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Experiencias
Los efectos de la transición energética sobre las regiones, ciudades y áreas metropolitanas. Un caso de estudio
Los procesos de transición energética suponen modificar un sistema fundamentado en el uso de combustibles fósiles por otro basado en fuentes renovables. Dichos procesos no se limitan exclusivamente a un cierre de las centrales de carbón y al desarrollo de energías limpias, sino que deben suponer un cambio de paradigma, negociado y comprometido con los agentes económicos y sociales de los territorios afectados. Exige compensaciones y resarcimientos. En este trabajo se analizan los impactos económicos derivados del cierre de la central térmica de As Pontes (A Coruña) y se evalúan los contratos de transición justa.
Palabras clave: Transición energética, estrategia de transición justa, impactos económicos, sostenibilidad.
Energy transition processes involve changing from a system based on the use of fossil fuels to one based on renewable sources. These processes are not limited exclusively to the closure of coal-fired power stations and to the development of clean energy, but must involve a change of paradigm to be negotiated and committed with the economic and social agents in the affected territories. It requires compensation and redress. This paper analyses the economic impact of the closure of the As Pontes thermal power station (A Coruña) and evaluates the just transition contracts.
Keywords: Energy transition, just transition strategy, economic impact, sustainability.
Fernando González Laxe
Catedrático de Economía Aplicada. Universidade da Coruña
La transición energética es un proceso de transformación del actual sistema energético, basado en el uso de recursos, preferentemente, no renovables y extraídos de la naturaleza, a un nuevo sistema energético de base sostenible, fundamentado en las dimensiones económicas, medioambientales y sociales, con carácter permanente, factible y viable. Las aportaciones teóricas son variadas, aunque coinciden en lo esencial. Así, para unos, es un cambio en la forma que tiene una economía de aprovisionarse de la energía primaria que requiere para su funcionamiento, haciendo hincapié en que dicho cambio es gradual (Smil, 2010), en tanto que otros ponen el foco en que la transición energética implica transformaciones en las actividades económicas de una sociedad en base al abandono de ciertas fuentes de energía y la incorporación de otras nuevas, todo ello en un horizonte temporal amplio (Nordensvärd y Urban, 2015).
Dicho proceso de transición responde a las nuevas necesidades y exigencias derivadas de los efectos a medio y largo plazo provenientes del cambio climático y de las repercusiones producidas por las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI).
Asimismo, también precisa tener en consideración los efectos generados por la utilización de los desarrollos tecnológicos y los impactos derivados de las nuevas disponibilidades referidas al uso, transporte, distribución de la energía, consecuencia de la propiedad de las nuevas fuentes de energía y de los aspectos inherentes a la geoestrategia mundial.
La transición energética está motivada por la posibilidad de desarrollar un sistema basado en fuentes de energía de carácter renovable que vaya desplazando gradualmente a los combustibles fósiles, en el marco de una dinámica muy significativa y en todos aquellos ámbitos que sea posible, con el objetivo de lograr una economía con cero emisiones netas de gases de efecto invernadero. Dicha dinámica ha de generar más bienestar a las sociedades, procurando que el sistema energético resultante sea más inclusivo y sostenible y, por lo tanto, con menores efectos y externalidades ambientales negativas.
La transición energética se enmarca en una serie de procesos de transformación social y territorial. Afecta de manera directa e indirecta a muchas actividades e incide en los comportamientos presentes y de futuro. Al ser un proceso transformador, se considera relevante el estudio de propuestas relacionadas con los cambios sociales, territoriales y políticos. De ahí la transcendencia y las connotaciones que dichos procesos acarrean. No es, por tanto, un proceso de mero ajuste estructural o parcial en lo tocante al funcionamiento de la economía, instituciones y realidades físicas, sino que es una dinámica más compleja –pues al mismo tiempo debe ser viable, factible y sostenible– y cuyos principales efectos inmediatos tienen repercusiones en la propia organización de la economía y en la política.
Los niveles e intensidades de las transformaciones que dan lugar a las transiciones energéticas provocan la aparición de nuevos nichos de oportunidad, lo que supone afrontar nuevas adaptaciones y modificaciones de los procesos productivos en muchas actividades y sectores, a la vez que será necesario poner en marcha medidas de mitigación de los impactos de los cambios sobre determinados sectores y segmentos de la producción.
