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Ginés Ladrón de Guevara Méndez
Director de Proyectos de MC2 Estudio de Ingeniería.
Resulta extremadamente difícil condensar en unas pocas palabras, y aunque fueran muchas, lo que significó la persona de Julio Martínez Calzón para un joven ingeniero que comenzó a colaborar en su estudio en el año 1997 (hace más de 26 años), y que ha madurado personal y profesionalmente a su lado. Quizá por ello resulte mucho más sencillo condensarlo en una sola. La palabra maestro, repleta de múltiples matices y sutilezas, aglutina todos los significados posibles que expresan mi relación con Julio a lo largo de todos estos años. Julio ha dejado en todos los que lo hemos conocido una huella indeleble. Del mismo modo que la ingeniería de estructuras moderna tanto nacional como internacional no puede entenderse sin la autoridad y aportación del profesor Martínez Calzón, los que hemos acompañado y colaborado con Julio en su monumental obra no podemos entendernos a nosotros mismos sin reconocer su singular impronta.
Comencé a trabajar en el estudio MC2 de Julio en el año 1997 por una curiosa confluencia astral, y nunca mejor dicho. Por entonces, yo colaboraba como becario en la Cátedra de Mecánica de la Escuela de Caminos de Madrid con el profesor José María Goicolea. Fruto de la amistad entre Julio y José María, y a causa de la pasión que compartían por la astronomía, ambos se embarcaron en una colaboración con el Instituto Astrofísico de Canarias para desarrollar el diseño conceptual del futuro Gran Telescopio Canario (GRANTECAN). Fue en este fascinante trabajo donde conocí personalmente a Julio. Recuerdo con una sonrisa los vehementes debates sobre la influencia de la deformación por cortante del anillo inferior del espejo primario en el comportamiento de la estructura del telescopio, y del potencial fenómeno de resonancia entre la estructura y la operativa del espejo secundario que afectaba principalmente en el rango infrarrojo de frecuencias. A los pocos meses de haber finalizado ese proyecto, Julio me ofreció colaborar en su estudio, no sin antes haberlo consultado con José María Goicolea con toda la delicadeza y el pudor que le caracterizaban. José María, generosamente, me aconsejó aceptar la oferta a pesar de perder un colaborador.
Sobre todas sus virtudes, que eran muchas, Julio fue esencialmente, a mi modo de ver, una persona apasionada que vivía cada instante con una intensidad desbordante. Cualquiera que fuera la tarea, materia o campo que atrajera su interés en tal o cual momento, Julio lo abordaba como si fuera una cuestión transcendental. Lo mismo daba que estuviera resolviendo el complejo proceso constructivo de un puente, leyendo un artículo sobre astrofísica o un tratado filosófico, o bien disfrutando de un viaje por sus queridas China e India. Fruto de esta actitud vital, Julio alcanzó cotas de conocimiento extraordinarias, no solo en el campo de la ingeniería, que era su profesión, sino también en el de sus otras pasiones: la música, la pintura (las artes en general), la filosofía y la astronomía. Esta pasión desbordante por todo lo que hacía se traducía en una generosidad ilimitada con los que tuvimos la suerte de compartir con él algunos de estos instantes eternos. Recuerdo, de nuevo con una sonrisa, las interminables sesiones en su despacho que no terminaban hasta que todas las dudas y cuestiones que le planteaba quedaban completamente resueltas. En mi primera etapa en MC2 como ingeniero junior asistía a estas sesiones atónito, no solo por sus brillantes soluciones y explicaciones hasta el último detalle, sino porque no alcanzaba a entender tanta dedicación y atención al joven ingeniero que yo era por entonces por parte del mismísimo Julio Martínez Calzón.
Julio valoraba en extremo los proyectos de edificación porque requieren ir más allá de la estructura como tal
Las aportaciones de Julio a la ingeniería estructural son de sobra conocidas. Muchas de ellas, como la introducción de las estructuras mixtas en España o la invención de la doble acción mixta, forman parte del «imaginario cultural» de nuestra ingeniería y, por lo tanto, no quiero ni debo entrar en ellas en este escrito. Sin embargo, sí quisiera aportar, siempre desde mi experiencia personal como colaborador en su estudio, algunos aspectos del Julio ingeniero más allá de sus contribuciones más conocidas y reconocidas.
Julio supo combinar una inteligencia privilegiada para la ingeniería con esa pasión a la que antes hacía referencia. Esta extraordinaria combinación le permitió abordar y resolver problemas ingenieriles con una excepcional brillantez e inusitada imaginación, pero a la vez con el máximo rigor y una capacidad de trabajo y dedicación rayanos en lo heroico. Además, su interés y maestría en otros campos de la ciencia, las artes y el pensamiento le otorgaron una visión holística y extraordinariamente abierta sobre los problemas estructurales, trasladando ideas y conceptos entre las estructuras de edificación y los puentes, antes compartimentos estancos, o entre los propios materiales constructivos y sus posibles combinaciones. Esta mirada de ingeniero humanista, integral y permeable le concedió la sincera admiración por parte de los arquitectos, en algunos casos transformada en verdadera amistad, dejando atrás el absurdo y miope debate sobre las competencias entre arquitectos e ingenieros. Julio entendía la figura del arquitecto como la de un director de la orquesta cuya función es dar sentido global a la pieza musical y conjugar la interpretación de los diferentes instrumentos; el ingeniero de estructuras sería, por ejemplo, el primer violín en los casos en los que la estructura jugase un papel destacado en el edificio. Julio valoraba en extremo los proyectos de edificación porque requieren ir más allá de la estructura como tal. El ingeniero se ve impulsado a comprender y relacionar con la estructura otros aspectos del edificio muchas veces tanto o más relevantes que la propia estructura.
