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El agua y los signos de la razón

Estudio sobre arquitectura hidráulica y su contexto

El libro, nos dice César Lanza en el prefacio del autor, está motivado por un hecho históricamente sobresaliente: el progreso notable y los cambios sucedidos en la ciencia y las técnicas hidráulicas durante la Edad Moderna, acelerándose hasta culminar en la Ilustración. La razón y el conocimiento impulsaron una nueva concepción del mundo que cambió la relación del hombre con la naturaleza y también con la sociedad a la cual pertenecía. El libro, continúa su autor, no es un estudio monográfico de la arquitectura hidráulica de la época, sino un acercamiento a esa misma materia embebida en su trama, más amplia en el tiempo histórico de lo que en principio se podría suponer. Toca varios palos, es denso, y se encuentra enfocado hacia aspectos relevantes de la modernidad pre-industrial.

La sucesión de los títulos de sus seis capítulos, —a saber: «Los signos de la razón, vislumbres de la modernidad»; «Paradojas del pensamiento ilustrado sobre el agua y la naturaleza»; «Las artes del agua en la dilatada Edad Moderna»; «El devenir de la ciencia hidráulica: tratados, escuelas y modelos»; «De la arquitectura hidráulica a la instauración de la ingeniería civil»; «¿Qué le debe a España?»—, complementados por una amplia bibliografía, muestra con la densidad de su escritura que César Lanza no ha dejado nada por estudiar en este libro, editado en la colección creada por él en la que trata de relacionar la ciencia y la cultura de la técnica.

En la riqueza del desglose de los capítulos está el estudio profundo que ha realizado César Lanza, con su carga filosófica, en el cual se destaca cómo el surgimiento de “lo público” fue, sin duda, uno de los signos sobresalientes de la Razón. El acusado interés de los pensadores ilustrados por lo público, afirma César Lanza, ayudó mucho a situar esta faceta de la vida humana como uno de los puntos focales del debate sobre las ideas, ya de manera directa o implícita.

Por los distintos capítulos desfilan Adam Smith, Diderot, Hume y Rousseau para explicar la relación entre la razón y la felicidad pública, centrándose el autor en aquellos científicos de la Ilustración que tuvieron relación con el agua como objeto de conocimiento físico-matemático, o a través de las entonces incipientes ciencias de la Tierra. Científicos como Bacon, Descartes, Spinoza, Kepler, Galileo, Leibniz y Newton, durante el siglo XVII y comienzos del XVIII, que muestran la renovación de la filosofía y las ciencias naturales y a los que se añaden Leclerc de Buffon, Hutton y Santacilia para profundizar en el conocimiento de los fenómenos naturales y de los ríos. El autor, a continuación, establece un apartado dedicado a España.

El agua y los signos de la razón

ISBN: 978-84-09-46846-1

Autor: César Lanza

Editorial: Ciencia y Cultura de la Técnica. Madrid, 2023

Número de páginas: 300 pág

Uno de los principales aliados en el encumbramiento de la profesión de los ingenieros civiles fue el dominio de la energía

César Lanza, solo el agua ha causado una fascinación en el ser humano comparable a la enigmática atracción de los astros sidéreos, en la totalidad de las culturas y tiempos prehistóricos. El agua ha sido, a partir del Renacimiento y hasta bien entrado el siglo XIX, un motivo de inspiración recurrente en el ámbito de las ciencias y las artes. Después del precedente de la Antigüedad con el modelo romano del acueducto, Leonardo, por supuesto, en el siglo XVI, se sintió profundamente atraído por las formas que adoptan las corrientes de agua en su movimiento; sin embargo, sostiene César Lanza, no puede afirmarse que Leonardo fuese un científico. Los juegos de agua del Renacimiento y el Barroco darán prestigio al jardín y a las villas renacentistas y barrocas, con figuras como André le Notre, donde las artes hidráulicas mayores están detrás de la ampliación de la ciudad y del territorio.

En el siglo XVI, en España, los nombres de Turriano y Sitoni anteceden en Francia a Colbert, Vauban y Riquet, y también a las aportaciones holandesas en la lucha por el territorio del XVII, pero es la ciencia hidráulica de ese siglo y del posterior siglo XVIII, con sus tratados, escuelas y modelos, la que sirvió, con figuras como Galileo y Newton, para el conocimiento de los fluidos y para la creación de una verdadera ciencia hidráulica la cual impulsará la hidrodinámica del siglo XVIII con figuras como Bernoulli, D´Alembert y Euler, quien hará una síntesis virtuosa de lo conocido hasta entonces. Como dice César Lanza, el pensamiento hidráulico durante esta época forma un todo fascinante que, sin embargo, se encuentra sistematizado de manera irregular y no siempre es bien conocido ni estudiado por los historiadores, por lo que esta obra supone una gran aportación.