De esta forma, resulta necesario exponer, medir y explicar los procesos de transformación, adaptación y de resiliencia asociados a la sustitución de equipos, procesos e infraestructuras; a la sustitución y desarrollo de nuevos modelos organizativos y de negocios; a la mejora y actualización del capital humano; y a la composición del mix energético para afrontar, de manera gradual, las nuevas regulaciones e instituciones implicadas.
Las apuestas de la transición energética
Las transiciones ecológicas se proponen reducir la dependencia del petróleo y el carbón dentro de las estrategias sobre el clima y la energía. Los planes que está desarrollando la Unión Europea para alcanzar sus objetivos
exigen a cada Estado miembro contemplar reducciones de emisiones de GEI; aumentar la penetración y cuota de las energías renovables; incrementar la eficiencia y seguridad energética; garantizar su uso y a precios competitivos; dinamizar la conciencia ciudadana; y modificar los comportamientos de hogares y empresas.
Tales consideraciones nos llevan a formular los procesos de transición energética como si fuera un trilema, en la medida que atañe a la combinación de tres perspectivas que tienen objetivos combinatorios, pero con elementos interrelacionados y, en ocasiones, contradictorios. La transición energética combina una perspectiva de sostenibilidad con otra de seguridad y garantía de suministro y una tercera de competitividad económica.
En lo referente a la primera, el Acuerdo de París significa la apuesta y el compromiso por la reducción de GEI, a la vez que encauza los requisitos que han de cumplir los Estados, así como la regulación de los mercados internacionales de los derechos de emisión, definidos en el Protocolo de Kioto y fundamentados en la fijación de un tope de emisiones, seguido por la distribución de una cantidad de derechos de emisión equivalentes a dicho tope entre los agentes del mercado, a quienes se les otorga libertad para comerciar con los excedentes que no necesiten para cubrir sus emisiones propias. No cabe duda, sin embargo, de que existe un peligro en el desacoplamiento entre objetivos y metas referidas al crecimiento económico, a los aspectos demográficos y al consumo energético.
La segunda consideración del trilema hace referencia a la seguridad y a la garantía del suministro. Esto es, se enfoca el asunto desde la diversificación de las fuentes de energía primaria, la existencia y disponibilidad de recursos y los tamaños de los mercados. Es decir, analiza el reto bajo el prisma de compatibilizar la transformación de un sistema con un aumento de la demanda energética, derivados de mayores tasas de crecimiento económico y de un proceso de mayor y más intensa urbanización de la población. Asimismo, también incorpora como desafíos los aspectos relacionados con la gestión, las intermitencias y la variabilidad de las ofertas, así como de las perspectivas ambientales.
Experiencias
Los Convenios de Transición Justa (CTJ)
Tienen como objetivo prioritario el mantenimiento y creación de actividad y empleo, así como la fijación de población en los territorios rurales o en zonas con instalaciones térmicas o nucleares en cierre.
Por último, el tercer elemento del trilema es la competitividad económica que se subdivide en dos dimensiones, la micro y la macroeconómica. La microeconómica se refiere a los precios de la energía y a las actividades de consumo y producción de los hogares y empresas; esto es, mide los costes derivados de las explotaciones de las plantas de energía y su distribución para evaluar sus condiciones de oferta, penetración en los mercados de consumo y los grados de competencia.
La dimensión macroeconómica se centra en la capacidad de movilización de recursos financieros que sean capaces de asociar a inversiones y a conjuntar decisiones de apuesta por nuevas tecnologías de energía e, igualmente, en su capacidad para poder influir en el desarrollo de la transición energética.
De esta forma, los procesos de transición energética incluyen tanto actuaciones referidas a la eficiencia energética (perspectivas desde la demanda) como actuaciones en lo tocante a las modificaciones de la matriz eléctrica (perspectivas desde la oferta).
Dichas apuestas abren nuevas alternativas de crecimiento y de negocio. Las oportunidades económicas que se presentan pueden subdividirse en tres aspectos. Las macroeconómicas, que recogen su contribución al PIB, empleo, exportaciones e ingresos fiscales; esto es, derivado de la movilización de los recursos económicos; y las microeconómicas, que están asociadas a los objetivos de competitividad territorial y empresarial. Las primeras repercuten en los niveles de reducción de la contaminación y las segundas poseen incidencia en otras actividades relacionadas y vinculadas con la movilidad, economía circular, digitalización, desarrollo de nuevos productos y servicios, etc.
