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Mauro Eugenio Giuliani
ngeniero de caminos.
Director de REDESCO.
Profesor de Estructuras en la Facultad de Arquitectura del Politécnico de Milán.
Me encontré por primera vez con Julio a finales del verano de 1990. Yo había llegado a Madrid poco antes de presentar mi proyecto de fin de carrera en el Politécnico de Milán en busca de mi primera experiencia laboral. Aunque no era un estudiante brillante, animado por muchas curiosidades y el inconmensurable don de la juventud, tenía más entusiasmo en la idea de iniciar una nueva etapa de mi vida en el fascinante y polifacético Madrid de aquellos años que en la de ejercer la profesión de ingeniero. Hice algunos trabajos de diversa índole durante un breve tiempo buscando algo apropiado para empezar esa etapa.
Y conocí a Julio. La entrevista fue breve. En el semisótano de la calle Víctor de la Serna conocí a este señor simpático, directo, con esas gafas grandes, y que en pocas palabras aceptó mi solicitud para trabajar en MC2. Entonces yo no sabía que había conocido a un Maestro y a un Amigo para toda la vida.
No tardé mucho en comprender que había llegado a un lugar especial donde, con la fuerza del pensamiento, el trabajo y la creatividad, unas pocas personas (en MC2 éramos 5, incluidos Julio y yo) forjaban proyectos que se convertían en obras; el creador, el impulsor, era Julio, cuyo gentil, pero indiscutible carisma impregnaba todas las horas de nuestro trabajo, ya estuviera él presente o no. Y pronto también comprendí que las obras que Julio concebía representaban indudablemente la excelencia y fueron una motivación irresistible para seguir sus pasos y ser ingeniero, proyectista. Nada más llegar, Julio me regaló el libro Estructuras mixtas. Teoría y práctica sin mucha presentación, como si se tratara de un gesto de cortesía. Empecé a estudiarlo: fue toda una impresión. Las estructuras mixtas no eran nada más que un capítulo muy corto en mi currículum de estudios; allí había un mundo nuevo. Cada día, en los puentes que diseñaríamos en MC2, la idea creativa, pasando por la teoría y los métodos, se convertía en proyecto y luego, en materia. (Hoy todavía sigo releyéndolo y consultándolo con creciente admiración; quién sabe si algún día lo dominaré. Lo cierto es que estudiando otros textos y normas actuales no encuentro conceptos ni resultados que no estuvieran ya en ese libro colosal).
En poco tiempo, mi incierta vocación se materializó en entusiasmo: sí; era posible combinar en una profesión creativa y técnica al mismo tiempo los años de lectura, los estudios clásicos del bachillerato, la ingeniería del Politécnico, la curiosidad del trotamundos, la afición al arte, el orgullo del construir, y el carácter algo egocéntrico indispensable para quien quiere ser autor de proyectos. Tuve ante mí a un Maestro que me demostró con sus acciones y palabras que todo esto, y mucho más, estaba plasmado en su persona. ¿Cómo no dedicar todas mis energías a esos años magníficos bajo la guía de un hombre tan formidable?
La secuela es una historia de amistad. Con el paso del tiempo, la relación laboral se transformó en una relación muy personal, que pasó por diversos acontecimientos existenciales y profesionales. Creo que mi «italianidad milanesa», vista por Julio, que era un gran conocedor y amante de la historia y el arte de mi país, quizá fue un motivo inicial de su interés, y que sus visitas a Milán —donde exploramos con la inolvidable guía de Silvia, mi madre, expertísima en ese campo, una infinidad de iglesias y obras grandes y pequeñas— fueron el inicio de varios caminos conjuntos.
Tenía el don de tocar lo más profundo de las distintas dimensiones de la existencia
A través de viajes, correspondencia, encuentros en Italia, en España y por Europa y a través también de colaboraciones en algunos proyectos importantes cuando ya me había mudado definitivamente a Italia, la presencia de Julio fue una parte indisoluble de los puntos de referencia de mi existencia. Una presencia no diaria, no frecuente, pero por eso no menos profunda.
Recuerdo con cariño y placer una tarde en la que los dos perdimos el avión de regreso de Londres, donde nos habíamos reunido para ver una de las pocas interpretaciones de la ópera Palestrina de Pfitzner. Pasamos una noche extra en la ciudad, lo cual, cómo no, derivó, como siempre, en una cena y una sobremesa de conversación inolvidable. O incluso los encuentros en Menorca, donde pasamos de visitar las canteras de piedra, verdaderas esculturas land art, a ir a ver a José Antonio Fernández Ordóñez en su finca, donde la escultura que da la bienvenida al visitante es una obra maestra de la historia de la humanidad. También creo que soy una de las pocas personas que vio a Julio probarse un par de esquís durante una divertidísima «semana blanca» que pasamos juntos en los Dolomitas. Y podría seguir contando anécdotas, historias, experiencias de trabajo y viajes a lo largo de tres décadas.
En todas las numerosas experiencias compartidas, la huella que Julio dejó durante el tiempo que pasamos juntos fue profunda e íntima, ya que él impulsaba a quienes sabían sentir su fuerza sutil a reflexionar y a esforzarse siempre un poco más allá del nivel de «confort» de sus propios conocimientos y pasiones. Correspondencia, cartas, borradores y copias de sus libros añadieron riqueza a esta fuente aparentemente interminable de inspiración. Julio era Julio: lo increíble parecía normal si venía de él, con su sonrisa y su disposición para debatir, y su capacidad para prestar, sin que se notara, su ayuda incondicional.
Y este es el rasgo peculiar, único, inimitable, que quiero recordar de Julio. La curiosidad insaciable de un espíritu excepcional alimentado por la competencia adquirida con infinito estudio y reflexión hizo de Julio una referencia, un guía, un punto de apoyo, sin ninguna pretensión de poder compararse con él al mismo nivel en todos los temas. Esta dimensión suya —«muy humana», según sus palabras, casi «sobrehumana» según los cánones normales— tenía el don de tocar lo más profundo de las distintas dimensiones de la existencia, sin subirse a la silla, sin dar sermones; sabía situar de manera sencilla, e increíble, con claridad y aparente ligereza, los términos de cualquier cuestión que le interesara a un nivel superior, de tal forma que no pareciera inaccesible a su interlocutor.
Y así, casi en broma, con motivo de un evento en la casa donde vivió unos años en Barcelona, cuando me pidieron que dijera unas palabras sobre Julio, me vino a la mente un juego de palabras, una especie de neologismo jocoso que recuerda las indicaciones en italiano sobre la interpretación de obras musicales: profondo con leggerezza.
Aún hoy pienso que esto es lo que nos dejó Julio: la ejecución magistral de una vida en la que se practicaba constantemente la profundidad, pero al mismo tiempo se vivía y, sobre todo, se entregaba a los amigos con un toque de leggerezza (*).
Adiós, Julio.
(*) Nótese que la traducción literal de leggerezza en español es «ligereza», pero no transmite correctamente el matiz de la palabra en italiano, que se acerca más a suave, leve o, mejor aún, sutil, sin perder el significado fundamental de ser lo contrario de «gravedad».