El libro tiene como uno de los ejes mostrar el culmen y el declive del término «arquitectura hidráulica», esa unión feliz de dos hermosos vocablos. Desde que aparece en escena en la primera mitad del XVIII, con Belidor, como el arte de conducir, elevar, manejar las aguas para las diferentes necesidades de la vida, el término va decayendo a finales de ese siglo, siendo sustituido por la mecánica de los fluidos a causa del rápido progreso científico que se produce en esa época y a la nueva técnica hidráulica de los ingenieros, una aplicación racional, dice César Lanza, de los principios y descubrimientos científicos al diseño y a la construcción de toda clase de máquinas y obras hidráulicas.

El conocimiento moderno, científico y racional, que permitió a la ingeniería civil consolidarse con independencia de la arquitectura, con el dominio de la resistencia de materiales y la ciencia de los suelos, separada de la arquitectura, que seguía aferrándose a la mentalidad premoderna del orden, proporción y estilo, dará lugar a una articulación de disciplinas de nuevo cuño, que surgieron en torno a la ingeniería durante la transición de los siglos XVIII y XIX.

Para César Lanza, uno de los principales aliados en el encumbramiento de la profesión de los ingenieros civiles fue el dominio que estos ejercieron de manera progresiva sobre el fenómeno singular y trascendente de la energía y, desde ahí, sobre las máquinas en general. La ciencia no conocía con certeza de qué se trataba, lo cual demuestra lo que tiene de inexacta, más que de controvertida, la equiparación de la ingeniería con la ciencia aplicada. El control técnico sobre los medios de producción de energía, las industrias mecánicas, los transportes y las comunicaciones, trajeron consigo una especie de edad de oro de la ingeniería civil. De la mano del desarrollo de la energía, la industria y los transportes, llegó, además, el hecho de mayor transcendencia histórica que ha vivido la humanidad: el surgimiento del capitalismo.

La ingeniería civil se establece de pleno derecho en Europa con nuevas instituciones en los ámbitos de lo público y lo cívico. César Lanza analiza a los ingenieros que están en el corazón del Estado moderno, tanto los de Francia como también, aunque todavía rezagados respecto a los franceses, los de Gran Bretaña, Italia y Alemania. A la pregunta del último capítulo «¿Qué se debe a España?», se contesta que, en realidad, comenzó de forma tardía en 1759 con la subida al trono de Carlos III. La España que se encontró no era, ni mucho menos, el país más adelantado ni el más próspero de Europa, ni en lo económico, ni en lo cultural, ni, por supuesto, en lo político.

El retraso objetivo que representaba España va a tener un primer revulsivo en la segunda mitad del XVIII, un periodo que, a pesar de las circunstancias, dice César Lanza, constituye uno de los momentos históricos más interesantes política e intelectualmente de la España moderna. En ella aparecen ingenieros con distintos orígenes, anteriores a la fundación de pleno derecho de los estudios de ingeniería civil por iniciativa de Agustín de Betancourt, que acometen la construcción de los caminos reales, los canales navegables del siglo XVIII y viven la audacia y la frustración de las presas carolinas.

César Lanza reserva uno de los últimos apartados de su libro a estudiar los avances en salubridad gracias al agua de la ciudad ilustrada, una condición fundamental inequívocamente asociada a la idea ilustrada de la felicidad pública. Igualmente hace referencia a las intervenciones en los ríos ante el riesgo de inundación de las ciudades ribereñas, así como al agua en los espacios públicos ilustrados.

El libro concluye con la aventura finisecular de Agustín de Betancourt, entre finales del XVIII y principios del XIX, con sus años de formación y las dimensiones de este personaje ejemplar, entre las que César Lanza destaca la de fundador, inventor e ingeniero cosmopolita. El cosmopolitismo ilustrado, una de las marcas que definieron la nueva mentalidad de las élites de la época, podría interpretarse como una derivación civil y universalizada del amor al prójimo. Saber y hacer pensando en lo común, continúa César Lanza, fue una vía hacia el objetivo de la felicidad pública que proclamaban las Luces y, en congruencia con ello, Agustín de Betancourt pretendió encaminar el espíritu fundacional de la ingeniería civil en nuestro país.

Carlos Nárdiz

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