Por tanto, las oportunidades de generación de valor están muy relacionadas con los procesos de transición, ya sean por medio de la descarbonización, la creación de redes inteligentes de distribución de energía, de infraestructuras, instalaciones y equipamientos en los entornos de producción y consumo, entre otras. O sea, se procede a la sustitución de unas energías por otras, renovando y adaptando las infraestructuras y los equipamientos, de la misma forma que mejorando los consumos.
Las otras oportunidades tienen que ver con los aspectos regulatorios que abren las puertas a nuevos esquemas de regulación y de incentivos. En estos supuestos hay que tener en consideración la fiscalidad energética y medioambiental, así como las señales que se emitan para que todos los agentes económicos modifiquen y actualicen sus comportamientos, y para que las decisiones de producción, consumo e inversiones sean más sostenibles y eficientes.
El modelo español
España ha basado su modelo económico en el uso y dependencia de los productos fósiles. A partir de los años 70 del pasado siglo, la energía hidroeléctrica es sustituida por las térmicas clásicas (básicamente carbón) y por el uso mayoritario del petróleo, que acarreó una elevada dependencia.
A comienzos de siglo XXI, tanto la potencia como la generación de energía procedente de energías no renovables (nuclear, carbón, fuel/gas) superan el 80%. A día de hoy, según datos de 2020, las energías renovables (hidráulicas, eólicas, solares, geotérmicas, biomasa, biocarburantes y residuos renovables) baten el récord histórico y suponen el 44% del total de la energía generada en España, de la que el 21,9% corresponde a la eólica.
En la medida que la energía es un bien necesario para el desarrollo económico, es preciso garantizar su seguridad. Asimismo, el coste de la misma incide en los niveles de la competitividad económica (vía rentabilidad) y, con ello, en la inserción y posicionamiento internacional en cualquiera de las actividades y segmentos productivos y de servicios,
Un modelo económico deja de ser sostenible cuando el proceso de producción y acumulación genera efectos negativos, produciendo lo que se denomina externalidades negativas ambientales. O sea, cuando se infringe el concepto de sostenibilidad, que Brundtland definía de la siguiente forma: “satisfacer las necesidades del presente, sin comprometer la capacidad de las generaciones venideras de poder satisfacer sus propias necesidades”. De infringirlo y consentirlo, los efectos negativos serían muy duraderos y supondrían una losa para las siguientes generaciones.
En este sentido, los acuerdos internacionales referidos a los 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible (OS) y sus 169 metas vienen a constituir el horizonte y las bases de una aceptación universal.
España está dispuesta a registrar un cambio notable en las bases de su desarrollo. Las piezas fundamentales de la transición energética destacan por:
- impulsar el ahorro energético, reclamando buenos indicadores en lo que se refiere a la eficiencia, esfuerzo y concentración de las acciones. Se exigen marcos reguladores y una mayor conciencia ciudadana que permita lograr modificar los comportamientos y conductas en el uso, consumo y movilidad. Se pueden estimar los ahorros como resultante de las reducciones de costes;
- impulsar un proceso de sustitución de combustibles fósiles por renovables, a precios competitivos para garantizar su utilización. Se pretende ampliar la participación de las renovables, eliminando barreras para la integración de los sistemas eléctricos, tanto en la producción como en la distribución, aumentando, asimismo, la confianza de los consumidores;
- apostar por las nuevas tecnologías y equipamientos para posibilitar los usos más eficientes y sin menores efectos perjudiciales o generadores de externalidades ambientales negativas;
- introducir una fiscalidad ambiental que permita la internalización de los costes externos de las emisiones de gases de efecto invernadero y otros contaminantes atmosféricos, dentro de un nuevo contexto de Reforma Fiscal Verde;
- atender a los colectivos que resulten afectados negativamente, ya sean personas, ya sean espacios o actividades; y
- reactivar la necesidad de aceptación y comprensión en lo que hace referencia a la formulación e implantación de los nuevos marcos económicos, legales, administrativos y regulatorios para poder lograr la sostenibilidad de los sistemas productivos y de servicios.
