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Salvador Moreno Peralta

Arquitecto

La ciudad es el testimonio gráfico de la historia que fluye por ella como una narración ininterrumpida. Sin embargo, esa continuidad se ve pautada por circunstancias que la aceleran o intensifican, junto con otras que la retardan o deprimen, según un perfil parecido a los picos y valles de una cordillera. El crecimiento de Málaga en los últimos cuarenta años manifiesta, en todos sus parámetros, una curva asintótica ascendente, como la ladera de una montaña empinada cuya cima no alcanzáramos a vislumbrar. No hay una imagen concreta que nos permitiera seguir llamando ciudad —en la acepción histórica del término— a esa expansión indefinida, salvo que esa ciudad fuera ya otra cosa.

Los más clásicos de entre los ensoñadores imaginan que Málaga va hacia una meta de «gran metrópoli», como expresión de un modelo urbano postindustrial y analógico; una gran ciudad, como superación de frustraciones provincianas, crecida en mancha de aceite, movida por la espiral de sus anhelos y esclava de sus siempre, por definición, deficitarias infraestructuras. Creemos, sin embargo, que el futuro prometedor que el presente augura apunta más a una idea, en principio, vaga, de ciudad de ciudades, o ciudad-región, que no a una gran metrópoli elefantiásica. El interés que Málaga ha sabido suscitar como paradigma de crecimiento para una ciudad media en el contexto de la globalización puede depararle solo una notoriedad efímera si una formalización inadecuada de su impulso la hundiera en la vulgaridad.

Sabemos ya cómo ha sido la evolución en estos años: crecimiento continuo y, a la vez, sincopado por circunstancias sobrevenidas que marcaron los derroteros por los que se encauzó el ímpetu urbano. Señalemos las de mayor capacidad dinamizadora:

  • Conexiones viarias de largo alcance, con rondas y autopistas que han vertebrado la costa y la provincia a lo largo de cuarenta años.
  • Construcción del tercer aeropuerto internacional y de la línea de alta velocidad Málaga-Córdoba-Madrid, lo cual ha permitido que Málaga salga de la insularidad que ha padecido, de hecho, hasta bien entrado el siglo XX. De repente, las infraestructuras de movilidad y comunicaciones convierten en un hub central lo que la geografía hacía periférico.
  • La ciudad tecnológica —el Parque Tecnoló-gico de Andalucía, conocido como Málaga TechPark, en estrecha colaboración con la universidad—, que surge a mediados de los años 80 como una recualificación y modernización del uso industrial, así como una instancia de diversificación del monocultivo turístico-inmobiliario en el que se basaba la economía local. Quizás en ese momento la nueva economía del conocimiento solo fuera una intuición de informáticos y políticos avanzados, pero las redes son hoy nada menos que el elemento nuclear de nuestra vida, con la paradoja de que, a pesar de la aparente ubicuidad del flujo de información y conocimiento, la elección residencial de los profesionales de la tecnología es el mejor indicador de los lugares «fuertes» en la nueva configuración demo-geográfica del mundo (Castells y Borja), esto es, aquellos que permiten aunar residencia, ocio, trabajo, servicios, comunicaciones, sanidad, universidad, formación permanente, clima, cultura, democracia, y también ese sustrato de historia que personaliza el carácter de sus habitantes, enraizándolos en la indispensable referencia a lo real. Y, en esas confluencias, Málaga descubre un valor que hasta ahora solo el turismo había logrado encauzar provechosamente en la Costa del Sol.
  • Aunque de forma tardía, la propia capital se acabó incorporando al club de las ciudades turísticas, combinando eficazmente los tres elementos del trípode que hoy sostiene la mayor parte de la actividad económica global: el turismo, las TIC, y la inmensa capacidad de acumulación de cultura. Estos tres elementos han permitido a Málaga salir de su invisibilidad de ciudad media, potenciando los valores patrimoniales de su Centro Histórico, hasta ahora subestimados, y ofreciéndose en el mercado urbano global con el sonoro branding de Ciudad de Museos, cuna de Picasso.

Todas estas circunstancias, forzosamente resumidas e incompletas, acaban rompiendo la secuencia aparentemente evolutiva de la ciudad con uno de esos picos a los que nos referíamos al principio, pero en este caso es de tal intensidad, que lo asimila a una verdadera mutación. Tratemos de explicarlo a continuación.

