección de acciones es la opción para la regeneración.
Las transformaciones que esperamos de la intervención urbanística nada tienen que ver con la implantación de modelos ideales del repertorio tipológico de los arquitectos o de los promotores inmobiliarios. El proceso de transformación de la ciudad es secuencial, se realiza mediante una concatenación de situaciones, ninguna de las cuales debe distinguirse totalmente de las precedentes, tal y como lo explica para la obra de arquitectura el arquitecto Carlos Martí. Lo que interesa es conocer la «ley de montaje» de cada ciudad, la que representa la síntesis de lo múltiple.
Al tratar de conocer la «ley de montaje» de Málaga aprendimos que el método propio de la urbanística es la narración: las nuevas ordenanzas de la edificación —que fue la primera y adelantada revisión del Plan anterior que hicimos en 1979— no resultaron de la implantación de tipos de repertorio, sino de la descripción de la edificación de la ciudad. Y la forma de la ciudad fue el resultado de la narración de sus recorridos materiales y en el tiempo, de la concatenación y de los modos de agregación de sus partes. Posteriormente los proyectos irían modificando las condiciones originales de sus lugares y creando otras nuevas; tras atender a ellas, más adelante se descubriría la oportunidad y el modo de incorporar proyectos sucesivos.
La «ley de montaje» de Málaga que desveló el Plan de 1983, y que luego llevé y apliqué a los Planes de 1997 y 2011, se ha mantenido hasta ahora en la regulación normativa de la ciudad y en su crecimiento, pero sobre todo ha modelado la sensibilidad de las gentes en la comprensión de su ciudad. Quizás algún día, quizás ya mismo, deba modificarse. Sería deseable que en su lugar no irrumpiese el capricho y se siguiese la juiciosa reflexión de Vittorio Magnago Lampugnani cuando prevenía ante los excesos de frivolidad diciendo: «cada objeto se mide con la cultura a la cual pertenece, y contribuye a su desarrollo en el tiempo».
He traído aquí las enseñanzas que no he querido olvidar del urbanismo que practiqué en Málaga. Algunas de ellas, como las formas de entrelazado de la ciudad con sus territorios circundantes, fueron de condición fundacional en el Plan de 1983 y han seguido luego orientando nuevas acciones e intervenciones. Otros empeños, como la regeneración de barriadas y la concepción de los nuevos vecindarios, quisieron reanudar hilos perdidos de la arquitectura y del urbanismo, muchos de los cuales han vuelto a desatarse.