[pms-logout text="Bienvenido, {{meta_user_name}}" link_text="Salir"]
Agustín de Betancourt, un ingeniero entre dos Revoluciones
Homenaje de la Real Academia de Ingeniería de España en el bicentenario de su muerte
Culminado recientemente el año Betancourt, en el que nuestra profesión ha conmemorado el fallecimiento, en 1824, de este gran ingeniero ilustrado, polímata y cosmopolita, fundador en nuestro país de instituciones tan importantes como el Real Gabinete de Máquinas (1792) y la Escuela de Caminos y Canales (1802), llega a mis manos una interesante biografía de este personaje. Su autor es José A. Martín Pereda, catedrático emérito de la Escuela de Ingenieros de Telecomunicación y académico constituyente de la RAI.
Esta obra posee la particularidad de ser la única biografía de nueva factura sobre Agustín de Betancourt, que yo sepa, que se ha publicado en conmemoración de la efeméride; en este afán se une a otros textos publicados durante el último año, entre ellos, el interesante catálogo de la exposición celebrada en la Biblioteca Nacional de España entre los meses de marzo y junio de 2024, así como un número monográfico dedicado a Betancourt por nuestra Revista de Obras Públicas.
Martín Pereda es un docto académico relacionado larga e intensamente con la problemática de la I+D en nuestro país, lo cual acentúa la buena elección que ha hecho la Real Academia de Ingeniería al encomendarle el estudio biográfico y el elogio de quien fue uno de los primeros españoles notables comprometidos con la gran aventura del conocimiento científico y técnico que fue la Ilustración. La condición, tan singular, de Betancourt como sabio, inventor e infatigable innovador en múltiples técnicas no es quizá la característica que más se suele glosar al recordar a este prohombre, que a los diecisiete años abandonó su Puerto de la Cruz natal en Tenerife para emprender una aventura vital que lo llevaría sucesivamente a Madrid, París, Londres y San Petersburgo.
Como es sabido, en esa última ciudad consumió los últimos años de su vida planificando y dirigiendo obras públicas y construcciones monumentales al servicio del zar Alejandro I. La etapa rusa de Agustín de Betancourt fue, sin duda, importante en el sentido constructivo, y es la que ha concitado un mayor caudal historiográfico hasta la fecha. Sin embargo, analizados sus hechos vitales desde una perspectiva más amplia, no es seguramente la de mayor trascendencia para la triple condición de Betancourt como hombre ilustrado, polímata y cosmopolita, tal y como se ha indicado al inicio de esta reseña.
Agustín de Betancourt. Un ingeniero entre dos Revoluciones
ISBN: 978-84-128890-1-7
Autor: José A. Martín Pereda
Editorial: RAIE, 2024
Número de páginas: 144 pág
Así, una virtud de este libro es la importancia que concede a la actividad de Betancourt en España, Francia e Inglaterra, que no cabe sino calificar de enormemente fecunda desde el punto de vista del avance de la técnica en un sentido que trasciende lo que hoy se conoce como ingeniería civil. José Antonio Martín Pereda dedica cinco de las ocho secciones en que se divide el libro, y noventa y seis de sus ciento veintisiete páginas principales, precisamente a esta faceta trascendental del fundador de la profesión de los ingenieros de caminos y canales. En los albores de la Revolución Industrial, Betancourt no solo fue un estudioso, sin parangón en España, de la ciencia y la técnica de su tiempo, sino que fue, sobre todo, un hombre de acción y un ingeniero comprometido con el progreso en los términos que la Ilustración enunciaba como objetivo primordial, esto es, el bien público —entonces denominado «felicidad pública»— entendido como avance material y moral de la sociedad.
En su biografía de Betancourt, Martín Pereda acomete de entrada los actos y logros sustantivos del personaje durante sus primeros años —que comprenden su primera etapa tinerfeña, con una adolescencia que ya daba muestras elocuentes de sagacidad y ánimo innovador—, así como en los años madrileños, cuando completó su formación dentro de España y llevó a cabo encomiendas importantes a instancias del gobierno de Floridablanca, como las conocidas inspecciones de minas y obras hidráulicas.
A continuación, siguiendo la ordenación cronológica al uso en casi todas las biografías, el libro explica la singular relevancia de sus primeros viajes y estancias fuera de España a partir de 1784, en concreto, en París y Londres, donde pudo conocer, estudiar y, en muchos casos, perfeccionar algunos de los inventos técnicos del momento y, en general, poco o nada conocidos en una España que, en comparación con Europa, andaba muy atrasada en materia de ciencias y técnicas. Entre ellos, nada menos que la máquina de vapor de James Watt que, gracias a su perspicacia, dejó de ser un monopolio industrial británico para extenderse con celeridad por el resto de los países europeos.
La consecuencia de los conocimientos acumulados durante esos años de búsqueda sistemática y experimentación fueron los actos fundacionales de Betancourt y su actuación benemérita en pro de nuestro país, en particular, los que se refieren al Real Gabinete de Máquinas y a la Escuela de Caminos y Canales (en cuyo membrete profesional se añadiría la palabra «Puertos» en el año 1838).
Como buen ingeniero de telecomunicación, el profesor Martín Pereda no deja pasar por alto el interesante episodio del perfeccionamiento del telégrafo óptico, un logro compartido de Betancourt y Breguet, aunque su implantación práctica se vio restringida por circunstancias propias de la política francesa de aquel tiempo y ajenas al mérito técnico de esta realización.
En su dedicatoria —una deferencia del autor que es de agradecer—, el libro rinde homenaje a tres pioneros de los estudios históricos sobre Agustín de Betancourt: el académico y director de la Real Academia de la Historia Antonio Rumeu de Armas, y los ingenieros José Antonio García-Diego e Ignacio González-Tascón, quien fue el alma de la primera gran exposición conmemorativa sobre nuestro ilustre fundador en el año 1996.
En resumen, el libro reseñado es una interesante, amena y concisa explicación de los afanes de Betancourt, sus éxitos, y también los momentos amargos que suceden en cualquier vida, que fue especialmente intensa y movida en el caso del biografiado. En palabras del propio autor «la figura de Betancourt constituye uno de los ejemplos más claros de lo que podía ser la vida de todos aquellos que en el siglo XVIII optaban por participar en los avances que traía el Siglo de las Luces». Un personaje singular y, sin duda, muy por encima de la media, aunque bien sabemos que los logros en ingeniería son obras corales y no solo fruto de la genialidad de un individuo. En ese sentido, en sus distintas etapas, Betancourt fue inseparable de personas de grandísima valía, como López Peñalver, Lanz, Sureda, los Périer, Reynolds, Breguet o Montferrand, por citar a algunos de sus principales colaboradores y compañeros de aventuras.
Para finalizar diré que, a mi juicio, esta nueva y última biografía de Agustín de Betancourt es una obra absolutamente recomendable, y es de agradecer que la Real Academia de Ingeniería de España haya tomado la iniciativa. En particular, se aprecia como José Antonio Martín Pereda demuestra su entusiasmo por el personaje, y es de mucho mérito su destreza en la escritura del libro.
César Lanza Suárez
Ingeniero de caminos, canales y puertos