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Retrato del territorio fundacional de Norteamérica

Miguel Aguiló acaba de sacar a la luz el último volumen de su dilatada colección de libros técnicos relacionados con las obras públicas, el urbanismo, la estética de la ingeniería, el paisaje y la ordenación del territorio. En esta ocasión, De Philadelphia a Washington, la creación de la capital nacional inaugura una nueva serie editorial en la que se describe el nacimiento y la formación de una conurbación extensa, origen del núcleo fundacional de los Estados Unidos.

Después de diez volúmenes publicados con periodicidad anual bajo el título genérico ACS ingeniería civil y arquitectura en España —una descripción crítica y brillante del estado de las obras públicas en nuestro país—, el autor alumbró en la década siguiente otros diez libros agrupados bajo la denominación ACS grandes ciudades—unas monografías completas sobre diez urbes de Europa, América del Norte y Australia. La obra recién aparecida, la vigésimo primera de la secuencia referida, inicia ahora una tercera y más ambiciosa serie intitulada ACS paisajes de metrópolis, en que la indagación del autor eleva el punto de vista para ofrecer un análisis integral de un vasto territorio urbanizado en armonía, que acaba estableciendo una unidad en la diversidad y que se configura como un todo, sin ser un estado nación, ni siquiera una unidad administrativa concreta y tasada.

El área metropolitana por antonomasia en el gran marco atlántico es la que, al borde occidental del océano, vincula Philadelphia con Washington, es decir, la primera capital de los Estados Unidos —fundada en 1682, y segunda ciudad del mundo después de Londres hasta que Nueva York la dejó atrás en 1800—, y Washington D. C., la actual capital planeada por los padres fundadores para presidir el imperio, ubicada en un pequeño estado propio para no generar agravios entre los miembros de la Federación, un empeño que hay que atribuir al ímpetu fundacional de una nación que sustituía las viejas servidumbres y lealtades patrias trasatlánticas por el arrojo sobrevenido y aplicado a la emergencia de un ímpetu germinal ultramarino que había de convertir una inmensa tierra virgen en la primera potencia del mundo.

De Philadelphia a Washington, la creación de la capital nacional

ISBN:978-84-09-56415-6

Autor:Miguel Aguiló

Editorial:Grupo ACS, 2022

Número de páginas: 325 pág

Los emprendedores emancipados del Reino Unido y embarcados en la nueva tarea constructiva de aquel país naciente dieron muestras de un arrojo sin límites. Cuando se decidió en 1790 la ubicación de Washington D. C. en un cuadrado de 10 × 10 millas, aquel territorio apenas albergaba tres pequeñas poblaciones independientes con menos de 5000 habitantes en total. El plano de la capital auspiciado por George Washington ya describía la ubicación de los dos grandes edificios emblemáticos, la Casa Blanca y el Congreso, residencias de los poderes ejecutivo y legislativo, situados en lugares estratégicos y destinados a formar un núcleo fastuoso y abierto, visible desde toda la urbe y plásticamente concebido para dotar de la debida solemnidad al corazón político de la nación.

Aquel territorio, desarrollado en torno a un eje norte-sur de unos 200 kilómetros (los que median aproximadamente entre Philadelphia y Washington), paralelo al mar y adosado a dos grandes bahías (en realidad, estuarios de sendos ríos) fue, según escribe Aguiló: «una amplia llanada al borde del océano, cuyo único contacto marítimo al margen de playas y marismas es la margen derecha de dos grandes estuarios, donde se asienta la poderosa Armada que llegó a controlar el mundo». Aquella franja singular adquirió pronto una importante consistencia histórica porque los grandes personajes fundadores dejaron su huella. Si se piensa que todos ellos eran terratenientes —esa era la condición para formar parte del núcleo político fundacional de la nueva nación—, se entenderá que aquella franja de territorio, que en el planisferio cabía extender por el norte hacia Maine y por el sur hasta Georgia, fue densificándose mediante el surgimiento de hitos que jalonaban el proceso histórico mediante la fundación de museos, residencias de diversas categorías y edificios institucionales. La urbanización del territorio comportó la creación grandes obras públicas que aglutinaran y vertebraran el conjunto, especialmente el ferrocarril, desarrollado por la «omnipresente Pennsylvania Railroad Company, emblema de toda una época, expresado en la magnificencia de sus grandes estaciones». Aquel territorio acabó siendo, en palabras del autor, «todo un sistema de ciudades vinculadas por sus redes de caminos, modos de transporte e historias compartidas».