Siguiendo las pautas establecidas en el Acuerdo de París, se han formulado tres iniciativas de gran calado de futuro: el proyecto de Ley de Cambio Climático y Transición Energética, el Plan Nacional Integrado de Energía y Clima, 2012-2030 (PNIEC) y la Estrategia de Transición Justa. Se busca disponer de elementos que guíen los procesos de transición y coadyuven a implementar los marcos estratégicos que permitan garantizar los procesos de descarbonización de la economía, la definición de una hoja de ruta para la próxima década y una estrategia de transición justa que permita asegurar a los trabajadores y territorios nuevas oportunidades derivadas de la mencionada transición y poder minimizar los efectos y repercusiones negativas por medio de medidas de acompañamiento y reactivación económica.
En la actualidad, el PNIEC impulsa el proceso de transición energética, cuyo objetivo es la reducción de GEI derivados de los efectos del cambio climático al suponer la existencia de un riesgo para la sociedad. Se trata de conseguir limitar el calentamiento global y de reducir las emisiones de gases de efecto invernadero, por un lado, y reducir los daños causados por la contaminación atmosférica (SO2, NOx…), por otro.
El PNIEC ofrece un marco que contempla un mix de generación; esto es, subraya el cierre de centrales que en la actualidad están operativas, y, en paralelo, menciona la necesidad de inversiones en nuevas instalaciones de generación renovable. Admite, pues, los impactos desiguales en lo que atañe a los territorios, debido a las disímiles repercusiones en los aspectos espaciales.
La filosofía de los procesos de transición energética planteados en España se fundamenta, principalmente, en la implantación de modelos bajos en carbono, que se desarrollen de manera que se coadyuve la optimización de los beneficios de la transición, que generen empleos y que se minimicen las repercusiones negativas que puedan derivarse en aquellas actividades que deberán ser objeto de transformación y reconversión.
En lo que concierne a la Estrategia de Transición Justa se definen herramientas novedosas de cara a favorecer las propias dinámicas de transformación sectorial, el cierre de instalaciones y la puesta en marcha de medidas de anticipación y reactivación territorial. Esto es, dicho proceso subraya el compromiso de incorporar políticas de transición justa, centradas en el apoyo a las actividades económicas que necesitan de adaptación, transformación cualitativa y protección del empleo.
Asimismo, ha de contemplar las bases para poder identificar e implementar, en cada caso específico, aquellas medidas que permitan garantizar a los trabajadores y territorios afectados un tratamiento que sea equitativo y solidario, que facilite un nuevo escenario productivo para todos, que evite la despoblación de las zonas afectadas por los posibles cierres y que no condene a la marginación económica a los territorios afectados.
De esta forma, la Estrategia de Transición Justa tiene como cometido la formulación de un Plan Sectorial de Transición para la Industria que servirá de pauta y de marco para cualquier medida de carácter sectorial, donde se incluyan los objetivos de adaptación a los requerimientos impuestos por las dinámicas de descarbonización y apuestas por las energías renovables y donde se definan las empresas y grupos de empresas que vayan a sufrir las transformaciones implícitas en dichas apuestas de cambio de modelo productivo.
En suma, lleva consigo el impulso de políticas industriales, de investigación y desarrollo, de innovación, de promoción de la actividad, de empleo, de formación, etc., de cara a identificar los desafíos y retos, así como las oportunidades y ventajas de dicha transición, ya sea a nivel de sectores como de subsectores industriales.
Para su aplicación se tiene pensado materializar los Convenios de Transición Justa, que son a la vez un Plan de Acción Territorial como un Plan de Actuación Económica, en los que se garantice el mantenimiento y la creación de actividad sustitutiva de empleo, de la fijación de población y la promoción de una diversificación y especialización de las actividades económicas, en coherencia con el nuevo contexto socioeconómico, aprovechando los recursos endógenos del territorio y atrayendo nuevas inversiones para su localización en el territorio afectado.
Los convenios obligarán a incluir los objetivos medibles y a definir una hoja de ruta con un calendario acordado. Para ello, se podrá disponer del Instituto para la Transición Justa, que servirá de apoyo para la elaboración de dicho marco de apoyo, tanto técnico como financiero.