Entrando en cuestiones técnicas, quisiera ilustrar esta particular mirada ingenieril de Julio con dos ejemplos en los que tuve la fortuna de participar, quizá menos señalados, pero a mi entender claramente representativos.
El primero de ellos se refiere al concepto que Julio denominó «transferencia activa» de la carga que recibe un pilar o soporte de una estructura existente a otra estructura de nueva ejecución con el fin de eliminar dicho pilar o soporte original, todo ello sin apenas afectar al resto de la estructura original que apoya sobre dicho pilar o soporte a eliminar. Esta idea se ha aplicado en más de 70 pasos superiores de autovías existentes en España, en los cuales ha sido necesario eliminar algunas o todas las pilas originales debido a la necesidad de ampliar el número de carriles para los que fueron originalmente proyectados. La clave de esta operación reside en que los tableros de los pasos superiores apenas perciben el cambio de posición del soporte, realizando un proceso de transferencia de la reacción de los soportes originales a la nueva estructura.
Pero quizás lo más curioso de esta idea es que no se gestó en el ámbito de la obra civil. Julio no la pensó originalmente para aplicarla a la ampliación de luz de pasos superiores, sino que fue concebida para la eliminación de pilares en edificación y, en particular, en la menos prosaica Sala Villanueva del Museo del Prado. En este proyecto Julio aplicó la solución habitual de incorporar unas vigas que recibían la carga del forjado superior en las posiciones de los soportes a eliminar. Sin embargo, debido a la flexibilidad de estas vigas, su entrada en carga directa implicaba unas deformaciones del forjado inasumibles por los acabados de mármol que debían mantenerse. Precisamente, Julio ingenió el sistema antes descrito con la idea de mantener inalterado, sin desplazamientos, el forjado existente y preservar así los acabados, y evitar, por otra parte, la incorporación de refuerzos en estos forjados.
El segundo ejemplo se refiere a su contribución en el ámbito de los puentes móviles. Julio sentía una especial predilección por retos que combinasen la ingeniería de estructuras con otras especialidades (astronomía-estructura en el citado GRANTECAN o arquitectura-estructura en edificación). En el caso de los puentes móviles, la mejor articulación e integración de los mecanismos de movimiento del puente con su estructura y subestructura suscitaba en Julio un particular interés.
El primer puente móvil construido que proyectó Julio fue el puente basculante del Puerto de Valencia, de 98 m de luz entre rótulas y récord del mundo en su tipología para tráfico ferroviario. Se dio la circunstancia de que, debido a los cambios en la organización del puerto, el puente quedó en desuso a los pocos años de su inauguración. Se requería, por tanto, la ejecución de otro puente móvil de uso carretero en una ubicación distinta y de movimiento rotatorio en lugar de basculante. Cuando todo parecía indicar que la solución más adecuada sería desmontar el puente existente y construir uno nuevo, Julio planteó a la Autoridad Portuaria una solución sorprendente que convenció a los técnicos y gestores del puerto. Consistía en aprovechar al máximo el puente existente, tanto su estructura y como sus mecanismos, transformando el ancho de la plataforma de 8 a 21 m y su uso de puente ferroviario a carretero. La luz se incrementó sensiblemente hasta los 99,2 m, y se modificó el movimiento del puente de basculante a rotatorio con pequeñas modificaciones en el mamparo situado en los ejes de apoyo y giro. El aprovechamiento de la estructura original fue del 100%, mientras que finalmente se pudo aprovechar solamente el 50% de los mecanismos originales.
Además de las virtudes como ingeniero imaginativo y polifacético, estos dos ejemplos nos muestran otra cualidad más de Julio: su compromiso ético. En todas sus obras y colaboraciones, y en el devenir de los trabajos en el estudio, Julio nos ha transmitido siempre que la honestidad y el compromiso ético deben guiarnos en cualquier toma de decisión técnica, sobre otros intereses y, principalmente, sobre nuestro propio ego, causa y origen de un manierismo aberrante, inexpresivo y falto de «verdad», relativamente extendido en nuestra profesión, sobre el que Julio nos alertaba insistentemente.
El fallecimiento de Julio el 26 de septiembre del año 2023 nos deja huérfanos. El sentimiento de pérdida nos deja desnortados, especialmente al tratarse de una persona con tan hondo significado: un faro inquebrantable, siempre dispuesto, iluminando y guiando nuestro vivir y hacer.
Quiero acordarme de la familia de Julio, en especial de sus hijos, Lorena, Alberto y Gonzalo, a quienes la ingeniería también debe tributo.
Mi más sentido agradecimiento a ti, Julio, con la certeza de que tu legado no descansará en paz, sino que se mantendrá eternamente vivo alumbrando un futuro mejor.