Puente-túnel de la bahía de Chesapeake, Virginia (EE.UU.)

Toda la ingente producción de Miguel Aguiló, un polígrafo especializado en estética de la ingeniería que se asoma con frecuencia al reino de las humanidades –no en vano acaba de ingresar en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando—, destaca por una huida sistemática de la linealidad y por la búsqueda de perspectivas complejas que iluminen todas las facetas del sujeto estudiado. Una ciudad no puede entenderse sin conocer su contexto geográfico, su desarrollo histórico, la evolución de su economía de subsistencia, el sistema de relaciones de toda índole que la fija en el terreno, etc. Y cuando se trata de analizar y disecar un territorio extenso, una región, una comarca, un corredor, un ámbito complejo, la tarea es necesariamente multidisciplinar. En este caso, Aguiló organiza su amplia disertación en cuatro capítulos. El primero es «Philadelphia, capital de la independencia», y en él se describe el nacimiento y la maduración del proceso revolucionario que perseguirá y conseguirá la emancipación de los Estados Unidos, y en el que se fusionarán los impulsos constructivos emergentes de una nación naciente y los ímpetus de los héroes, que no solo conquistan la autodeterminación del gran país en ciernes sino que idean una democracia todavía utópica, sin más precedentes que los clásicos griegos y romanos, que resulta ser un motor extraordinario y que, en un breve periodo de tiempo, pondrá los cimientos de la primera potencia de la tierra. Este capítulo describe los «espacios para el poder» que requería la conversión de la ciudad en el centro de la política revolucionaria, empezando por el Independence Hall, «el edificio donde todo ocurrió y que se llamaba State House»; a continuación, se hace referencia a «una nueva manera de construir», un epígrafe muy original puesto que versa sobre la búsqueda de nuevos métodos constructivos realmente americanos, diferenciados de las rutinas coloniales que habían sido comunes en la construcción de la ciudad antes de que se atisbara siquiera el proceso de secesión. La nueva nación emergente, que pudo aprovecharse de las novedades constructivas que se utilizaron en Londres para reconstruir la ciudad después del gran incendio de 1666, mezcló con el clasicismo grecorromano diversas influencias centroeuropeas que marcaron unas características propias, sobre todo a finales del XVIII, cuando el «revival griego» se utilizó para expresar el contacto directo con los genuinos principios democráticos. Una inevitable referencia a la guerra civil de 1861 a 1865, que se desarrolló sobre todo en los escenarios del sur y un análisis de la evolución demográfica de Philadelphia en comparación con Nueva York y con el Gran Londres ayudan a enclavar la posición de aquella gran ciudad en el curso de los dos siglos largos transcurridos desde aquellos sucesos fundacionales y la actualidad.

Aguiló aporta algunos testimonios curiosos, como la carta anónima de 1790 que respalda la posición de Thomas Jefferson

El capítulo siguiente, «El engarce entre dos ríos», se sigue refiriendo a la evolución de Philadelphia desde que la nación americana toma conciencia de su nueva identidad y necesita, por tanto, idear fórmulas y modelos constructivos acordes con la vitalidad del nuevo país que desea desprenderse cuanto antes de las rémoras arcaicas de sus orígenes europeos. Aporta Aguiló algunos testimonios curiosos, como la carta anónima de 1790 que respalda la posición de Thomas Jefferson cuando dijo aquello tan famoso de que: «el genio de la arquitectura ha arrojado maldiciones sobre nuestra tierra», una ocurrencia que remata con la afirmación de que la construcción en América tiene dos problemas: uno, primero, que la arquitectura, más que cualquier otro arte, surge de una historia acumulada, de una tradición, algo que los Estados Unidos no tienen todavía por su juventud. Y uno, segundo, que la construcción es sobre todo en madera, es decir, sin pretensiones de permanencia, y solo para satisfacer necesidades inmediatas y de corto plazo. Por lo tanto, como los procesos constructivos se realizan con materiales de mala calidad, no se materializan logros arquitectónicos duraderos. De cualquier modo, el capítulo contiene una descripción minuciosa de la evolución constructiva de la urbe; de los magníficos avances de la edificación en madera —que todavía hoy se utiliza con profusión; de las grandes infraestructuras; y del establecimiento de los sistemas de transporte en lo que constituye un recuento bien ordenado, espléndidamente ilustrado, que equivale a un viaje guiado por la geografía y por la historia de Philadelphia y de su abigarrado hinterland.