Los elementos característicos de las transiciones energéticas revelan, en consecuencia, varios factores; pero, en todos los supuestos, las máximas preocupaciones se basan en garantizar una seguridad energética, por un lado, y en presentar sistemas de cobertura económica-social a los trabajadores y habitantes de las zonas afectadas, por el otro.
Un caso de estudio: el cierre de la central térmica de As Pontes (A Coruña)
Existen diversas metodologías para medir y cuantificar los distintos niveles de exposición que poseen los territorios afectados por el desmantelamiento industrial o aquellos otros que cuantifican los impactos y repercusiones que ello supone. Los estudios más completos hacen referencia a tres tipos de impactos.
El primero es el efecto neto directo. Recoge el impacto del cierre sobre las actividades productivas endógenas principales; es decir, sobre aquellas variables que están directamente vinculadas a las actividades cotidianas de las empresas, afectadas por la paralización de sus actividades.
El segundo sería el efecto neto indirecto, que posee una afectación exógena sobre otras cuentas de aquellas actividades y servicios secundarios de los principales, pero conectados de manera establecida con ellos.
Y el tercer efecto es el inducido, que recoge los efectos procedentes de la existencia de una retroalimentación en el flujo de la renta de una economía concreta. Este efecto no solo tiene en cuenta los efectos que se ciernen sobre la cadena, sino que también ha de poder cuantificar aquellas implicaciones que se generan en un territorio dado cuando este último sufre un shock negativo intenso.
En el caso de España, el Gobierno ha previsto que los Convenios de Transición Justa se configuren como instrumentos de compensación con los que poder mitigar los impactos negativos generados derivados de los procesos de transición energética y ecológica.
Dentro de las estrategias de transición justa se incluyen los distintos tipos de repercusiones. Por tanto, es preciso cuantificar las repercusiones para luego poder citar los niveles de compensación, ya sea desde la perspectiva de resarcir como desde la perspectiva de mantener los actuales niveles de interrelaciones económicas con las actividades exógenas implicadas, para que el efecto conjunto no llegue a implicar una pérdida real de empleo y de valor añadido en el territorio afectado.
El Concello de As Pontes de García Rodríguez está situado en la interior de la provincia de A Coruña, posee una extensión de 259,37 km2 y una población de 10.068 habitantes. Su dinámica demográfica arroja una disminución continuada en la última década (–18% de descenso de población, con una tasa de natalidad, en 2019, del 6,18‰ y una de mortalidad del 10,77‰) y asiste a un progresivo envejecimiento de su población, con un índice de 180,85 (el 33 % de la población con más de 60 años y el 13% con menos de 20 años).
En el término municipal está situada la central térmica, propiedad de Endesa, en funcionamiento desde 1975. La componen tres tipos de instalaciones: una central térmica convencional de carbón, formada por cuatro grupos y con una potencia bruta instalada de 1.468,5 MW, que es la que está afectada por el cierre; una central térmica de ciclo combinado de gas natural, con una potencia bruta instalada de 855 MW; y dos centrales hidroeléctricas con una potencia instalada de 60 MW y un núcleo eólico con una potencia de 161 MW.
Según los cálculos efectuados en el trabajo de J. Prado y F. González-Laxe (2021), el cómputo de los efectos desagregados del cierre inicial de la central, y en ausencia de cualquier actividad sustitutiva, serían del siguiente tenor: una pérdida anual de 144,27 millones de euros; una reducción de 77,53 millones de euros en concepto de consumos intermedios; una disminución de 66,74 millones de euros en lo referente al valor añadido brutos; una rebaja en lo tocante a las remuneraciones salariales de 33,60 millones de euros; y una pérdida de rentas de la propiedad y la empresa en torno a 33,14 millones de euros.
En lo que atañe a las repercusiones en términos de empleo, el cierre de la térmica de As Pontes supondría una disminución de 1.178 empleos, resultantes de una pérdida procedente del efecto directo de 108 empleos, de efectos indirectos, un total de 327 empleos; y de efectos inducidos, un total de 743 empleos.
Experiencias
Regeneración en la playa fluvial de la mina de As Pontes (A Coruña)
Regeneración de un espacio natural y recreativo formado a partir de una adecuación del hueco dejado por la explotación de la mina de lignito a cielo abierto que abastecía a la central térmica.