El crecimiento urbano de la propia ciudad está próximo a saturar los espacios disponibles dentro de los límites municipales, de forma que el próximo Plan General habría de ser ya casi un Plan de Reforma Interior (Damián Quero). Por su parte, las infraestructuras de movilidad y de transportes, ya sean públicos o privados, extienden hoy las relaciones cotidianas origen-destino más allá incluso de los límites del área metropolitana.

El ámbito del Plan del Área Metropolitana (POTAUM), de redacción relativamente reciente, puede considerarse ya superado en su operatividad. Estas infraestructuras reflejan su propio carácter biunívoco: por un lado, responden a necesidades determinadas, pero al construirlas, su funcionamiento genera, a su vez, nuevos escenarios de oportunidades y nuevas colonizaciones de suelo.

Paralelamente las dos crisis planetarias registradas en este principio de siglo, la financiera del 2008 y la pandémica de la COVID-19, tuvieron una incidencia territorial mucho más intensa de lo que pudiéramos pensar. La primera hizo volver la vista hacia recursos y modos de producción ancestrales ligados al territorio y a las culturas tradicionales, que habían sido abandonados por la atracción de las inciertas economías de aglomeración de las metrópolis (en Málaga, el boom turístico inmobiliario). Y la segunda, dio lugar a un incipiente éxodo hacia las periferias, los núcleos rurales y otros lugares más saludables en contacto con la naturaleza.

Y no es de menor importancia el factor anímico y mediático del descubrimiento de las excelencias de la ciudad como un caladero de negocios. La conjunción de todos estos valores emergentes ha sedimentado en la instalación de una serie de empresas tecnológicas que dinamizan unos mercados subsidiarios —residencial, comercial, logístico y de servicios— alimentando la corriente optimista que ve la ciudad como nueva tierra de promisión. Y bien podría serlo si, en vez de dilapidar el activo de sus fortalezas en simples operaciones inmobiliarias agotadas en sí mismas, se invirtiera en el capital fijo de una complementariedad fecunda entre los recursos de la metrópoli y su área de influencia. Ya el II Plan Estratégico lo formuló de una manera clara hace veinte años al preconizar que: «[…] la ciudad no sea entendida solo dentro de los límites municipales sino en su interdependencia con el resto del espacio metropolitano y regional». Y en esta intuición estaba ya enunciado el principio de una ciudad de ámbito regional en la que Málaga capital fuera una ciudad «miembro de» y no, una ciudad simplemente «conectada con».

Así pues, la espiral de expectativas desatada en Málaga como propia de esa condición de «lugar fuerte de la nueva economía» no se justifica solo con los valores de la capital, sino con el concurso de una realidad geográfica mayor, una «metrópoli extensa» (CIEDES), rica, compleja, variada, bien conectada física y digitalmente, y ese no es otro ámbito que el territorio de su estrecha influencia, es decir, la provincia, su región. 

La conjunción del Málaga TechPark con la universidad ha permitido desarrollar una ciudad tecnológica, lo que, juntamente con la potenciación de sus valores culturales, turísticos y de ocio, ha situado a la ciudad en el camino de ser uno de los lugares fuertes de la economía del conocimiento.
La construcción de la autovía y autopistas de Las Pedrizas, así como la AP-7, la hiperronda, las rondas este y oeste, la estación del AVE y el tercer aeropuerto internacional vertebraron la provincia y la integraron con el resto del país, convirtiendo en urbanísticamente central lo que geográficamente era periférico.

Pero para que esta corriente de atracción desbordante que ahora se registra se encauce de forma eficiente y sostenible, ha de ser para ello más extensiva que intensiva, más interrelacionada con su hinterland; no por lo que la fortaleza de la capital pueda aportar a este, sino por las fortalezas que de este pudieran afluir a la capital; dicho de otro modo: la capital y sus ocho comarcas provinciales actuando en sinergia e incorporando al PIB malagueño sectores tradicionalmente postergados y marginados de la producción, aprovechando la enorme demanda de bienes de consumo cada vez más diversificados.

Esto nos remite a los límites del proceso de metropolización de Málaga, un fenómeno siempre complejo, pero más si cabe en el contexto de la globalización.

La globalización ha eliminado los límites del estado-nación como ámbito del ejercicio de la autonomía política y económica (Saskia Sassen) para entregarle estas funciones a las llamadas ciudades globales. Esta es la era de las ciudades globales. Pero este concepto, ahora restringido a las ciudades de demografías desorbitadas y con la mayor concentración de poder político o económico, puede extenderse también a ciudades medias, caracterizadas simplemente por su forma de vivir en global, con territorios potentes y economías diversificadas. Si se nos permite la comparación, en el espacio competitivo de las ciudades globales, las grandes aglomeraciones serían como las empresas multinacionales y las ciudades medias, como las PYMES, ambas con sus respectivos umbrales de saneada rentabilidad.