El capítulo siguiente, «Paisajes de movilidad », es un estudio minucioso del recorrido costero entre las dos ciudades que limitan el territorio estudiado. La condensación de este desarrollo, desde el estado natural hasta la completa urbanización, tiene lugar en apenas dos siglos, lo que impide que se utilicen baremos europeos de comparación y medida, ya que en el Viejo Continente y en las Islas Británicas la evolución ha sido mucho más despaciosa. Los americanos —explica Aguiló— «veían el mundo natural como algo propio, un recurso a explotar, un campo ilimitado para el desarrollo de las ciudades y el comercio. Por otra parte, miraban el paisaje de manera casi reverencial, como un depósito de potencia moral y como fuente de vigor democrático, y se preocupaban sobre qué ocurriría en América si la pérdida del paisaje siguiera sin freno». Aquellas tierras vírgenes, la desembocadura de los ríos, las bahías de Delaware y Chesapeake eran los sitios perfectos para fundar ciudades. Allí nacieron Trenton, Philadelphia, Mariland, Baltimore, Washington D. C. y Norfolk. Y, entre ellas, las comunicaciones tuvieron que salvar grandes ríos, lo que dio lugar a grandes puentes que fueron sustituyendo a los ferris.

El principal mérito de Aguiló está en el método de transmitir el conocimiento, del que se han beneficiado sus alumnos

El último capítulo descriptivo de la obra lleva por título «Washington, un proyecto de ciudad». Aguiló menciona el libro The American Commonwealth, de James Bryce (1888), cuyo capítulo titulado «La ausencia de una capital» ilumina sobre las características, no solo materiales y funcionales sino también ideológicas y políticas, que debe reunir la ciudad que se arrogue el papel político y sentimental de capitalidad. Aguiló explica con crudeza la relación compleja y polémica entre la nueva urbe y Thomas Jefferson, un controvertido personaje, sobre todo por su confusa relación con la esclavitud, el fenómeno que desencadenaría la guerra civil. Es delicioso el pormenorizado relato que realiza Aguiló del proceso seguido para designar la ciudad que sería capital de la Federación, en el que se tuvo en cuenta la accesibilidad fluvial, la navegabilidad de los ríos y la localización de las cataratas que los interrumpían. El lector disfrutará al conocer, por ejemplo, el encargo del plano de la ciudad de Washington a un arquitecto mediocre, el mayor Peter Charles L’Enfant, nacido en París, pero participante activo en la Revolución, aunque se le retiró el encargo en 1792. Todo este capítulo, el más extenso del libro, está dedicado a historiar el proceso de construcción de la capital norteamericana y sus sistemas de comunicación con el entorno, describiendo todos sus valores arquitectónicos y su correlación con las tendencias, las épocas, los periodos históricos y cuanto completa la epopeya de la fundación y de la vitalización de la que estaba llamada a ser la «capital del mundo», acompañada por un contexto urbano poderoso y espectacular que es parangón de la relevancia política que adquiriría aquel conjunto.

Como en las obras anteriores de Miguel Aguiló, el principal mérito no está tanto en la portentosa descripción de un proceso constructivo —en este caso extendido a un territorio cohesionado y con señas de identidad distintivas— cuanto en el método de transmitir el conocimiento, del que se han beneficiado, sin duda, los alumnos del autor, catedrático emérito de la Escuela de Caminos de Madrid. El territorio y sus células mayores, las ciudades, no son para Aguiló simples soportes de la población que se asienta, vive y trabaja en ellos: como si fueran seres vivos, la estructura espacial es una agregación que se convierte en el todo que abarca a todos los ciudadanos y da sentido al concepto de colectividad. Lo social se asienta, en fin, sobre el territorio y, mediante la política, organiza una convivencia y un sistema de relaciones. Entrar en este alambicado escenario es adquirir sabiduría. Y atinar en su descripción debe ser el afán más apetitoso de un intelectual absorto en estas consideraciones que domina.

Antonio Papell

Ingeniero de Caminos, Canales y Puertos

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