Se estima que posee alrededor de 550 millones de m3 de agua, producto del desvío de las aguas del río Eume y otras aguas subterráneas.
En la medida que la población activa con la que contaba As Pontes era de 4.676 personas, los afectados por el cierre de la térmica supondrían el 25,6% de la población activa residente y el número de desempleados pasaría de 414 a 1.592 personas, lo que registraría un aumento del 284,4%. Además, el cierre implicaría que apenas un 32,65% de la población activa conservaría su trabajo en la localidad mientras que un 34,06% pasaría a encontrarse sin empleo.
Asimismo, siguiendo el mismo estudio, el cierre de la térmica supondría una reducción de la capacidad financiera del Concello. Sus ingresos se aminorarían en torno a 3,8 millones de euros anuales, lo que representa una disminución del 45,5% de la tributación total antes del cierre. Tal recorte tendría una repercusión directa negativa en aquellas funciones llevadas a cabo por la institución local en lo tocante a las políticas de apoyo con finalidad social, cultural, deportiva y generaría reajustes en las acciones relacionadas con los incentivos empresariales y asociativos.
Los datos subrayan la relevancia que posee para el entorno territorial y la necesidad de plantear y fijar un convenio de transición justa. Tanto la cuantificación de las compensaciones como la promoción de actividades sustitutivas deben arbitrarse sin demora. O, lo que es lo mismo, se debe ser capaz de evitar una reducción de los flujos circulares de la renta que menoscaben las oportunidades de futuro y lograr que los procesos de transición sean justos.
Para ello, las recomendaciones incluyen procesos participativos y compensaciones por la totalidad de los efectos negativos, ya sea sobre el empleo como por la absorción íntegra de los componentes del valor añadido del territorio afectado. Esto es, encontrar nuevas inversiones que pongan en valor las compensaciones que el desmantelamiento supone.
Conclusión
La necesidad y la apuesta por los procesos de transición energética llevan aparejada la necesidad de incrementar la eficiencia y sostenibilidad del consumo de energía, dando lugar a la oportunidad de nuevas formas de producir, de consumir y de almacenar. Exige formular planes de optimización en lo tocante a la utilización de los recursos, limitando y reduciendo las emisiones asociadas a GEI en todos los sectores productivos y en la totalidad de las cadenas de suministro energético.
Se acelerará el surgimiento de nuevos actores y el desarrollo de nuevos modelos de negocios en torno a la gestión que ofrecen las instalaciones y redes, abriéndose nuevas oportunidades y dinámicas para los que participen en el sistema.
Uno de los aspectos que provoca la transición energética son los nuevos condicionantes sobre los territorios afectados. Afecta a su grado de competitividad en la medida que modifica la capacidad de atraer, disputar, poseer, controlar y poder transformar los mercados de productos, servicios y trabajo.
Las áreas urbanas y metropolitanas se ven afectadas en términos de valor y los efectos derivados de las dinámicas de transición alteran sus niveles de competencia y cooperación. Es decir, aquellas variables, como los elementos locales que generan ventajas competitivas; las demandas locales; la estructura económica; las conexiones y las ratios de accesibilidad; el entorno institucional, legal y regulatorio; y el entorno físico se ven modificadas total o parcialmente, incidiendo de manera directa en las condiciones de atracción de las empresas y en la generación de puestos de trabajo.
En este sentido, los procesos de transición energética impulsan, por un lado, el desarrollo de la competitividad de las ciudades y, por el otro, tienen como misión mejorar el entorno físico y medioambiental. Quedan, pues, por evaluar los procesos de transición justa y los niveles de participación de la sociedad a fin de lograr los objetivos fijados.
Referencias
1
Nordensvärd, J., Urban, F. (2015). The stuttering energy transitions in Germany: wind energy policy and feed-in tariff lock-in. Energy Policy. 82. 156-165.
2
Prado, J., González-Laxe, F. (2021). Impacto socio-económico en As Pontes de la descarbonización energética. Universidade da Coruña. Estudio realizado por encargo del Ayuntamiento de As Pontes
3
Smil, V. (2010). Energy transition: history, requirements, prospects. Santa Barbara. Ed. Praeger/ABC CLIO.