Desde el punto de vista de su planificación, Málaga ha llegado al límite de lo que puede regular un Plan Urbano o Metropolitano pues, para ser considerada ciudad global, necesita de una demarcación territorial mayor como instrumento que le permita desarrollar su máxima capacidad productiva, procurar cohesión social y bienestar a los ciudadanos. Y esta no es otra que la ciudad-territorio, la ciudad-provincia, la ciudad-región, la ciudad de ciudades, o como queramos llamar a una ciudad global no vinculada forzosamente a su demografía, que es el modelo al que Málaga debe tender como corolario a la vocación implícita en su trayectoria. 

El geógrafo chileno Boisier Etcheverry define la ciudad-región como «un territorio que contiene una capacidad evolutiva de generar tanto crecimiento económico como desarrollo social, que tiene un lugar central que funciona como una ciudad global de primera clase, que articula un sistema de ciudades secundarias y que actúa como nodo emisor y receptor de procesos de cambio entre la región y el mundo».

¿Cabe hacer una traslación o una semejanza y pensar que Málaga capital, por ejemplo, es el «barrio referente de esa ciudad global» y que Vélez, Antequera, Ronda, Marbella, las ciudades de la costa, serían el resto de esos «barrios» que completan esta nueva realidad urbano-territorial? 

¿Y que Málaga capital, con su aeropuerto, puerto, estación ferroviaria y servicios centrales (políticos, administrativos, terciarios, tecnológicos y hoteleros), esto es, con su genuina función de capitalidad, actuaría como nodo emisor y receptor de los procesos de intercambio entre la región y el mundo? Y, entre medio, unas zonas verdes, unos «parques» (siguiendo con el símil urbano) que no es otra cosa que el campo; el campo, hasta ahora abandonado, en su espléndido estatismo como paisaje y, a la vez, en su activismo productivo, poniendo en valor los recursos del sector primario, que, desde una óptica desarrollista, tan miope como generalizada, fueron considerados en nuestro país los significantes del subdesarrollo y que hoy son, en muchos subsectores, una venturosa realidad empresarial con una competitividad transfronteriza.

Naturalmente a esta ciudad-región no se llega como un constructo teórico, sino como la materialización de unos anhelos y unos intereses bien articulados, lo cual no siempre es fácil. En primer lugar, nos encontramos con la desconexión entre el planeamiento estratégico y el planeamiento urbano: el primero, como espacio proclive a la libertad analítica y propositiva, y el segundo, como la reglamentación de una burocracia. Aquí estamos hablando de jugar en la globalización, por lo que creemos que el certero postulado del II Plan Estratégico de entender la ciudad en su esencial imbricación con la provincia debería encontrar su correlato urbanístico en una figura tipificada y, por lo tanto, operativa, como es el Plan Subregional, pero, en este caso, extendiendo lo subregional, como mínimo, a todo el ámbito provincial. No tiene sentido que el pensamiento estratégico pueda tener alturas de miras globales si luego su trasunto urbanístico se encierra en el cantonalismo fragmentario y la asfixia burocrática.

Y es que la ciudad-región requiere de la construcción de una identidad que supere el localismo y de un proyecto político compartido, amén de una buena red de conexiones, físicas y digitales, y de lo que Boisier llamaba «una plataforma competitiva internacional». Málaga tiene ya atributos suficientes para asentarse sobre esa plataforma competitiva, más amplia a medida en que incorpore las fortalezas de su provincia. Pero la dificultad mayor puede estar en que la seducción del presente deslumbre a una conciencia provinciana que crea haberle llegado la ocasión de emular la suntuosidad de las grandes capitales, sobredensificando y dislocando la escala de la ciudad existente en el aldeano anhelo de una «modernidad» superada, en vez de desarrollar un modelo genuino a partir del valor diferencial de sus singularidades.

Por el contrario, una ciudad que incluyera en su ámbito las dos realidades, la capital y la región, sería sintetizar en dos palabras una forma de envolver en una misma lógica, en un mismo hecho complejo, rico y diverso, sin sumisiones ni dependencias, la vinculación en términos urbanos de la ciudad con el territorio y con la naturaleza. El futuro del planeta se libra en las ciudades y, si algo nos ha enseñado la pandemia, es que la única forma de detener una metropolización apocalíptica es sellando la paz entre lo urbano y lo rural, como formas complementarias del mismo hecho de vivir.

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